CAPITULO 1
KARMA
Todo desarrollado pensamiento del hombre pasa al mundo interno, y asociado o mejor
diríamos entrefundido con una medio inteligente fuerza de los reinos elementales, se convierte
en una entidad activa que como engendrada por la mente sobrevive durante un período
proporcional a la intensidad del impulso que la generó. Así un buen pensamiento se
mantiene como una fuerza activa y benéfica, y uno malo como un maléfico demonio. De
esta suerte el hombre está continuamente poblando su ambiente con un mundo de su
creación, henchido de los brotes de sus caprichos, deseos, impulsos y pasiones, que reaccionan
sobre cualquier organismo sensitivo o nervioso puesto en contacto con ellos, en
proporción de su dinámica intensidad. El budista llama a este fenómeno su escanda; el
hinduista le denomina karma. El adepto emite conscientemente dichas formas mentales; los
demás hombres las emiten inconscientemente 1. No se ha hecho más gráfica descripción de
la esencial naturaleza del karma que la contenida en las precedentes frases tomadas de una
de las primeras cartas del Maestro K. H. Si claramente se comprenden en todo su alcance,
se desvanecerán la mayor parte de las dudas que obscurecen el asunto, y se percibirá el
capital principio subyacente en la acción kármica. Por lo tanto, pueden considerarse dichas
frases como la mejor norma de estudio, y así comenzaremos por considerar las facultades
creadoras del hombre. Basta para introducción el claro concepto de la inmutabilidad de la
ley y el de los planos de la Naturaleza.
CAPITULO 2
LA INMUTABILIDAD DE LA LEY
Es axiomático que vivimos sujetos a leyes inquebrantables. Sin embargo, cuando nos
percatamos conscientemente de esta verdad y la reconocemos positivamente en los mundos
físico, mental y moral, nos invade un sentimiento de impotencia como si irremediablemente
nos agarrase una vigorosa Potestad que nos zarandeara a su antojo. Pero sucede
precisamente lo contrario, porque una vez conocida tal potente Potestad, nos conducirá sumisa
a donde nosotros queramos, pues posible es utilizar todas las fuerzas naturales en la
proporción en que las conozcamos. "Por obediencia se vence a la Naturaleza" y a nuestra
disposición se hallan sus irresistibles energías en cuanto por el conocimiento actuamos con
ellas y no contra ellas. En los inagotables depósitos de la Naturaleza podemos escoger las
fuerzas que en intensidad, dirección y sentido mejor sirvan a nuestro propósito, y su
inmutabilidad afianza nuestro éxito. De la inmutabilidad de la ley dependen los
experimentos científicos y todo el poder de trazar un proyecto y predecir el resultado. En
esto se funda el químico, seguro de que la Naturaleza dará siempre las mismas respuestas a
las mismas preguntas. La alteración del resultado significa para el químico que equivocó el
procedimiento y no que la Naturaleza haya mudado el suyo. Lo mismo sucede respecto de
las acciones humanas. Cuanto mayor sea el conocimiento, tanto mayor seguridad habrá en
el resultado, pues los que llamamos "accidentes" provienen de la acción de ciertas leyes
desconocidas o desdeñadas. También como en el mundo físico, pueden proyectarse,
calcularse y predecirse los resultados en los mundos mental y moral. La Naturaleza nunca
nos traiciona. Traicioneras son nuestra ceguedad e ignorancia. En todos los mundos el
poder es proporcional al conocimiento y se identifican la omnisciencia y la omnipotencia.
La ley debe de ser tan inmutable en los mundos mental y moral como en el físico, pues el
1 Sinnet: El Mundo Oculto, tomo 1, págs 219 y 220. Edición
Española
universo es la emanación del Absoluto y la Ley no es más que la expresión de la Divina
Naturaleza. Así como toda vida emana de la única Vida, así hay una suprema Ley que todo
lo sostiene y como roca de la Divina Naturaleza es el seguro e inconmovible fundamento de
todos los mundos.
CAPITULO 3
LOS PLANOS DE LA NATURALEZA
Para estudiar las operaciones del karma, según la norma indicada por el Maestro, hemos de
tener claro concepto de los tres planos o mundos inferiores del universo o de la Naturaleza,
y de los Principios 2 con ellos relacionados. Los nombres que se les dan indican el estado de
conciencia en ellos actuante. Puede ayudamos a la comprensión un diagrama de los planos
con los Principios correspondientes, y con los vehículos en que una entidad consciente es
capaz de actuar en ellos. El Ocultismo práctico le enseña al estudiante a visitar dichos
planos, y por medio de su propia investigación transmutar la teoría en positivo conocimiento.
El vehículo inferior, el cuerpo denso, le sirve a la conciencia para actuar en el
mundo físico, y en este mundo queda limitada la conciencia por las capacidades del
cerebro. El término "cuerpo sutil" denota las modalidades del cuerpo astral
correspondientes a las diversas condiciones del complicado mundo psíquico. En el mundo o
plano devachánico hay dos niveles distintamente definidos: el rúpíco o con forma y el
arrúpico o sin forma. En el nivel inferior, la conciencia se vale de un cuerpo artificial, el
mayavirrupa; pero conviene mejor el término cuerpo mental, porque denota que su materia
constituyente pertenece al plano manásico. En el nivel superior, la conciencia se vale del
cuerpo causal. Del plano búdico no hay necesidad de tratar.
LOS PLANOS DE LA NATURALEZA
ATMA
BUDICO BUDDHI VEHICULO CUERPO ESPIRITUAL
DEVACHANICO MANAS VEHICULOS:
CUERPO MENTAL
CUERPO CAUSAL
2 Véase el Manual Teosófico de la misma autora.
PSIQUICO KAMA MANAS: ASTRAL SUPERIOR
O VEHICULO CUERPO SUTIL
ASTRAL KAMA: ASTRAL INFERIOR
FISICO DOBLE ETEREO VEHICULOS:
CUERPO DENSO CUERPO DOBLE ETEREO
CUERPO DENSO
La materia de estos planos no está en el mismo grado de vibración; y en general, la de cada
uno de ellos es más densa que la del inmediatamente superior, de conformidad con la
Naturaleza, pues la involución o curso descendente de la evolución procede de lo rarificado
a lo denso, de lo sutil a lo grosero. Además, numerosas jerarquías de seres habitan en estos
planos, desde las superiores Inteligencias del mundo espiritual hasta los ínfimos
elementales subconscientes del mundo físico. En todos los mundos, el espíritu y la materia
están entre fundidos, de suerte que cada partícula tiene por cuerpo la materia y el espíritu es
su vida. Todas las independientes agregaciones de partículas, toda separada forma de
cualquier tipo, clase y especie están animadas por dichos seres vivientes cuyo grado
corresponde al de la forma. No hay forma alguna que no esté así animada; pero la
animadora entidad puede ser una elevada Inteligencia, un ínfimo Elemental o cualquiera
entidad de las innumerables huestes existentes entre ambos extremos. Las entidades de que
principalmente vamos a tratar ahora son las del plano psíquico, llamado también mundo o
plano astral, pues proporcionan al hombre el cuerpo de deseos o cuerpo de sensación y
vivifican los sentidos astrales. Son estas entidades los elementales de la forma del mundo
animal, llamados en sánscrito rupa devatas, que motivan la transmutación de las
vibraciones en sensaciones. La más notable característica de los elementales kámicos es la
sensación o facultad de percibir y responder a las vibraciones; y en el plano astral abundan
dichas entidades, de diversos grados de conciencia, que reciben toda clase de impresiones y
las transmutan en sensaciones. Así pues, todo ser que posea un cuerpo en el cual residan
estos elementales, será capaz de sentir, y el hombre siente por medio de un tal cuerpo. El
hombre no es consciente de las partículas de su cuerpo físico ni tampoco de sus células, que
tienen conciencia propia y llevan a cabo los procesos de la vida vegetativa; pero el individuo
cuyo cuerpo físico constituyen dichas células no participa de su conciencia, ni las
ayuda ni las estorba en su trabajo fisiológico de asimilación y desasimilación ni en ningún
caso podría identificar su conciencia con la de una célula de su corazón, para saber exactamente
cómo opera. La conciencia del hombre actúa normalmente en el plano psíquico, y
aun en las regiones superiores de este plano, la mente humana funciona entremezclada con
kama, pues en el plano psíquico o astral no puede actuar la mente pura. El plano psíquico o
astral está henchido de elementales análogos a los que construyen el cuerpo astral del
hombre y de los animales. Por medio del cuerpo astral se relaciona el hombre con los
elementales del deseo y con los objetos exteriores que le inspiran atracción o repulsión. Por
medio de su voluntad, sus emociones y deseos influye el hombre en los elementales que
responden sensorialmente a todos los estremecimientos emotivos que emite en todas
direcciones. El cuerpo astral del hombre funciona como un instrumento que transmuta en
sensaciones las vibraciones procedentes del exterior, y en vibraciones los sentimientos
procedentes del interior.
CAPITULO 4
GENERACION DE LAS FORMAS MENTALES
Estamos ahora dispuestos a comprender más claramente las palabras del Maestro. Al actuar
la mente en el plano mental inferior genera imágenes o formas mentales, llamadas también
formas de pensamiento. Se ha dicho con sumo acierto que la imaginación es la facultad
creadora de la mente, y así es en un sentido mucho más literal del que se figuran los que
emplean dicha palabra. La aptitud de producir imágenes es la característica facultad de la
mente, y las palabras no son más que toscos intentos de representar o expresar un cuadro
mental. Una idea, una imagen mental, es en muchos casos algo muy complicado cuya
expresión verbal requiere toda una frase; y así, la palabra expresiva de una idea sólo
concierne a un incidente en ella notable sin expresar completamente toda la idea. Por
ejemplo, la palabra "triángulo" evoca en la mente de quien la oye una figura geométrica
cuya definición o desarrollo verbal requiere otras palabras para expresar el contenido total
de la idea de triángulo. Pensamos en símbolos y trabajosa e imperfectamente los
expresamos en palabras. Cuando una mente se comunica en derechura con otra mente, la
expresión es perfecta y transciende las palabras, y aun en la transmisión de pensamientos
limitados no se pronuncian palabras sino que se emiten ideas. El orador expresa con
palabras todo cuanto puede de sus imágenes mentales, que se reproducen en la mente de
quienes lo escuchan. La mente se vale de ideas, no de palabras y la mitad de los debates y
controversias que degeneran en disputa, provienen de que los polemistas atribuyen
diferentes ideas a las mismas palabras o emplean distintas palabras para expresar las
mismas ideas. Una forma de pensamiento es una imagen mental que con materia mental
forja el ego por medio de la mente y pone en vibración el ambiente mental. Estas
vibraciones descienden al plano astral donde se transmutan en colores y sonidos que atraen
a los elementales sintonizados con las respectivas vibraciones. Porque todos los
elementales, como las de más entidades del universo, pertenecen a uno u otro de los siete
Rayos o Hijos primordiales de la Luz. La Luz Blanca dimanante del Tercer Logos o
manifestación de la Mente Divina, se descompone en siete Rayos, simbolizados
apocalípticamente en "los siete Espíritus que están delante del trono" y cada uno de estos
siete Rayos se subdivide en siete subrayos y así sucesivamente en seriadas subdivisiones.
De aquí que entre las innumerables diferenciaciones constitutivas del universo, haya elementales
pertenecientes a las varias subdivisiones, que se comunican en un lenguaje basado
en su color correspondiente. Tal es la razón de que se haya reservado tan celosamente el
oculto significado de los colores, los sonidos y los números (pues los números subyacen en
el sonido y el color) ya que por medio de ellos es posible dominar a los elementales. El
Maestro K. H. dice muy claramente acerca del lenguaje de los colores: ¿ Cómo podréis
comprender, cómo dominar a esas semi inteligentes entidades que no se comunican con
nosotros por medio de palabras sino con sonidos y colores correspondientes a las mutuas
vibraciones? Porque el sonido, la luz y el color son los principales factores de los grados de
inteligencia de esos seres de quienes no tenéis idea ni en los que se os consiente creer, pues
ateos y cristianos, materialistas y espiritualistas arguyen cada cual a su modo contra
semejante creencia, y los cientistas la tildan enérgicamente de degradante superstición 3.
Cuantos hayan estudiado la historia antigua recordarán que de cuando en cuando se
encuentran obscuras alusiones al lenguaje de los colores, y que en Egipto se escribían en
colores los manuscritos sagrados y se castigaba con pena de muerte cualquier error de
copia. Pero no quiero dejarme seducir por esta fascinadora digresión. Nos contraemos a la
circunstancia de que con los elementales nos relacionamos por medio de sonidos y colores
que son para ellos tan inteligibles como las palabras para los hombres. El matiz del color
fonético depende del motivo generador de la forma de pensamiento. Si el motivo es puro,
amoroso y benéfico, la forma de pensamiento atraerá a un elemental sintonizado con su
color fonético, quien se infundirá en la forma y será su alma, constituyendo así en el mundo
astral una entidad independiente de carácter puro, amoroso y benéfico, por el contrario, si el
motivo es impuro, hostil y maléfico, la forma de pensamiento atraerá a un elemental
sintonizado con su color fonético y se infundirá en la forma y será su alma, constituyendo
así en el mundo astral una entidad independiente de carácter maléfico. Por ejemplo, un
pensamiento iracundo producirá una forma de color de fuego que atrae a los elementales de
la ira y uno de ellos se infunde en la forma y la convierte en una entidad iracunda con
actuación independiente. Los hombres están hablando de continuo sin darse cuenta en este
lenguaje de colores fonéticos y atraen enjambres de elementales que se aposentan en las
formas de pensamiento, de suerte que cada cual puebla su ambiente con los engendros de
sus fantasías, deseos, impulsos y pasiones. Ángeles y demonios de nuestra propia creación
nos rodean y son causa de dicha o infortunio para nosotros y para los demás. Son una
hueste kármica. Los clarividentes perciben los relampagueantes colores de continuo
cambiantes en el aura de cada individuo, de modo que todo pensamiento y toda emoción
son visibles para la vista astral. Los que poseen un mayor grado de clarividencia pueden ver
también las formas de pensamiento y los efectos producidos por los relámpagos de colores
en las huestes de elementales.
CAPITULO 5
ACTIVIDAD DE LAS FORMAS DE PENSAMIENTO
La duración de estas animadas formas de pensamiento depende en primer lugar de la
energía que les haya comunicado su creador, de su intensidad inicial, y en segundo lugar
del alimento que se les proporciona al reiterar el pensamiento su progenitor o cualquier otro
individuo, por lo que si la reiteración es muy frecuente, se vigoriza la forma hasta el punto
de estabilizarse en el mundo astral. Las formas de pensamiento de análoga índole se atraen
mutuamente y constituyen por aglomeración una forma de extraordinaria energía e
intensidad. Las formas de pensamiento están ligadas con su creador por una especie de lazo
magnético, de suerte que reaccionan sobre él, y cuando la repetición del pensamiento las
3 El Mundo Oculto, pág. 246. Edición española.
vigoriza, determinan un definido hábito mental a manera de molde en que fácilmente se
vierta el pensamiento. Si es de índole elevada, beneficiará a su creador, aunque la mayoría
impiden por lo siniestros el desenvolvimiento mental. Consideremos la formación del
hábito por que demuestra en miniatura la operación del karma y nos ayuda a comprenderla.
Supongamos una mente virgen, sin pasada actividad, capaz de actuar libre y
espontáneamente. Si engendra una forma de pensamiento y la reitera multitud de veces, se
habituará a tal pensamiento de modo que en él aplique todas sus energías sin acción
selectiva de la voluntad. Supongamos además que el ego nota que aquel hábito mental es
un obstáculo para su progreso, y se propone vencerlo. Sólo podrá lograrlo invirtiendo el
procedimiento, esto es, por la renovada espontánea acción de la mente dirigida a deshacer
lo hecho, a eliminar el contraído hábito que impide el adelanto del ego. Aquí tenemos
idealmente representado un mínimo ciclo kármico, rápidamente recorrido. La mente libre
contrae un hábito que la limita; pero dentro de esta limitación conserva su libertad y puede
actuar desde su interior contra el adquirido hábito hasta eliminarlo. Desde luego que no
somos inicialmente libres, pues venimos al mundo cargados con las cadenas que nos
forjamos en vidas anteriores; pero el proceso relativo a cada cadena, a cada hábito
contraído, es el mismo que indicado queda en el ciclo puesto por ejemplo. La mente forja la
cadena, la soporta y al propio tiempo puede limarla 4. El creador de una forma de
pensamiento puede dirigirla a determinado individuo para favorecerlo o perjudicarlo, según
la índole del elemental que la anima. No es ficción poética, sino positiva realidad, que los
buenos deseos, las oraciones y los pensamientos amorosos benefician a quienes se envían,
pues forman una hueste protectora que los circuye y defiende de peligrosas influencias. No
sólo genera y emite el hombre sus propias formas de pensamiento sino que como un imán
atrae las de otros individuos, con tal que sean de la misma índole que las suyas. Así puede
atraer poderosos refuerzos de energía a él externa y de él depende que esta energía sea
positiva o negativa. Si los pensamientos son puros y nobles atraerán huestes de entidades
benéficas, y así se explica que a veces se vea capaz de realizar lo que en verdad le parece
superior a sus fuerzas. Análogamente, los pensamientos bajos, siniestros y viles atraen
huestes de entidades maléficas, y así se explica que un hombre cometa crímenes de que al
punto se arrepiente creído de que algún demonio le ha tentado. Los elementales que animan
las formas de pensamiento, buenas o malas, flotantes en el ambiente astromental, se enlazan
con el elemental del deseo del cuerpo astral del hombre y con los que animan sus propias
formas de pensamiento, con tal que todas sean de la misma índole, pues los elementales de
índole contraria se repelen, de suerte que el hombre de nobles y elevados pensamientos y
virtuosas emociones formará un aura contra la cual se estrellen como en un broquel toda
clase de siniestras influencias. Hay otra clase de actividad elemental que produce amplios
resultados, y por tanto no puede omitirse en este preliminar examen de las fuerzas que
contribuyen a formar el karma. Lo mismo que las acabadas de mencionar, las formas de
4 Desde luego se comprende que siempre que la autora habla de la
mente, se refiere a la "conciencia mental" o personal, constituida por
la mayor cantidad y calidad de los pensamientos acumulados, cual
conciencia contrae los hábitos y los elimina, forja y lima las cadenas
simbólicas, es el actor y la mente es un instrumento de acción. (N.
del T.)
pensamiento pueblan el ambiente que reacciona sobre todo organismo sensitivo o nervioso
que se ponga en contacto con ellas, aunque también pueden afectar a cualquier otro
organismo. Los elementales son de temperamento gregario y se agrupan por clases, de
suerte que cuando un individuo proyecta una forma de pensamiento atrae a cuantos
elementales de su propia índole alcanza su intensidad y constituyen por aglomeración una
entidad colectiva. Del carácter de estas entidades colectivas dependen las señaladas
características de las familias, poblaciones, comarcas, regiones y naciones, pues forman un
ambiente astral en el que actúan los cuerpos astrales de los individuos pertenecientes a la
respectiva familia, población, comarca, región o nación, y en consecuencia tal ambiente
colectivo modifica la actividad del individuo y limita hasta cierto punto la expresión de sus
facultades. Si a un individuo se le presenta a examen una nueva idea, sólo podrá verla a
través de su ambiente familiar, vecinal, comarcal, regional o nacional, y es fácil que la vea
retorcida por refracción en el ambiente. Por lo tanto, hay limitaciones kármicas de suma
importancia, que requieren ulterior consideración. La influencia de las entidades colectivas
no se contrae al cuerpo astral de los individuos, sino que cuando son de siniestra y
destructora índole actúan como focos de tremenda energía desintegradora que ocasiona en
el plano físico estragos tales como los accidentes, tempestades, ciclones, huracanes,
terremotos e inundaciones. También estos resultados kármicos requieren ulterior
consideración.
CAPITULO 6
FUNDAMENTO DEL KARMA
Conocida la relación entre el hombre y los reinos elementales y considerada la creadora
energía de la mente que engendra las vívidas formas de pensamiento, nos hallamos en disposición
de comprender el fundamento del karma durante un ciclo de vida del ego, o sea el
periodo que transcurre entre dos nacimientos y abarca por lo tanto una vida terrestre, una
vida astral y una vida mental para volver de nuevo a la vida terrestre. Conviene advertir que
durante un ciclo de vida, el ego permanece muchísimo más tiempo fuera del plano físico,
de suerte que la verdadera vida del ego es la ultraterrena, y así vemos que no será posible
comprender acertadamente las operaciones del karma sin estudiar las actividades del ego
fuera del plano físico. Dice un Maestro: "Afirman los vedantinos que la vida terrena, por su
inestabilidad y relativamente corta duración, es ilusoria, y que la vida real es la del ego en
las esferas superiores" 5. Durante la vida terrena se manifiesta más directamente la
actividad del ego en la creación de formas de pensamiento por medio de la mente. El
germen o embrión de estas formas es una imagen mental que se mantiene unida a la
conciencia de su creador como una idea concebida, pero todavía no expresada. Esta imagen
mental puede compararse a un molde estereotipado en la conciencia del ego, del que puede
producir tantas copias o formas de pensamiento como quiera. La imagen mental es la
estereotipia y las formas de pensamiento son los ejemplares. La imagen es puro
5 Lucifer. Octubre de 1892. Artículo: Vida y Muerte
pensamiento. Las formas de pensamiento son astromentales. El ego lleva en su conciencia
la imagen mental durante todo un ciclo de vida, y si al pasar por los planos astral y mental
en el arco ascendente no puede la imagen soportar la sutil atmósfera de uno u otro de
ambos planos, prescinde temporáneamente de ella, y al volver a la tierra por el arco
descendente, recoge la imagen en el punto donde la había dejado sin perder su conexión
con ella; es decir, que la imagen mental puede permanecer largo tiempo aletargada y
recobrar después su actividad. Cada impulso del ego y la influencia de las derivadas formas
de pensamiento y de las entidades análogas acrecientan la energía y modifican la forma de
la imagen mental, que evoluciona de conformidad con leyes definidas. La agregación de las
imágenes mentales constituye el carácter del individuo, cuyo aspecto, externo es reflejo de
lo interno; y así como las células orgánicas se modifican en el transcurso del proceso
fisiológico, así también las imágenes que dan la tónica mental del individuo experimentan
notables modificaciones. El estudio de la operación del karma arrojará mucha luz sobre
estas modificaciones. De diversa índole puede ser una imagen mental, según el motivo de
su creador. Puede ser pasional, ética o intelectual; pero sea cual sea su índole es una
creación del ego y el fundamento del karma. Sin imagen mental no habría karma que
enlazase un ciclo de vida con otro, y es indispensable el cuerpo mental para que haya karma
individual. Los minerales, vegetales y animales no tienen karma individual porque carecen
de manas 6. Consideremos ahora la imagen mental con relación a la forma de pensamiento
en el plano astral y veamos cómo se produce esta forma. Las vibraciones de la imagen
mental levantan vibraciones sintónicas en la materia astral, y como esta materia es más
densa que la mental, constituye la forma o envoltura de la imagen mental, de modo que las
imágenes mentales creadas por el ego y adheridas inalienablemente a su conciencia, tienen
su expresión astromental en las formas de pensamiento que constituyen el ambiente
peculiar del ego, su propio mundo, de la propia suerte que las imágenes mentales del Logos
tienen su expresión en el universo manifestado y así también, como aunque cesara la manifestación
del universo, no se aniquilaría su imagen en la mente del Logos, así aunque se
desvanezca por consunción la forma de pensamiento, permanece en la conciencia del ego la
imagen mental. Conviene añadir que las vibraciones de la imagen mental no sólo provocan
otras en la materia del plano astral, sino que repercuten en la materia indiferenciada, en el
akasha, el inagotable depósito de todas las vibraciones mentales, emocionales y físicas, que
allí se estereotipan como imágenes fijas y constituyen los anales akásicos, los simbólicos
libros de los Lipikas, que puede leer todo el que según dice la Doctrina Secreta posee la
visión del Dangma 7. Una mente ejercitada puede proyectar en la materia astral las
imágenes akásicas como por medio de la linterna mágica se proyecta una fotografía en una
pantalla, de suerte que una escena del pasado puede reproducirse en toda su vivida realidad
con los más leves por menores, pues en la materia akásica existe como perpetuo clisé que
percibe y es capaz de reproducir el experto vidente. Esta incompleta descripción bastará
para dar una débil, pero por de pronto suficiente idea del fundamento del karma. En el
akasha se fija la imagen mental creada por el ego. De la imagen mental deriva la forma de
6 Está en ellos latente, en espera de actualización, el principio
manasico, y es como si carecieran de él. (N. del T.)
7 Dangma equivale a vidente que ha alcanzado la suprema sabiduría.
(N. del T.)
pensamiento animada según queda dicho, que actúa en el mundo astral produciendo
diversos efectos relacionados con la imagen mental y con el ego. Cada uno de los efectos
producidos por la forma de pensamiento puede compararse a un hilo de tela de araña, y el
conjunto de los efectos a la tela tejida por la forma de pensamiento. Además, cada efecto
tiene su peculiar matiz, por el que puede conocerse de qué imagen mental procede y a qué
ego pertenece. Así cabe tener alguna idea de cómo los Señores del karma o administradores
de la ley kármica perciben al primer golpe de vista la completa responsabilidad del ego por
la imagen mental que crea y su responsabilidad parcial por sus efectos ulteriores, que será
mayor o menor según entren o no otros hilos kármicos en la determinación de los efectos.
También podemos comprender por qué el motivo desempeña parte tan importante en la
operación del karma; por qué las acciones están subordinadas a su generadora energía; y
por qué el karma opera en cada plano de conformidad con su índole, y sin embargo enlaza
todos los planos con un hilo sin solución de continuidad. Cuando los luminosos conceptos
de la Religión de la Sabiduría derraman su luz sobre el mundo y disipan las tinieblas,
dejando ver la absoluta justicia que obra bajo las aparentes incongruencias, desigualdades y
accidentes de la vida, no es extraño que nuestro corazón se dirija con inefable gratitud a los
excelsos seres que mantienen la antorcha de la Verdad y nos libran de la tensión que estaba
a punto de estallar, de la congoja con que presenciábamos males al parecer irremediables y
nos movían a dudar de la justicia y del amor. ¡ No estás condenado ! Dulce es el Alma de
las cosas, y descanso celestial el corazón del Ser. Más fuerte que el infortunio es la voluntad.
Lo bueno se transmuta en mejor y lo mejor en óptimo. Tal es la Ley que obra
rectamente y nadie puede detener ni desviar. Su corazón es Amor. Su fin es paz y plenitud.
¡Obedeced !. Para mayor claridad trazaremos un diagrama del triple resultado de la
actividad del ego que crea el karma fundamental. Así tendremos durante un ciclo de vida.
KARMA
PLANO MATERIA CONSTITUYENTE RESULTADO
ESPIRITUAL AKASHA IMÁGENES AKASHICAS QUE FORMAN
EL HOMBRE EL REGISTRO KARMICO
CREA EN EL
MENTAL INFERIOR MENTAL IMÁGENES MENTALES QUE PERMANECEN
EN LA CONCIENCIA DE SU CREADOR
ASTRAL ASTRAL IMÁGENES ASTROMENTALES, ENTIDADES
ACTIVAS EN EL PLANO ASTRAL
El resultado de todo ello son las tendencias, aptitudes, actividades, oportunidades,
ambiente, etc, principalmente en futuros ciclos de vida, de conformidad con definidas leyes.
CAPITULO 7
KARMA INDIVIDUAL
El estudiante ha de reconocer que el alma del hombre, el ego, el causante del karma es una
entidad progresiva, un ser viviente que adelanta en estatura mental y en sabiduría según
recorre el sendero de su eónica evolución, por lo que conviene tener siempre presente la
esencial identidad de la mente concreta y la mente abstracta, aunque las distinguimos para
mayor facilidad en su estudio; pero la diferencia es de actividad funcional y no de
naturaleza. La mente superior o abstracta actúa en el plano causal con plena conciencia de
todo el pasado del ego, mientras que la mente inferior actúa en los planos mental y astral,
con todas sus facultades embargadas por la índole kámica del deseo, con la conciencia
limitada a las experiencias que mayormente le han impresionado en la encarnación por que
está pasando 8. Para la mayoría de las gentes la mente concreta es su yo; y el ego individual,
que siempre actúa desde su propio plano o sea el plano causal o mental superior, es para
ellos la voz de la conciencia, vaga y confusamente considerada como sobrenatural, como la
voz de Dios, y aciertan al reconocerle autoridad, aunque desconozcan su naturaleza. Pero
el estudiante ha de comprender muy bien que la mente inferior es de la misma esencia que
la superior, como el rayo de sol es de la misma esencia del sol. El sol de la mente superior
brilla siempre en el plano causal, mientras que el rayo de la mente inferior penetra en el
plano físico a través del plano astral. Por lo tanto, el ego es una entidad progresiva, y
cuando la mente superior emite un rayo a que llamamos mente inferior, puede compararse
este descenso a una mano que se sumergiera en un estanque de agua para recoger un objeto
caído en el fondo, y saliera del agua con el objeto recogido. El adelanto del ego depende del
valor de los objetos recogidos por la alargada mano; y al retraerse el rayo, la importancia de
toda su obra mientras estuvo actuando en el plano físico, se estima por el valor de las
reunidas experiencias. Es como si el propietario y cultivador de una finca rústica saliese al
campo a trabajar sufriendo todas las inclemencias del tiempo, y regresara con el fruto de su
labor para llenar los alfolíes. Cada yo personal es el aspecto actuante en el plano físico del
ego individual a quien representa en el grado de desenvolvimiento correspondiente a la
etapa de su evolución. Cuando así se comprende, se desvanece la duda que suele asaltar a
los principiantes en el estudio de la Teosofía, respecto a la aparente injusticia de que
recaigan sobre la personalidad las consecuencias de culpas que no cometió. Entonces se
echa de ver que el mismo ego que sembró el karma, lo cosecha; que el mismo labrador que
plantó la semilla, cosecha el fruto, aunque haya mudado de traje entre la siembra y la
cosecha. Así también las envolturas astral y física del ego se desgastaron entre la siembra y
la cosecha, y se ha revestido de nuevos trajes para recoger el fruto de lo que sembró. En las
primeras etapas de la evolución del ego, adelanta muy lentamente, porque le zarandean los
deseos y cede a las atracciones del plano físico. La mayoría de las imágenes mentales que
genera son pasionales, y en consecuencia las formas de pensamiento son violentas y de
8 El plano mental sólo es uno; pero según la actividad de la mente se
clasifica por conveniencia en mental superior y mental inferior. Al
superior se le denomina plano causal y al inferior sencillamente
plano mental, aunque ambos son mentales. (N. del T.)
corto alcance. Su duración dependerá de la cantidad de elemento manásico 9 que haya
entrado en la formación de la imagen mental. Los firmes y sostenidos pensamientos forjarán
claras y definidas imágenes mentales, y en consecuencia vigorosas y duraderas
formas de pensamiento, por lo que la imagen mental ha de ser una dominante influencia
que dirija las energías del ego. Durante la vida terrena forja el hombre un sinnúmero de
imágenes mentales. Unas son recias, vigorosas, de continuo reforzadas por repetidos
impulsos mentales. Otras son débiles, vagas, que apenas nacidas se desvanecen. Unas son
de índole espiritual y denotan anhelos de servir al prójimo, deseos de conocimiento, ansias
de más alta vida. Otras son puramente intelectuales, como límpidas joyas del pensamiento o
receptáculos de los resultados de profundos estudios. También las hay emocionales que
denotan amor, compasión ternura y devoción; o pasionales denotadoras de ira, ambición,
orgullo, codicia, gula, lujuria y cuantas emociones siniestras anidan en la naturaleza
inferior. A la muerte del cuerpo físico, el ego ve su conciencia henchida de cuantas
imágenes mentales de una u otra índole forjó durante la vida que acaba de pasar. Es el
resultado de su vida astromental. Todo pensamiento, por fugaz que haya sido, está allí
representado. Podrán haberse desvanecido largo tiempo las formas de pensamiento que sólo
duraron unas cuantas horas, pero las imágenes mentales, sin faltar una, permanecen en la
conciencia del alma que se las lleva consigo al mundo astral luego de muerto el cuerpo
físico. El mundo astral se divide en siete subplanos y cada uno de éstos en gradaciones
infinitesimales correspondientes a otros tantos de densidad de la materia astral, de suerte
que el ego cargado de imágenes mentales groseras permanecerá en los subplanos inferiores
del mundo astral envuelto en dichas imágenes mentales que se esforzará en activar y se
predispondrá de este modo a reiterarlas físicamente en su próxima vida terrena, así como
también se verá atraído hacia las escenas terrestres que le deparen ocasión de derivar de sus
imágenes mentales, formas de pensamiento. Lo mismo sucede respecto de las imágenes
mentales cuya índole las sintonice con cualquier otro subplano inferior del mundo astral,
hasta que por consunción o agotamiento pierden estas groseras imágenes mentales la
materia que les da existencia formal, pero quedan latentes en la conciencia del ego, que entonces
mantiene vivas las imágenes mentales de armoniosa índole forjadas durante la
anterior vida terrena y asciende a los subplanos superiores del mundo astral sintonizados
con ellas. Pero también estas imágenes mentales consumen el elemento de deseo y queda el
puro elemento mental, a la par que el ego se despoja por completo del cuerpo astral y queda
con el cuerpo mental inferior por externa envoltura. Cuando terminada la vida mental o
devachanica y después de una breve estancia en el mundo causal o mental superior, donde
ve todo su pasado, el ego retorna al mundo físico por los planos mental inferior y astral, la
respectiva materia de estos planos reaviva las imágenes mentales que quedaron latentes en
la conciencia del ego, y se convierten en las cualidades del carácter que ha de manifestar el
ego en la nueva personalidad. Conviene advertir que las creencias supersticiosas
transmutadas en imágenes mentales durante la vida terrena, ocasionan acerbos sufrimientos
al ego en los primeros estadios de la vida astral, pues le representan horrorosos tormentos
que en rigor carecen en absoluto de realidad. Al retornar el ego al mundo físico, dice
Leadbeater en su obra: El Plano Astral: Los Señores del Karma, que llevan cuenta de las
buenas y malas acciones de cada personalidad, construyen de conformidad con el karma la
plantilla del doble etéreo que ha de servir de molde al cuerpo físico del ego en la próxima
9 El elemento manásico equivale a materia mental. (N. del T.)
encarnación. Durante la vida devachánica se asimila el ego las experiencias adquiridas en
los mundos físico y astral, y su adelanto depende del número de imágenes mentales de una
y otra índole que forjó durante la vida terrena. Las imágenes mentales de siniestra índole le
servirán de lección y escarmiento por las penosas consecuencias que le acarrearon al
transmutarlas en formas de pensamiento concretadas en acción. Las imágenes mentales de
índole armónica le aprovecharán porque al asimilarse su esencia se convertirán en aptitudes
y facultades propias ya para siempre de su naturaleza. El ego agrupa todas las imágenes
mentales de una misma índole, se asimila su esencia, y por meditación crea un nuevo
órgano mental, a manera de molde en el que vierte la asimilada esencia y la transmuta en
facultad. Por ejemplo, si durante la vida terrena forjó el ego muchas imágenes mentales de
anhelos de conocimiento y de esfuerzos para comprender verdades superiores, cuando
muere el cuerpo físico mantiene durante la vida astral el mismo nivel mental que tenia en la
vida física; pero en el mundo mental inferior o devachán transmuta todas esas imágenes
mentales en facultades y aptitudes, de modo que el ego vuelve a la tierra con un órgano
mental mucho más agudo y eficaz que el que poseyó en la anterior encarnación, con mayor
potencia de facultades intelectuales que le permiten acometer y llevar a cabo estudios e
investigaciones de que hasta entonces fue de todo punto incapaz. Tal es la transmutación de
las imágenes mentales que dejan de existir en el plano mental, puesto que se han
transmutado en facultades; pero subsisten perpetuamente en los anales akásicos en donde el
ego las percibe desde el plano causal. Por lo tanto, quien anhele acrecentar el vigor de sus
presentes facultades intelectuales, podrá lograrlo si mantiene persistentemente su anhelo,
pues las aspiraciones y deseos durante una vida terrena se convierten en aptitudes en la
siguiente y la voluntad de obrar se transmuta en positiva aptitud para la definida acción.
Conviene advertir que las facultades y aptitudes de esta suerte elaboradas están
estrictamente sometidas en su condición a los materiales de que dispuso el ego, por lo que
si éste no plantó durante la vida terrena las semillas de la aspiración y el anhelo, muy escasa
o nula será su cosecha en la vida mental. Las imágenes mentales constantemente repetidas
sin definido propósito y anhelo de acrecentar las facultades intelectuales y volitivas, se
transmutan en corrientes de pensamiento o canales por los que se desperdicia la energía
mental. De aquí la importancia de no permitir que la mente vague de un punto a otro sin
determinado propósito, porque entonces forja imágenes mentales de índole trivial que
formarán canales por donde se habitúe a fluir la energía mental sin encontrar resistencia a
que aplicarse. Cuando por falta de oportunidad y no de aptitud se ha frustrado el anhelo de
realizar una acción de índole pura y elevada, se formará una imagen mental que se
transmutará en vivo pensamiento durante la vida devachánica y se concretará en positiva
acción durante la próxima vida terrena en cuanto se le depare favorable oportunidad, que se
le deparará inevitablemente si el anhelo o aspiración se transmutaron en pensamiento
durante la vida mental, la misma ley rige cuando el deseo es de índole grosera y sensual,
aunque en este caso no se transmuta en pensamiento en el devachán, donde no pueden
penetrar estas siniestras imágenes mentales, sino que permanecen latentes en el ego hasta
que a su paso por el mundo astral en retorno a la tierra se transmutan en formas de
pensamiento y se concretan en acción. Así los deseos codiciosos formarán una imagen
mental que vigorizada por la repetición del deseo, determine en una vida ulterior la
congénita tendencia al robo que se concrete en acción. El karma causativo es completo, y
cuando la imagen mental está lo bastante vigorizada, se concreta casi automáticamente en
acción. Además sabido es que la repetición continuada de un acto lo convierte en hábito, y
lo mismo sucede en todos los planos, de suerte que la reiteración de un deseo en el plano
astral y de un pensamiento en el mental, los transmutarán en acción en el plano físico a la
menor oportunidad. Muchas veces, el que comete un crimen dice que "lo hizo sin pensar"
que "estaba obcecado", que "no sabía lo que hacía", y que "no hubiera cometido el crimen
si reflexionara en lo que iba a hacer". El criminal que así se disculpa, tiene razón en lo que
dice, pues en verdad no cometió el crimen deliberadamente con premeditación, sino
impulsivamente como resultado automático de los deseos y pensamientos precedentes, que
sin remedio se concretaron automáticamente en acción. Sucede algo parecido a cuando una
disolución salina saturada cristaliza súbitamente en cuanto se le añade un menudisimo
cristal de la misma substancia disuelta. De la propia suerte, cuando la agregación de
imágenes mentales está saturada, una sola más que se añada, las concretará en acción. Es
inevitable la acción porque al reiterar una y otra vez la imagen mental se anuló la libertad
de elección, y lo físico no tiene más remedio que obedecer al impulso mental. El persistente
deseo de obrar en tal o cual sentido durante una vida, se transmuta en impulso en otra, y
parece entonces como si el deseo fuese una imperiosa exigencia que se hace a la naturaleza
para que depare la oportunidad de la acción. También ha de observar el ego las imágenes
mentales que de las experiencias pasadas en la vida terrena almacena la memoria. Son el
fiel historial de la influencia ejercida por el mundo exterior en el ego, quien debe meditar
sobre ellas para descubrir sus mutuas relaciones y conocer su valor como expresión y manifestación
de la Mente universal en la Naturaleza. Por meditación aprende el ego de las
experiencias, lecciones de placer que acaba en dolor y dolor que termina en placer.
Reconoce la existencia de leyes inviolables a las que ha de obedecer. Aprende lecciones de
éxitos y fracasos, de esperanzas y desengaños, de triunfos y derrotas, de temores
infundados, de fuerzas incapaces por lo débiles de resistir a la prueba, de la presunta
sabiduría que se torna ignorancia, del paciente sufrimiento que invierte en victoria la
aparente derrota y la atolondrada precipitación que trueca en derrota la aparente victoria.
Sobre todas estas cosas medita el ego y por su propia virtud alquímica transmuta las
entremezcladas experiencias en el oro del conocimiento, de modo que renace en la tierra
con mejor disposición y aptitud para arrostrar los sucesos de la nueva vida con el resultado
de las pasadas experiencias. La conciencia se desenvuelve por medio de la transmutación
en conocimiento de las imágenes mentales dimanantes de las experiencias, y
particularmente de las que enseñan que el sufrimiento deriva de la ignorancia o de la
desobediencia a la ley. Durante las sucesivas vidas terrenas, el ego se ve continuamente
impulsado por el deseo hacia los objetos de sensación, pero al ceder a sus halagos se
lastima al chocar contra la ley. La experiencia le enseña que todo placer deseado contra la
ley es un germen de dolor; y cuando en una nueva vida, el deseo le impulsa a un morboso
goce, el recuerdo de las pasadas experiencias se afirma en la conciencia y refrena los
impetuosos corceles de los sentidos que si se desbocaran se precipitarían obcecadamente en
el objeto de sensación. En el actual estadio de la evolución humana, todos los egos, excepto
los más atrasados, han tenido suficientes experiencias para reconocer las más salientes
características del "bien" y del "mal", o sea de lo que está en armonía o en discordancia con
la divina Ley, de suerte que por su dilatada experiencia puede el ego manifestarse clara y
explícitamente en su aspecto ético; pero en cuanto a las cuestiones peculiares del presente
estadio de evolución y no de los ya recorridos, la experiencia del ego es tan deficiente, que
aún no se ha transmutado en conciencia, y se expone a errar en sus determinaciones por
muy sincero que sea su intento de obrar rectamente. En este caso, la voluntad de obedecer
armoniza al ego con la divina ley en los planos superiores; y su desconocimiento de cómo
ha de obedecer, se remediará por efecto del dolor que experimente al obrar en contra de la
ley, de suerte que el sufrimiento le enseñará lo que ignoraba y sus aflictivas experiencias
acrecentarán su conciencia para evitar ulteriores errores y caídas y darle mayor
conocimiento de Dios en la Naturaleza, de la consciente armonía con la ley de la vida, de la
consciente cooperación al desenvolvimiento del plan de Dios. Así tenemos que los
principios definidos de la ley kármica que operan con las imágenes mentales como causas
se pueden expresar del modo siguiente:
Las aspiraciones y deseos se convierten en aptitudes
Los pensamientos reiterados se convierten tendencias
La voluntad de obrar se convierte en acciones
Las experiencias se convierten en conocimiento
Los sufrimientos se convierten en conciencia
CAPITULO 8
OPERACIÓN DEL KARMA
Cuando el ego se ha asimilado en el mundo mental todos los materiales acopiados durante
su vida terrena, vuelve a moverle el deseo de vida senciente, y entonces comienza el último
periodo del ciclo de vida, durante el cual se reviste de nuevos cuerpos mental y astral adecuados
a la nueva vida terrena que va a pasar por la puerta del nacimiento, trayendo consigo
los resultados de su vida en el mundo mental. Si el ego es joven, poco habrá ganado,
porque el adelanto en los primeros estadios de la evolución es mucho más lento de lo que
algunos se figuran, y las vidas se suceden pesadamente, de modo que escasas son la
siembra en el mundo físico y la cosecha en el mental. Según se van desenvolviendo las
facultades se acelera en proporción el adelanto del ego, y cuando entra en la vida mental
con gran acopio de experiencias, sale de ella y vuelve a la tierra con facultades acrecentadas
según el descrito procedimiento. Antes de su redescenso, permanece algún tiempo el ego en
el Plano causal, donde percibe todo su pasado, y de allí sale revestido tan sólo del cuerpo
causal que perdura todo el ciclo de sus encarnaciones y está rodeado por el aura
correspondiente a su individualidad, aura luminosa, policromada, más o menos
resplandeciente y de radio proporcional a su grado de evolución. Al pasar por los planos
mental y astral en su retorno a la tierra se reviste el ego de nuevos cuerpos constituidos por
la respectiva materia de dichos planos, de conformidad con los resultados de su pasado
karma, teniendo por embrión las imágenes mentales que al ascender después de la anterior
muerte física quedarán privadas de materia, y que ahora reavivan con la que atraen de los
planos mental y astral y constituyen la tónica de los pensamientos y emociones de toda
índole que ha de constituir su congénito carácter en la nueva encarnación 10. Una vez así
10 Las expresiones de ascenso y descenso son figuradas pues los
planos se interpenetran, y al hablar de superiores e inferiores se da a
entender la diferente tónica de su vibración (N. del T.)
revestido, cuya operación puede ser breve o muy prolongada según el caso, se halla el ego
dispuesto a recibir de los Señores del Karma el cuerpo etéreo por ellos formado con los
materiales que el mismo ego proporcionó, y que sirve de molde para construir por ley
fisiológica el cuerpo denso en que debe manifestarse en el mundo físico durante la próxima
encarnación. De esta suerte el ego individual se refleja en el ego personal, y su carácter, sus
cualidades, dotes y circunstancias dependerán de sus pensamientos anteriores. Se convertirá
en lo que pensó, y así el hombre es según quiso ser. Sin embargo, el cuerpo físico, en sus
dos aspectos de etéreo y denso, limita y condiciona la actividad de las facultades del ego,
que ha de vivir en determinado ambiente de cuya índole derivarán las circunstancias
externas. Ha de seguir el ego un sendero trazado por las causas que estableció y arrostrar
vicisitudes ora placenteras, ora penosas, resultantes de las fuerzas que generó y que ponen a
prueba sus facultades. Pero algo más que los aspectos individual y personal del ego parece
aquí necesario para proporcionar campo de acción a sus energías de modo que se adapten a
los instrumentos condicionantes y a las reaccionarias circunstancias. Nos acercamos a un
punto del que muy poco cabe decir apropiadamente, porque se trata de la región de las
potentes Inteligencias espirituales cuya naturaleza transciende de mucho nuestras limitadas
facultades, pero cuya existencia podemos conocer y cuya actividad señalar, aunque
respecto de quiénes estamos en análoga posición a la de los animales respecto de nosotros,
que conocen que existimos, pero ignoran el alcance y operaciones de nuestra conciencia.
Son estas Inteligencias los Señores del Karma y los Cuatro Maharajas o Devarajas, respecto
de lo poco que sabemos de los Señores del Karma, da muestra el siguiente pasaje de la
Doctrina Secreta: Los Señores del Karma, descritos en el comentario 6° de la estancia IV
son los Espíritus del Universo. Pertenecen a la parte más oculta de la cosmogénesis de que
no es posible tratar aquí. Tampoco está preparada la autora para decir si los adeptos, aun los
de muy elevada categoría, conocen por completo a esta orden angélica en sus triples grados
o tan sólo conocen el inferior relacionado con los registros de nuestro mundo, aunque me
inclino a la segunda suposición. Lo único que se sabe de ellos es que están encargados de
registrar el Karma. Como también dice la Doctrina Secreta, están los Señores del Karma
relacionados "con el destino y nacimiento de cada ser humano". Los Señores del Karma
trazan la plantilla del cuerpo etéreo o molde del denso, con el cual constituye el cuerpo
físico que le ha de servir al ego para manifestar sus cualidades mentales y emocionales en
la vida terrena que va a pasar. Los Señores del Karma entregan la plantilla a los Cuatro
Maharajas, quienes son como dice la Doctrina Secreta: "los protectores de la humanidad y
los agentes del karma en el mundo terrestre". Añade Blavatsky sobre estos "Cuatro Maharajas"
lo siguiente en la citada Doctrina Secreta al comentar la estancia V del libro de
Dzyan: "Cuatro Ruedas Aladas en cada ángulo... para los Cuatro Santos y sus huestes. Son
los Cuatro Maharajas o Reyes de los Dhyan-Chohans, los Devarajas que presiden los cuatro
puntos cardinales... Estos Seres también están relacionados con el karma, que necesita
agentes físicos y materiales para el cumplimiento de sus decretos. Una vez recibido de los
Señores del Karma el dechado o plantilla del cuerpo etéreo, los Maharajas escogen para
elaborarlo los elementos o materiales más a propósito para la expresión de las cualidades
del carácter congénito del ego que va a reencarnar, y también con objeto de que sirva de
instrumento de las limitaciones impuestas por los pasados fracasos y desaprovechadas
ocasiones. Los Mahárajas, auxiliados por sus huestes, envían el cuerpo etéreo así formado
al país, raza, familia y madre que proporcionen el campo o ambiente más favorable para el
agotamiento de la porción de karma ya madura correspondiente a aquella inminente vida
terrena. No es posible agotar o extinguir en una sola vida todo el karma acumulado por el
ego, ni podría elaborarse instrumento alguno ni encontrar ambiente apropiado ni reunir
todas las circunstancias necesarias para la manifestación de todas las evolucionadas
facultades del ego ni para que éste cumpla las obligaciones contraídas en el pasado con
otros egos. Por lo tanto, el cuerpo etéreo ha de estar elaborado en congruencia con la parte
de karma que el ego sea capaz de agotar en aquella encarnación y se le colocará en un
ambiente social donde pueda relacionarse con los egos con quienes tenga contraídos lazos
kármicos. Se eligen un país y una raza cuyas condiciones políticas, religiosas y sociales
convengan a las facultades del ego y proporcionen ambiente adecuado a la ocurrencia de
los efectos de las causas que estableció. La familia elegida ha de poseer una herencia
fisiológica a propósito para proporcionar la materia física requerida por la adaptación del
cuerpo denso al molde etéreo, de suerte que el cuerpo físico sea eficaz instrumento de
manifestación y expresión de las facultades mentales y emocionales del ego y puede éste
agotar la señalada porción de su acumulado karma. Por muy incomprensible que parezca el
poder requerido para estas adaptaciones, concebimos su posibilidad de acuerdo con la perfecta
justicia. El telamen del destino de un hombre puede componerse de innumerables
hilos entretejidos con arreglo a un dechado de inconcebible complejidad. Si a nuestra vista
desaparece un hilo, es porque sé oculta de momento bajo el revés del telamen para luego
aparecer; y cuando nos parece ver un hilo nuevo es porque reaparece el oculto; y como
quiera que sólo vemos una porción del telamen, no podemos tener exacto concepto del
dechado. Dice Jámblico sobre el particular en Sobre los Misterios, IV, 4: Lo que a nosotros
nos parece estrictamente justo, no lo es para los dioses, porque nosotros sólo vemos esta
breve vida, las cosas presentes y la manera como subsisten; pero las Potestades superiores a
nosotros conocen todos los ciclos de vida del ego. La seguridad de que la perfecta justicia
gobierna el mundo estimula el adelanto del evolucionante ego; porque según adelanta es
más capaz de ver en los planos superiores y transmitir su conocimiento a la conciencia
vigilia, y aprende con cada vez mayor certeza que la Buena Ley actúa infaliblemente, que
sus Agentes la aplican sin el más leve error, de modo que todo resulta en beneficio del
mundo y de los egos en él militantes. En medio de la obscuridad, los vigilantes egos que
con la lámpara de la Sabiduría divina pasan por los lóbregos caminos de la mansión de la
humanidad, exclaman que todo va bien. La exposición de las causas y la comprensión de
los efectos del karma nos ayudará a formar concepto de los principios que presiden la
operación de la Ley. Ya vimos cómo los pensamientos constituyen el carácter. Veamos
ahora cómo las acciones determinan el medio en que se vive. Hemos de considerar un
principio general de transcendentales efectos, que convendrá exponer algo en pormenor. El
hombre puede afectar con sus acciones al prójimo en el mundo físico; puede difundir a su
alrededor la dicha o la desgracia y acrecentar o disminuir la totalidad del bienestar humano.
Este aumento o disminución de bienestar puede provenir de motivos buenos, malos o
medianos. Un deseo benevolente, el anhelo de que sean dichosos sus semejantes, puede
mover a un hombre a regalar a la ciudad en que habita un parque de recreo; pero otro puede
hacer el mismo regalo por pura ostentación, con propósito de que le otorguen un título
nobiliario; y un tercero hará igual, movido en parte por benevolencia y en parte por
egoísmo. Los motivos afectarán el carácter de estos tres hombres en su futura encarnación,
de modo que mejorará el del primero, empeorará el del segundo y producirá escasos
resultados de adelanto en el tercero. Pero el efecto de la acción, que beneficia a gran
número de gentes, no depende del motivo del donador, pues sea cual sea, el público disfruta
del parque, y este disfrute establece respecto del donador un crédito que se le pagará
escrupulosamente por medio de bienes materiales que le proporcionen comodidades físicas
en una vida futura, como también las proporcionó a sus semejantes. Tal es su derecho; pero
el uso que haga de su posición social y la dicha que obtenga de sus riquezas dependerán de
su carácter, y así vemos que cada semilla fructifica según su índole. El servicio prestado al
prójimo en cada ocasión oportuna multiplicará en otra vida terrena las ocasiones de servir.
Quien ayude en cuanto pueda a cuantos menesterosos encuentre, se encontrará en una vida
ulterior en disposición de prestar muy amplios auxilios. Por otra parte, las oportunidades
desaprovechadas aparecerán en otra vida transmutadas en limitaciones del instrumento de
expresión y en desfavorables condiciones del ambiente. Por ejemplo, el cerebro etéreo
estará deficientemente construido y de las mismas deficiencias adolecerá el cerebro denso.
El ego concebirá ideas, trazará planes, pero será incapaz de expresarlas y desenvolverlos
físicamente. Las desaprovechadas ocasiones se transmutarán en anhelos frustrados, en deseos
irrealizables, en impotentes ansias de auxiliar, ya por defecto de aptitud o por falta de
oportunidad. El mismo principio rige en el caso de la temprana muerte de un hijo
idolatrado. Si un ego trata duramente a otro a quien debe cariño y protección o servicio de
cualquier clase, renacerá el despreciado como hijo único y heredero de quien en una vida
anterior lo vejó y en la presente lo adora; pero al morir prematuramente, la aflicción de los
padres se lamentará de la "injusticia de Dios" que les arrebata su único hijo, en quien tenían
puestas todas sus complacencias, mientras deja con vida los numerosos hijos de su prójimo.
Sin embargo, el karma obra siempre igual, aunque sólo pueden ver su actuación quienes
tienen los ojos abiertos. Los defectos congénitos resultan de un deficiente cuerpo etéreo, y
son vitalicias penas de graves rebeliones contra ley o de daños infligidos al prójimo. Los
Señores del Karma trazan dichos defectos en la plantilla del molde etéreo, a fin de que el
cuerpo denso resulte con las deformaciones necesarias para enmendar los errores del ego, y
así se explican la ceguera, sordomudez, imbecilidad y otras anormalidades congénitas. Así
es que de la justa administración de la ley por los Señores del Karma proviene la reencarnación
del ego en una familia afectada de una dolencia hereditaria, cuyo sufrimiento le
es necesario al ego en su nueva personalidad. Los Señores del Karma favorecerán la
manifestación de las facultades artísticas, por medio de un cuerpo etéreo que facilite la
construcción en el cuerpo denso de un delicado sistema nervioso, y escogiendo una familia
en que sea hereditaria la facultad artística desarrollada por el ego. Así vemos que para la
expresión de la facultad musical se necesita un cuerpo físico con muy delicados y agudos
sentidos del oído y del tacto, que proporcionará más fácilmente la herencia fisiológica. El
servicio que un hombre presta a la humanidad con su palabra hablada o escrita, por medio
de libros o de conferencias que difunden nobles y elevadas ideas es también un crédito
contra la ley que los Señores del Karma pagarán escrupulosamente mediante el mental y
espiritual auxilio que presten al bienhechor. Así vemos los capitales principios de la actuación
del karma y las respectivas funciones desempeñadas por los Señores del Karma y por
el ego en el destino del individuo. El ego proporciona los materiales con que va
construyendo su propio carácter. Los Señores del Karma trazan la plantilla o dechado de lo
que ha de ser la futura personalidad del ego, de modo que al elaborar los Maharajas el
cuerpo etéreo de conformidad con dicho dechado con los materiales también proporcionados
por el ego, resulte el cuerpo denso un eficaz instrumento para la actuación del ego según
la parte de karma que le está señalada en la vida terrena que ha de pasar, a despecho de
las entre chocantes voluntades de los hombres.
CAPITULO 9
EVITACION DE LOS RESULTADOS DEL KARMA
Dicen algunos al reconocer por vez primera la existencia del karma, que si todo proviene de
la actuación de la ley, están irremediablemente esclavizados a su destino. Antes de
considerar cómo puede utilizarse la ley para gobernar el destino, conviene el examen de un
caso típico en demostración de que la fatalidad y el libre albedrío actúan armónicamente a
la par. Llega un ser humano a este mundo con determinado carácter constituido por
ordinarias facultades intelectuales y buenas y malas cualidades emotivas; con un cuerpo
físico sano y bien formado, aunque no de espléndida índole. Tales son sus limitaciones
claramente señaladas, y al llegar a la plenitud de la vida física se encuentra con un carácter
constituido por sus cualidades mentales, emocionales y físicas, del que ha de hacer el mejor
uso posible. Habrá alturas mentales que no sea capaz de escalar y conceptos inasequibles a
sus facultades. Habrá tentaciones que no pueda resistir y empresas físicas incapaz de
realizar. Reconoce que no puede pensar como un genio ni ser hermoso como un Apolo. Se
ve encerrado en un circulo incapaz de trasponer por mucho que se esfuerce. Además, no
puede evitar ciertas tribulaciones que le afligen y forzosamente ha de sobrellevar. Sucede
así porque el ego está limitado por sus pasados pensamientos, sus desperdiciadas ocasiones,
sus errores, siniestras tendencias y pasionales deseos. Sin embargo, el ego, el verdadero
hombre no está limitado, porque es esencialmente libre. Quien hizo el pasado que aprisiona
su presente, puede actuar en su cárcel de modo que en el porvenir manifieste su esencial
libertad. En cuanto conozca que esencialmente es libre, quebrantará las cadenas que le
aherrojan y proporcional a la medida de su conocimiento será la ilusividad de sus
limitaciones. Pero el hombre ordinario cuyo conocimiento es chispa y no llama, dará el
primer paso hacia el libre albedrío, si considera como hechura propia sus limitaciones y se
esfuerza en cercenarlas. Cierto es que no puede pensar como un genio; pero puede tener
mayor confianza en su capacidad y ejercitarla gradualmente hasta que llegue a ser un genio.
Cierto es que no puede domeñar sus insensatas pasiones en un momento, pero sí luchar
contra ellas por muchas veces que sucumba, hasta que al fin las venza. Aunque le limiten
flaquezas emocionales y físicas, si sus pensamientos son cada vez más puros y armoniosos
y sus obras benéficas, merecerá más bellos y eficaces instrumentos en el porvenir. Siempre
es esencialmente libre el ego en su cárcel y puede derribar las vallas que él mismo levantó.
Es su propio carcelero y si quiere libertarse se libertará. Si comete una grave falta que le
acarrea tribulación es porque pecó en el pasado como pensador y ha de sufrir ahora como
actor. Si pierde a un ser amado, no debe afligirse, por que no lo perdió para siempre sino
que se mantiene unido a él por el amor y lo recuperará en el porvenir. Entre tanto, debe
prestar a otros seres el auxilio que hubiera prestado al desaparecido del mundo físico, a fin
de no sembrar semillas que dieran por amargo fruto una pérdida análoga en futuras vidas.
Cuando comete una injusticia, sufre las consecuencias, porque la pensó en otro tiempo y ha
de sufrirlas pacientemente, y esperar que el día de mañana quedará libre de toda limitación
si sus pensamientos son nobles y bienhechores. En medio de las tinieblas aparece un rayo
de luz que dice: "¡Oh! vosotros los que sufrís. Sabed que porque queréis sufrís. Nadie os
obliga. La ley que parecía cadenas se ha transmutado en alas que remontan al ego a
regiones cuya existencia sin alas sólo podría conjeturar.
CAPITULO 10
DETERMINACION DEL PORVENIR
La perezosa corriente del tiempo impele hacia adelante a la hueste de egos que siguen el
movimiento de la tierra y pasan de uno a otro globo. Pero la Religión de Sabiduría
proclama de nuevo que cuantos quieran pueden acortar el camino de la evolución y
substraerse al impulso de la perezosa corriente. El que comprende algo del significado de la
ley, de su absoluta seguridad y su infalible exactitud, emprende la educación de si mismo y
se encarga activamente de vigilar su propia evolución. Analiza su carácter y procede a
reformarlo, ejercitando deliberadamente sus facultades mentales y morales, acrecentando
sus aptitudes, vigorizando sus puntos débiles, subsanando sus defectos y eliminando
superfluidades. Convencido de que se ha de convertir en lo que piense, ejercita deliberada y
metódicamente la meditación en un noble ideal, y comprende por qué Pablo, el insigne
iniciado cristiano exhortaba a sus discípulos diciendo: "Por lo demás, hermanos, pensad en
todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable."
(Filipenses, 4: 8.). Diariamente ha de meditar en su ideal y esforzarse en vivir de
conformidad con él pero ha de proceder tranquila y perseverantemente, sin precipitación
pero sin tregua, porque sabe que edifica sobre el firmísimo fundamento de la roca de la
eterna ley. Entonces recurre a la ley y en ella se ampara, y ya no teme el fracaso ni hay
poder en el cielo y la tierra capaz de obstruir su camino. Durante la vida terrena acopia
experiencias y aprovecha todo cuanto a su paso encuentra, y durante la vida mental se
asimila las experiencias y planea su futuro edificio. En esto consiste el valor de la verdadera
finalidad de la vida, aunque se funde en el testimonio ajeno y no en el conocimiento propio.
Cuando un hombre acepta y comprende en parte la actuación del karma, emprende desde
luego la construcción de su carácter y coloca cada piedra con especial cuidado, porque sabe
que edifica para la eternidad. Ya no titubea ni anda de un lado para otro ni forja hoy un plan
y otro mañana, o no forja ninguno, sino qué traza un bien meditado proyecto y construye
con arreglo a él, porque el ego es a la par arquitecto y constructor y no vuelve a
desperdiciar tiempo en estériles conatos. De aquí la rapidez con que se recorren los últimos
estadios de evolución y los sorprendentes y casi increíbles progresos que realiza el vigoroso
ego en su plena virilidad.
CAPITULO 11
MODIFICACION DEL KARMA
Quien deliberadamente ha emprendido la determinación de su porvenir, se percata, a
medida que aumenta su conocimiento, de la posibilidad de hacer algo más que construir su
carácter y fijar su futuro destino. Se da cuenta de que se halla en un universo, de que es un
ser viviente y activo con voluntad libre, capaz de actuar sobre las circunstancias tanto como
sobre sí mismo. Está desde hace largo tiempo acostumbrado a obedecer las capitales leyes
éticas establecidas para guía de la humanidad por los divinos Instructores aparecidos de
edad en edad, y comprende que estas leyes se basan en fundamentales principios de la
Naturaleza y que la moral es la ciencia aplicada a la conducta. Advierte que en su vida
diaria es capaz de neutralizar los resultados perjudiciales de una mala acción por medio de
una buena acción. Si un hombre lanza un mal pensamiento contra otro, y éste le
corresponde con un pensamiento igualmente maligno, ambas formas de pensamiento se
entrefundirán como dos gotas de agua y acrecentarán su violencia; pero si aquel contra
quien se dirige el mal pensamiento conoce la ley kármica neutralizará la maligna forma de
pensamiento con otra de benevolencia y compasión, de modo que el odio cese por el amor.
Engañadoras formas de pensamiento planean por el mundo astral; pero el conocedor de la
ley kármica las contrarresta con formas de verdad, pureza y amor que invalidan la falsía, la
torpeza y el egoísmo. Cuando aumenta el conocimiento, esta acción es directa y definida, y
al pensamiento dirigido con deliberado propósito, le nacen las vigorosas alas de la recia
voluntad. A las malignas formas así destruidas ya no pueden reanimarlas ningún elemental.
Su vida y la materia de su forma retornan al repositorio universal. De esta suerte se evita el
mal karma desde su origen y no pueden anudarse lazos kármicos entre quienes disparan los
mortíferos dardos y quienes los rechazan con el invulnerable broquel del amor y la
compasión. Los divinos Instructores que autorizadamente exhortaron a devolver bien por
mal, apoyaron su exhortación en el conocimiento de la ley. Quienes les obedecen, aunque
no comprendan el fundamento científico del precepto, evitan el mal karma que pesaría
sobre ellos sí correspondiesen al odio con el odio; pero quienes conocen la ley, destruyen
deliberadamente las formas perniciosas y al esterilizar las semillas del mal evitan futuras
cosechas de dolor. En un grado de adelanto relativamente superior al de la mayoría de la
humanidad, no sólo puede el hombre construir su carácter e influir de propósito en las
formas de pensamiento que crucen por su ambiente, sino que también empezará a tener
vislumbres de su pasado, y le será por ello posible revisar las causas y los efectos kármicos,
para aquilatar mejor su presente. Así es capaz de modificar su porvenir mediante la
consciente movilización de fuerzas que obren sobre otras ya movilizadas y operantes. El
conocimiento le permite valerse de la ley con tanta seguridad como el cientista la utiliza en
sus investigaciones. Consideremos ahora las leyes del movimiento. Si cuando se mueve un
cuerpo en determinada dirección, obra sobre él una fuerza en distinta dirección, el cuerpo se
moverá entonces en la dirección resultante de las dos fuerzas componentes, sin haber
perdido energía; pero parte de la fuerza que dio el impulso inicial se habrá empleado en
resistir el choque de la nueva fuerza, y la resultante de ambas no será ni una ni otra sino una
tercera que determinará la nueva dirección del móvil. Un físico puede calcular exactamente
en qué dirección empleará sobre un cuerpo en movimiento una fuerza que le dé la nueva dirección
deseada. De este modo no se estorba ni se quebranta la ley. Se la utiliza
conscientemente para que las fuerzas naturales actúen según conviene a la voluntad
humana. Si aplicamos este principio a la modificación del karma, advertiremos que no nos
oponemos al karma cuando modificamos su acción por medio del conocimiento. Nos
valemos de fuerzas kármicas para influir en los efectos kármicos y vencemos a la
Naturaleza con el arma de la obediencia. Supongamos ahora que un individuo de muy
adelantado conocimiento, al escrutar su pasado ve corrientes kármicas que convergen en un
punto de siniestra acción. Puede interponer una nueva fuerza de sentido contrario y
suficiente intensidad entre las convergentes, para modificar favorablemente la fuerza resultante.
Mas para ello no le basta la facultad de ver el pasado y descubrir su relación con el
presente, sino que necesita además sobrado conocimiento para calcular exactamente la
influencia que la nueva fuerza interpuesta ejercerá en la alteración de la resultante,
considerada como efecto de causas pasadas y como causa de efectos futuros. De esta suerte
puede disminuir o invalidar los resultados del mal que hizo en el pasado, mediante la
interposición de fuerzas armónicas en su corriente kármica. No puede destruir ni deshacer
lo hecho; pero mientras sus efectos no se concreten en acción puede modificarlos o
neutralizarlos o subvertirlos mediante nuevas fuerzas que interponga como causas
coadyuvantes a la producción de los esperados efectos. En todo esto no hace más que
valerse de la ley con tanta seguridad como el físico que equilibra una fuerza con otra, e
incapaz de aniquilar ni una dina de energía puede imprimir a un cuerpo el movimiento
deseado previo cálculo de la acción de las fuerzas dinámicas. Análogamente puede el
karma modificarse por la influencia de las circunstancias en que opera. Consideremos bajo
otro aspecto esta importantísima cuestión. A medida que aumenta el conocimiento es más
fácil evitar el mal karma pasado. Como quiera que el ego, al escrutar sus vidas anteriores, y
acercarse a la liberación, ve las causas que van a producir sus efectos, conoce cuáles son
éstas, cuáles las ya extinguidas, y cómo anudó los lazos kármicos. No sólo puede mirar
hacia atrás para ver las causas, sino también hacia adelante para ver los efectos, pues así
como en el mundo físico, el conocimiento de sus leyes capacita para predecir los resultados,
así un ego lo bastante evolucionado puede conocer las causas kármicas que estableció y
predecir los efectos de ellas resultantes. El conocimiento de las causas y de su actuación
nos capacita para establecer nuevas causas que neutralicen los efectos de aquéllas; y
valiéndonos de la ley con absoluta confianza en su inmutabilidad, será posible por medio
del cuidadoso cálculo de las fuerzas movilizadas, determinar nuestro porvenir. Es cuestión
de puro cálculo. Supongamos que en el pasado establecimos vibraciones de odio. Podemos
neutralizarlas e impedir sus efectos, oponiéndoles vibraciones de amor. Así como en el
mundo físico podemos producir el silencio por la interferencia de dos ondas sonoras de
suerte que las vibraciones graves de una entrechoquen con las sutiles de la otra, así también
en los planos superiores al físico es posible valerse de la interferencia de las vibraciones de
odio y amor para anular las causas kármicas y establecer el equilibrio que significa
liberación. Este conocimiento está más allá del alcance de la mayoría de la humanidad, que
si desea aprovecharse de la ciencia del alma debe apoyarse en el testimonio de los versados
en el asunto y obedecer los preceptos de los instructores religiosos del mundo, pues por devoción
se logrará el mismo resultado que por conocimiento. La aplicación general de estos
principios dará a entender que el hombre está entorpecido por la ignorancia, y cuán
importante parte desempeña el conocimiento en la evolución humana. La corriente arrastra
a los hombres porque son ignorantes; son impotentes por lo ciegos. Quien desee adelantarse
a la masa general de la humanidad, como el veloz corcel deja atrás al rocín, necesita tanta
sabiduría como amor, tanto conocimiento como devoción. No ha de ir limando lentamente
los eslabones de la cadena que forjó tiempo atrás. Puede limarlos sin tardanza y librarse de
ellos tan efectivamente como si desgastados por el tiempo lo dejasen en libertad.
CAPITULO 12
EXTINCIÓN DEL KARMA
El karma nos tiene atados a la rueda de muertes y nacimientos. El buen karma nos obliga a
reencarnar tan persistentemente como el adverso, y la cadena forjada por nuestras virtudes,
aunque de oro, nos sujeta con tanta fuerza como la de hierro forjada por nuestros vicios. Así
pues, ¿ cómo quebrantar estas cadenas si el hombre ha de pensar y sentir mientras exista y
los pensamientos y deseos engendran continuamente karma? La respuesta nos la da en el
Bhagavad Gita la profunda lección de Krishna a Arjuna. No recibe esta lección un eremita
ni un erudito, sino un guerrero, un khsatriya que ha de cumplir con los deberes de su estado
y luchar por la victoria. No en la acción sino en el deseo; no en la acción sino en la
apetencia de su fruto está la sujetadora fuerza de la acción. Cuando se ejecuta una acción
con deseo de gozar de su fruto, se sigue el procedimiento a propósito para lograr el
apetecido resultado. El ego pide y la Naturaleza otorga, A cada causa corresponde un efecto
y a cada acción un fruto. El deseo los enlaza. Si se mata el deseo, cesa el enlace, y cuando
todos los lazos del deseo se hayan roto, quedará libre el ego. Ya no podrá sujetarlo el
karma. La rueda de causas y efectos seguirá girando, pero el ego está liberado. "Por lo
tanto, cumple tú constantemente y sin apego la acción que debas cumplir, pues el hombre
que sin apego cumple la acción alcanza en verdad el Supremo" (Bhagavad Gitá. - Estancia
III, 19.) Para practicar la Yoga de acción, ha de ejecutar el hombre todas sus acciones
como un deber, en armonía con la ley en cualquier plano de existencia en que se halle, para
ser una fuerza operante en la evolución, de acuerdo con la Divina Voluntad, con perfecta
obediencia en todas las fases de su actividad. De esta suerte sus acciones tendrán carácter
de sacrificio ofrecido al volteo de la Rueda de la Ley sin apetencia del fruto, del que hace
generosa donación en servicio de la humanidad. El fruto no es del actor. Pertenece a la ley
que se encarga de su distribución. Dice el Bhagavad Gita: "Al de obras no moldeadas por el
deseo, cuyas acciones se consumen en el fuego de la sabiduría, los doctos le llaman sabio.
Inapetente del fruto de las obras y siempre satisfecho, de nada se ampara y no hace cosa
alguna aunque todas las haga. "Sin confiar en nada, con su mente y su ser disciplinados y
todo anhelo de goce en abandono, cumple las acciones sólo con el cuerpo y no cae en
pecado. Satisfecho con lo que recibe, libre de los pares de opuesto, sin envidia, equilibrado
en el éxito y en el fracaso, no está ligado a las acciones que ejecuta. Quien tiene los apetitos
muertos y el pensamiento firme en la sabiduría, quien sacrifica las obras y permanece en
equilibrio, todas las acciones que ejecuta no le ligan ni le afectan. (Estancia IV, 19-23.)
Cuerpo y mente actúan en plena actividad. Con el cuerpo se ejecutan las acciones físicas y
con la mente las mentales; pero el Yo permanece tranquilo, sereno, sin prestar nada de su
eterna esencia para forjar las cadenas del tiempo. Nunca se negligencia la recta acción sino
que se ejecuta fielmente dentro de los límites de los poderes eficientes, pues la renuncia al
fruto de la acción no supone pereza ni descuido en su cumplimiento.
Dice el Bhagavad Gitá:
Si el ignorante obra por apego a la acción, oh Bhárata! el sabio debe obrar sin apego a ella,
anheloso del bienestar del mundo. No perturbe el sabio la mente de los ignorantes apegados
a la acción; antes bien, obrando en armonía conmigo, haga atractiva toda acción. (Estancia
III, 25-26). Quien alcanza el estado de la "inacción en la acción" descubre el secreto del
agotamiento del karma, destruye por el conocimiento las acciones que ejecutó en el pasado
y quema las del presente en el fuego de la devoción. Entonces llega al estado de conciencia
descrito simbólicamente por Juan en el Apocalipsis, al decir: "Al que venciere, yo le haré
Columna en el templo de mi Dios y nunca más saldrá afuera". (Apoc. 3-12). Porque el ego
sale muchas veces del Templo a las llanuras de la vida; pero llega tiempo en que se
convierte en "columna del templo de mi Dios". Este templo es el mundo de las almas
liberadas, y sólo quienes no están ligados a sí mismos egoístamente, pueden quedar ligados
a todos en nombre de la única Vida. Así pues, deben romperse no sólo los lazos del deseo
personal sino también los del deseo individual. Pero en este punto incurren los principiantes
en un error muy natural y frecuente. No hemos de romper los lazos del deseo
convirtiéndonos en marmolillos insensibles. Por el contrario, el hombre es tanto más
sensitivo cuanto más cerca está de la liberación, pues el perfecto discípulo en unidad con su
Maestro responde compasivamente a toda pulsación del mundo exterior; todo le conmueve
y a todo responde; y precisamente porque nada desea para sí es capaz de darlo todo a todos.
Un hombre así ya no engendra karma ni forja cadenas que le sujeten, y a medida que va
siendo más expedito canal por donde la Vida divina se derrame en el mundo, sólo anhela
ensanchar su cauce para que sea más caudaloso el flujo de la Vida divina. Su único anhelo
es ser más amplio receptáculo en que con el menor impedimento se vierta la Vida. Después
de rotas las cadenas que le sujetaban, su única tarea es trabajar en servicio de los demás.
Pero jamás se rompe el enlace de la Unidad con la Totalidad, del discípulo con el Maestro y
del Maestro con el discípulo. Este enlace no es una ligadura. Es la Vida divina que siempre
nos impulsa superadelante, sin sujetarnos a la rueda de nacimientos y muertes.
Primeramente nos atrae a la vida terrena el deseo de goces sensorios, y después otros
deseos más puros que sólo pueden satisfacerse en la tierra, como el de conocimiento,
desarrollo, devoción de índole espiritual. Pero cuando todo esto está logrado ¿ qué retiene
todavía a los Maestros en el mundo de los hombres? Nada que pueda el mundo ofrecerles.
No hay en la tierra conocimiento que no posean ni poder que no ejerzan ni experiencia que
les aleccione. Todo lo saben y todo lo pueden. El mundo es incapaz de atraerlos con halago
a la reencarnación. Sin embargo, reencarnan compelidos por un divino impulso interno,
para ayudar a sus hermanos en el multimilenario trabajo de la humana evolución, con el
jubiloso servicio de su inefable amor e imperturbable paz, sin que el mundo pueda
allegarles más dicha que ver a otras almas crecer a su semejanza y compartir con Ellos la
consciente vida de Dios.
CAPITULO 13
KARMA COLECTIVO
La agrupación de egos en familias, castas, naciones y razas introduce un nuevo elemento de
perplejidad en los resultados kármicos, y así se explican los llamados "accidentes" y los
ajustes que constantemente hacen los Señores del Karma. Parece que aunque nada puede
sucederle a un individuo, que no esté determinado por su karma, cabe la posibilidad de
aprovechar una catástrofe nacional o sísmica para que extinga parte del mal karma que no
le hubiera correspondido extinguir en la vida por que está pasando. Digo que parece,
porque trato este asunto teóricamente, sin conocimiento práctico de él, aunque es muy
lógico suponer que la muerte súbita no puede privar a un ego de su cuerpo físico, a menos
que sea deudor de semejante muerte a la ley, pues si no mediase esta circunstancia se
"salvaría milagrosamente" del naufragio, del terremoto, del descarrilamiento, del incendio o
de cualquier catástrofe en que se viera envuelto. Pero si debe una muerte súbita y su karma
nacional o familiar le envuelven en una catástrofe, no podría salvarse aunque aquella muerte
no estuviera trazada en la plantilla kármica que sirvió para la formación del cuerpo
etéreo. Desde luego se le evitará todo sufrimiento inmerecido, pero se le dejará pagar su
deuda aprovechando la ocasión deparada por el karma colectivo en indirecta operación de
la ley. Análogamente puede beneficiarse el ego cuando pertenece a una nación que goza de
un buen karma colectivo, y así recibe el pago de un crédito pendiente, que no se le hubiera
satisfecho por la sola razón de su karma individual. El nacimiento de un ego en
determinada nación está regido por los principios generales de la evolución y por sus
peculiares características. Si consideramos la ordinaria evolución de la humanidad, el ego
en su lento desenvolvimiento ha de pasar por las siete razas raíces y las correspondientes
subrazas de un globo. Esta necesidad requiere ciertas condiciones a que ha de adaptarse el
karma individual, y la nación perteneciente a la subraza por la que el ego haya de pasar
reunirá las condiciones requeridas. El examen de una larga serie de encarnaciones ha
demostrado que algunos egos progresan normalmente de una subraza a otra, mientras que
otros reencarnan repetidamente en una misma subraza. Dentro de las condiciones de la
subraza las características individuales del ego le conducirán a una u otra nación. Así nos
muestra la historia que al cabo de un normal período de mil quinientos años aparecen de
nuevo colectivamente ciertas características nacionales. Una gran masa de los antiguos
romanos reencarnan en nuestros días en Inglaterra cuyas características nacionales son la
expansión colonial y la conquista por los mismos procedimientos de la antigua Roma. Un
ego en quien estuviese muy señalada esta característica nacional nacerá en Inglaterra
conducido por su karma para participar en bien o en mal de todo lo que el karma colectivo
pudiera afectarle como individuo. Los lazos de familia son de índole más personal que los
nacionales, y quienes contraen afectos en una vida propenden a reunirse en otra como
miembros de una misma familia. A veces estos lazos persisten cada vez más estrechos en
sucesivas vidas; pero otras veces, a causa de la diferencia de duración de la vida mental por
la mayor actividad intelectual y espiritual de algunos durante la vida terrena en que fueron
parientes de otros, pueden dispersarse los miembros de una familia y no volverse a
encontrar hasta después de varias encarnaciones. En general, cuanto más íntima es la unión
en las superiores manifestaciones de la vida mayores probabilidades hay de nacer en una
misma familia. También el karma del individuo está influido por la interacción del karma
familiar y puede gozar o sufrir de un modo que no corresponda a su peculiar karma en
aquella vida, pagando así deudas o cobrando créditos todavía pendientes. En lo que a la
personalidad se refiere, parece que ha de haber cierta compensación en las vidas astral y
mental, de modo que se haga justicia aun a la transitoria personalidad. El examen
pormenorizado del karma colectivo nos llevaría más allá de los límites de un tratado
elemental como el presente y no estaría al alcance de nuestros conocimientos, por lo que
sólo podemos exponer estas incompletas indicaciones. El conocimiento exacto del asunto
exigiría un detenido examen de casos individuales, continuado durante millares de años,
pues las especulaciones sobre este asunto son inútiles, y lo que se requiere es la paciente
observación. Sin embargo, algo adecuadamente cabe decir respecto al karma colectivo en
cuanto a la relación entre los pensamientos y acciones de los hombres y los aspectos del
mundo exterior. Sobre este obscuro punto dice Blavatsky: "De acuerdo con Platón expone
Aristóteles que la palabra "elementos" denota los principios incorpóreos colocados como
inspectores en cada una de las cuatro grandes divisiones de nuestro mundo. Así es que los
paganos no adoran ni veneran a los elementos ni a los puntos cardinales sino a las entidades
espirituales que simbolizan. "Según la iglesia romana hay dos clases de seres siderales: los
ángeles y los demonios. Según los kabalistas y ocultistas sólo existe una clase, sin
diferencia entre los "Rectores de Luz" y los "Rectores de Tinieblas" o Cosmocratores, a
quienes la iglesia romana supone entre los "Rectores de Luz" cuando los oye designar por
otro nombre distinto del que ella les da. No castiga o premia el Rector o Maharaja con
permisión de Dios o sin ella, sino que el mismo hombre se castiga o premia por su karma,
que cuando erróneo acarrea individual y colectivamente (como sucede a veces en las
naciones) toda clase de males y calamidades. "Nosotros establecemos causas que ponen en
actividad a las potestades correspondientes del mundo sideral, y las atraen irresistiblemente
hacia quienes establecen tales causas y sobre ellos reaccionan, tanto si han perpetrado
malas acciones como si han tenido siniestros pensamientos. La ciencia moderna nos dice
que el pensamiento es materia, y según enseñan a los profanos los señores Jevons y
Babbage en sus Principios científicos, cada partícula de materia existente debe ser un
registro de todo cuanto ha sucedido. La ciencia moderna penetra cada día más en el vórtice
del ocultismo, aunque de ello no se dé cuenta. El pensamiento es materia, pero no en el
sentido del materialista Moleschott, quien afirma que el pensamiento es el movimiento de
la materia, declaración absurda casi sin igual. Los estados mentales y los físicos se hallan
en completo contraste; pero esto no importa para que todo pensamiento, además de la
acción cerebral, tenga un aspecto objetivo en el mundo astral, aunque para nosotros sea en
objetividad suprasensible. (Doctrina Secreta. Comentarios a la Estancia V del libro de
Dzyan.) Parece que cuando los hombres engendran gran número de malignas y destructoras
formas de pensamiento, las cuales se agrupan en grandes masas en el mundo astral, su
energía se precipita sobre el plano físico y provoca motines, asonadas, trastornos,
revoluciones, guerras y todo linaje de disturbios sociales que caen como karma colectivo
sobre sus progenitores. Así tenemos que también el hombre es colectivamente dueño de su
destino, y creador de su propio ambiente. Las rachas de crímenes, las epidemias, los
períodos de conmoción o trastorno en una ciudad se explican según el mismo principio. Las
formas de pensamiento animadas por la cólera incitan al asesinato. Los elementales de estas
formas están alimentados por los efectos del crimen y los vigorizan el sentimiento de
venganza de los pacientes de la víctima, la ferocidad del criminal y su rencor cuando lo
ajustician y se ve lanzado violentamente del mundo. Así la horda de formas malignas impulsan
desde el mundo astral a la perpetración de nuevos crímenes que se repiten
horrorosamente. Los sentimientos de temor que provoca la propagación de una epidemia
intensifican la virulencia de la enfermedad y se perturba el ambiente magnético de cuantas
personas se hallan en el área de la epidemia. En todos sentidos e innumerables modalidades
causan estragos los malignos pensamientos de los hombres cuando en vez de cooperar al
desenvolvimiento del divino plan del universo invierte en la destrucción su poder creador.
CAPITULO 14
CONCLUSION
Tal es en bosquejo la capital ley del karma y sus operaciones, cuyo conocimiento y empleo
le permite al hombre acelerar su evolución, libertarse de la rueda de muertes y nacimientos
y llegar a ser mucho antes de que su raza termine su curso, un auxiliar y salvador del
mundo. El profundo y firme convencimiento de la verdad de esta ley tranquiliza
serenamente el ánimo y desvanece todo temor, pues nada puede sucedernos que no sea obra
nuestra y no merezcamos. Como toda siembra ha de dar su cosecha no hemos de
lamentarnos si por haber sembrado vientos cosechamos tempestades. Pero una vez pasada
la tempestad no vuelve a atormentarnos. Por lo tanto, mejor será afrontar con ánimo alegre
los dolorosos resultados de un mal karma, pues vale más pagar cuanto antes las deudas que
tengamos. No se figuran las gentes la fuerza que podrían obtener si se apoyaran en la ley.
Desgraciadamente, para los occidentales el karma es una quimera, y aun entre los teósofos,
la creencia en el karma es más bien una función intelectual que un vivo convencimiento
que guíe su conducta, pues como dice Bain, la virtualidad de una creencia se mide por su
repercusión en la conducta, y la creencia en el karma debiera manifestarse en la pureza,
serenidad, vigor y dicha de la vida. Sólo nuestras mismas acciones pueden entorpecernos y
nuestra propia voluntad encadenarnos. Cuando los hombres reconozcan esta verdad habrá
sonado la hora de su liberación, pues nadie puede esclavizar a quien obtuvo el poder por
medio del conocimiento y lo emplea en el amor.
sábado, 9 de mayo de 2009
viernes, 8 de mayo de 2009
KRISHNAMURTI ANTE UN MUNDOTRANSFORMACIÓN DEL INDIVIDUO Y LA SOCIEDAD
TRANSFORMACIÓN DEL INDIVIDUO Y LA SOCIEDAD
El dolor y la confusión existen siempre en el mundo; hay siempre en él este problema de lucha y sufrimiento. Llegamos a ser conscientes de este conflicto, de este dolor, cuando nos afecta personalmente o cuando está inmediatamente a nuestro alrededor, como lo está ahora. Los problemas de la guerra han existido antes; pero a la mayor parte de nosotros no nos han interesado porque estaban muy lejanos y no nos afectaban personal y profundamente; pero ahora la guerra está a nuestras puertas y esto parece dominar la mente de la mayor parte de la gente.
Ahora no voy a contestar las preguntas que inevitablemente surgen cuando interesan de modo inmediato los problemas de la guerra, la actitud y la acción que uno debiera asumir en relación a esta, etc. Pero vamos a considerar un problema mucho más profundo; porque la guerra es solamente una manifestación externa de la confusión y de la lucha interna de odio y antagonismo. El problema que debiéramos discutir, que es siempre actual, es el del individuo y de su relación con otro, que es la sociedad. Si podemos comprender este problema complejo, entonces tal vez estaremos en aptitud de evitar las múltiples causas que en último término conducen a la guerra. La guerra es un síntoma, por más que brutal y morboso, y ocuparse con la manifestación externa sin tener en cuenta las causas profundas de ella, es fútil y carece de propósito: cambiando fundamentalmente las causas, quizás podamos producir una paz que no sea destruida por las circunstancias externas.
La mayor parte de nosotros estamos inclinados a pensar que por medio de la legislación, por la simple organización, por el liderismo, pueden ser resueltos los problemas de la guerra y de la paz y otros problemas humanos. Como no queremos ser responsables individualmente de este torbellino interno y externo de nuestras vidas, acudimos a grupos, autoridades y acción de masa. Por medio de estos métodos externos se puede tener paz temporal: pero solamente cuando el individuo se entiende a sí mismo y entiende sus relaciones con otro, lo cual constituye la sociedad, puede existir la paz permanente, duradera. La paz es interna y no externa; sólo puede haber paz y felicidad en el mundo cuando el individuo ‑que es el mundo- se consagra definitivamente a alterar las causas que dentro de él mismo producen confusión sufrimiento, odio, etc. Quiero ocuparme con estas causas y cómo cambiarlas profundamente y en forma duradera.
El mundo que nos rodea está en flujo constante, en constante cambio: existe incesante sufrimiento y dolor. ¿Pueden existir paz y felicidad duraderas en medio de esta mutación y conflicto, independientemente de todas las circunstancias? Esta paz y esta felicidad pueden descubrirse, desentrañarse de cualesquiera circunstancias en que se encuentre el individuo.
Durante estas pláticas trataré de explicaros cómo experimentar con nosotros mismos, y así libertar el pensamiento de sus limitaciones autoimpuestas. Pero cada uno debe experimentar y vivir seriamente y no vivir simplemente de acción y frases superficiales.
Este experimento serio, esforzado, debe comenzar con nosotros mismos, con cada uno de nosotros, y es en vano el alterar simplemente las condiciones externas sin un profundo cambio interno. Porque lo que es el individuo es la sociedad, lo que es su relación con otro, es la estructura de la sociedad. No podemos crear una sociedad pacífica, inteligente, si el individuo es intolerante, brutal y competidor. Si el individuo carece de bondad, de afecto, de sensatez en sus relaciones con otro, tiene inevitablemente que producir conflicto, antagonismo y confusión. La sociedad es la extensión del individuo; la sociedad es la proyección de nosotros mismos. Hasta que comprendamos esto y nos entendamos a nosotros mismos profundamente y nos modifiquemos radicalmente, el mero cambio de lo externo no creará paz en el mundo, ni le traerá esa tranquilidad que es necesaria para las relaciones sociales felices.
Así, pues, no pensemos sólo en alterar el medio ambiente: esto necesariamente debe tener lugar si nuestra atención completa se dirige a la transformación del individuo, la de nosotros mismos y de nuestra relación con otro. ¿Cómo podemos tener fraternidad en el mundo si somos intolerantes, si odiamos, si somos codiciosos, voraces? Esto es notorio, ¿verdad? Si cada uno de nosotros es llevado por una ambición que consume, si lucha por tener éxito, si busca la felicidad en las cosas, es seguro que tendrá que crear una sociedad que es caótica, cruel, insensible y destructora. Si todos comprendemos y estamos profundamente de acuerdo en este punto: que el mundo es nosotros mismos, y que lo que somos es el mundo, entonces ya podremos pensar en cómo producir el cambio necesario en nosotros.
En tanto que no estemos de acuerdo en este punto fundamental, sino que simplemente consideremos para nuestra paz y felicidad el ambiente, éste asume una importancia inmensa que no tiene, porque nosotros lo hemos creado, y sin un cambio radical en nosotros mismos llega a ser una prisión intolerable.
Nos apagamos al ambiente esperando encontrar en él seguridad y la continuidad de nuestra autoidentificación y, en consecuencia, nos resistimos a todo cambio de pensamiento y de valores. Pero la vida está en continuo flujo y por ende, existe conflicto constante entre el deseo que siempre tiene que llegar a ser estático y la realidad que no tiene morada.
El hombre es la medida de todas las cosas y si su visión está pervertida, entonces lo que piensa y crea debe inevitablemente conducir al desastre y al sufrimiento. El individuo construye la sociedad con lo que él piensa y siente. Personalmente, yo siento que el mundo es yo mismo, que lo que yo hago crea paz o sufrimiento en el mundo, que es yo mismo, y mientras yo no me comprenda no puedo traerle paz al mundo: así pues, lo que me concierne de un modo inmediato es yo mismo, no egoístamente con objeto de obtener mayor felicidad, mayores sensaciones, mayor éxito, porque mientras yo no me entienda a mí mismo, tengo que vivir en la pena y el sufrimiento y no puedo descubrir la paz y felicidad duraderas.
Para comprendernos, tenemos, en primer lugar, que estar interesados en el descubrimiento de nosotros mismos, debemos llegar a estar alerta respecto de nuestro propio proceso de pensamiento y sentimiento. ¿En qué están principalmente interesados nuestros pensamientos y sentimientos, qué es lo que les concierne? Les conciernen las cosas, las gentes y las ideas. En esto es en lo que estamos fundamentalmente interesados: las cosas, las gentes, las ideas.
Ahora bien, ¿por qué es que las cosas han asumido tan inmensa importancia en nuestras vidas? ¿Por qué es que las cosas, la propiedad, las casas, los vestidos, etc., toman un lugar tan dominante en nuestras vidas? ¿Es porque simplemente las necesitamos?, o ¿es que dependemos de ellas para nuestra felicidad psicológica? Todos necesitamos vestido, alimento y morada. Esto es notorio, pero ¿por qué es que esto ha asumido importancia y significación tremendas? Las cosas asumen tal valor y significación desproporcionados porque psicológicamente dependemos de ellas para nuestro bienestar. Alimentan nuestra vanidad, nos dan prestigio social, nos brindan los medios de lograr el poder. Las usamos con objeto de realizar propósitos diversos de los que tienen en sí mismas. Necesitamos alimento, vestidos, albergue, lo cual es natural y no pervierte; pero cuando dependemos de las cosas para nuestra gratificación, para nuestra satisfacción, cuando las cosas llegan a ser necesidades psicológicas, asumen un valor e importancia completamente desproporcionados y de aquí se origina la lucha y el conflicto por poseerlas y los diversos medios de conservar las cosas de las cuales dependemos.
Formúlese cada uno esta pregunta: ¿Dependo de las cosas para mi felicidad psicológica, para mi satisfacción? Si tratáis seriamente de contestar esta pregunta, sencilla en apariencia, descubriréis el proceso complejo de vuestro pensamiento y sentimiento. Si las cosas son una necesidad física, entonces les ponéis limitación inteligente, entonces no asumen esa importancia abrumadora que tienen cuando llegan a ser una necesidad psicológica. Por este camino comenzáis a comprender la naturaleza de la sensación y de la satisfacción: porque la mente que quiere llegar a comprender la verdad debe estar libre de semejantes ataduras.
Para libertar la mente de la sensación y de la satisfacción, tenéis que comenzar con las sensaciones que os son familiares y establecer allí el adecuado cimiento para la comprensión. La sensación tiene lugar, y comprendiéndola no asume la estúpida deformación que tiene ahora.
Muchos piensan que si las cosas del mundo estuvieran bien organizadas, de tal modo que todos tuviesen lo suficiente, entonces existiría un mundo feliz y pacífico; pero yo temo que esto no será así si individualmente no hemos comprendido el verdadero significado de las cosas. Dependemos de ellas porque internamente somos pobres y encubrimos esa pobreza del ser con cosas, y estas acumulaciones externas, estas posesiones superficiales, llegan a ser tan vitalmente importantes que por ellas estamos dispuestos a mentir, a defraudar, a luchar y a destruirnos unos a otros. Porque las cosas son el medio para lograr el poder, para tener gloria. Sin comprender la naturaleza de esta pobreza interna del ser, el mero cambio de organización para la equitativa distribución de las cosas, por mas que tal cambio es necesario, creará otros medios y caminos de obtener poder y gloria.
A la mayor parte de nosotros nos interesan las cosas y para comprender nuestra justa relación respecto a ellas, se requiere inteligencia, que no es ascetismo, ni afán adquisitivo; no es renunciación, ni acumulación, sino que es el libre e inteligente darse cuenta de las necesidades sin depender afanosamente de las cosas. Cuando comprendéis esto, no existe el sufrimiento del desprenderse, ni el dolor de la lucha de la competencia. ¿Es uno capaz de examinar y comprender críticamente la diferencia entre las propias necesidades y la dependencia psicológica de las cosas? No podéis responder esta pregunta ahora mismo. Sólo la responderéis si sois persistentemente serios, si vuestro propósito es firme y claro.
Es indudable que podamos comenzar a descubrir cuál es nuestra relación con las cosas. ¿Verdad que se basa en la codicia? ¿Y cuándo se transforma en codicia la necesidad? ¿No es acaso codicia que el pensamiento, percibiendo su propia vaciedad, su propia falta de mérito, proceda a investir las cosas de una importancia mayor que su propio valor intrínseco y en consecuencia crea una dependencia de ellas? Esta dependencia puede producir una especie de cohesión social: pero en ella siempre hay conflicto, dolor, desintegración. Tenemos que hacer claro nuestro proceso de pensamiento y podemos hacer esto si en nuestra vida diaria llegamos a darnos cuenta conscientemente de esta codicia y de sus aterradores resultados. Este darse cuenta conscientemente de la necesidad y de la codicia, ayuda a establecer el cimiento recto para nuestro pensar. La codicia, en una forma u otra, es siempre la causa del antagonismo, del odio nacional despiadado, y de las brutalidades sutiles. Si no comprendemos la codicia y la combatimos, ¿cómo podemos comprender la realidad que trasciende todas estas formas de lucha y sufrimiento? Debemos comenzar con nosotros mismos, con nuestra relación respecto a las cosas y a la gente. Tomé en primer lugar las cosas porque a la mayor parte de nosotros nos interesan son para nosotros de tremenda importancia. Las guerras son por las cosas y en ellas están basados nuestros valores sociales y morales Sin entender el proceso complejo de la codicia no comprenderemos la realidad.
* *
Para quienes por primera vez vienen aquí, haré una breve explicación acerca de lo que hablamos el domingo pasado. Los que estéis siguiendo estas pláticas de modo serio, no debéis sentir impaciencia, porque estamos tratando de pintar con palabras un cuadro de la vida tan completo como sea posible. Debemos entender el cuadro integro, la actitud completa hacia la vida y no meramente una parte.
Decía la semana pasada que no puede haber paz o felicidad en el mundo a menos de que nosotros, como individuos, cultivemos la sabiduría que da por resultado la serenidad. Muchos piensan que sin considerar su propia naturaleza interna, su propia claridad de propósito, su propia comprensión creadora, alterando en cierta medida las condiciones externas, pueden producir paz en el mundo. Esto es, esperan tener fraternidad en el mundo aun cuando en su interior estén atormentados por el odio, por la envidia, por la ambición, etc. Que esta paz no puede existir a menos que el individuo, que es el mundo, efectúe un cambio radical dentro de sí mismo, es obvio para quienes piensen profundamente.
Después de siglos de predicar la bondad, la fraternidad, el amor, vemos en rededor nuestro el caos y una brutalidad extraordinaria; somos fácilmente cogidos en este remolino de odio y antagonismo, y pensamos que alterando los síntomas externos, tendríamos la unidad humana. La paz no es una cosa que pueda traerse del exterior, puede solamente venir de adentro; esto requiere gran empeño y concentración, no en algún propósito único, sino en la comprensión del problema complejo del vivir.
Tomé como una de las causas principales de conflicto en nosotros mismos y por consiguiente en el mundo, la codicia, con su temor, con su anhelo de poder y dominio, a la vez que social, intelectual y emocional. Traté de marcar la diferencia entre la necesidad y la codicia. Necesitamos alimentos, ropa y albergue, pero esa necesidad se convierte en codicia, fuerza psicológica que impulsa nuestra vida, cuando por el anhelo de poder, de prestigio social, etc., damos valor desproporcionado a las cosas. Hasta que disolvamos esta causa fundamental de conflicto o choque en nuestra conciencia, la sola búsqueda de paz es vana. Aun cuando por medio de los códigos podamos tener orden superficial, el anhelo de poder, de éxito y demás, perturbará constantemente el vínculo que mantiene unida la sociedad y destruirá este orden social. Para producir paz dentro de nosotros y, por consiguiente dentro de la sociedad, debe comprenderse este choque central en la conciencia, causado por el anhelo. Para comprender, debe haber acción.
Hay quienes juzgan que el conflicto en el mundo es causado por la codicia, por la aserción individual para obtener poder y dominio por medio de la propiedad, y proponen que los individuos no retengan medios de adquirir poder, creen conseguir esto por medio de la revolución, del control de la propiedad por el Estado, siendo el Estado los pocos individuos que tienen en sus manos las riendas del poder. No podéis destruir la codicia por medio de códigos. Podréis destruir una forma de ella por la coacción, pero de un modo inevitable tornará en otra forma que creará de nuevo caos social.
También hay quienes piensan que la codicia o el anhelo pueden ser destruidos por medio de ideales intelectuales o emocionales, por medio de dogmas y credos religiosos; esto tampoco puede ser, porque la codicia no se domina por la imitación, el servicio o el amor. Anonadarse no es: el remedio duradero para el conflicto de la codicias Las religiones han ofrecido compensación por librarse de la codicia; pero la realidad no es compensación. Perseguir compensación es llevar a otro nivel, a otro plano, la causa del conflicto que es la codicia, el anhelo; pero el choque y el dolor siguen allí.
Los individuos están atrapados por el deseo de crear orden social o relación humana amistosa por medio de la legislación y de encontrar la realidad que prometen las religiones como compensación por renunciar a la codicia. Pero como lo he apuntado, la codicia no puede destruirse por la legislación o por la compensación. Para abordar de un modo nuevo el problema de la codicia, debemos ser plenamente conscientes de la falacia de una mera legislación social en su contra y de la actitud religiosa compensadora que hemos desarrollado. Si ya no estáis buscando compensación religiosa para la codicia, o si no estáis ya agarrados en la falsa esperanza de la legislación en contra de ella, entonces empezaréis a comprender un proceso diferente para disolver este anhelo de modo completo; pero esto requiere empeño persistente, sin sentimentalismo, sin los engaños del astuto intelecto.
Todo ser humano necesita alimento, ropa y albergue; pero ¿por qué ha llegado a ser esta necesidad un problema tan complejo y doloroso? ¿No es acaso porque usamos las cosas con propósito psicológico, más bien que como mera necesidad? La codicia es la demanda de satisfacción, de placer, y usamos las necesidades como medios de conseguirlo y les damos mucha mayor importancia y valor del que tienen. Mientras uno usa las cosas porque las necesita, sin estar psicológicamente involucrado en ellas, puede haber una limitación inteligente en las necesidades, que no esté basada en una mera gratificación.
El depender psicológicamente de las cosas se manifiesta como miseria y conflicto social. Siendo uno pobre interna, psicológica, espiritualmente, se piensa en enriquecerse por medio de posesiones con demandas y problemas complejos siempre en aumento. Sin resolver fundamentalmente la pobreza psicológica del existir, la sola legislación social o el ascetismo no pueden resolver el problema de la codicia, del anhelo. ¿Cómo puede, pues, resolverse fundamentalmente y no sólo en su manifestación externa, en su periferia? ¿Cómo va a liberarse el pensamiento del anhelo? Percibimos la causa de la codicia: el deseo de satisfacción, de deleite, pero ¿cómo ha de ser disuelta? ¿Ejercitando la voluntad? Si es así, ¿qué forma de voluntad? ¿La voluntad de vencer? ¿La voluntad de refrenar? ¿La voluntad de renunciar? He aquí el problema: siendo codicioso, avariento, mundanal, ¿cómo desembarazar el pensamiento de la codicia?
Como el pensamiento es ahora producto de la codicia, es transitorio y así no puede comprender lo eterno. Lo que ha de poder comprender lo inmortal, debe ser también inmortal. Lo permanente puede ser entendido solamente al través de lo transitorio. Esto es, el pensamiento nacido de la codicia es transitorio y todo lo que crea debe ser seguramente transitorio también, y mientras la mente esté aprisionada dentro te lo transitorio, dentro del círculo de la codicia, no puede ni trascenderla, ni vencerse a sí mismo. En su esfuerzo por dominar, crea mayores resistencias y más y más se enreda en ellas.
¿Cómo va a disolverse la codicia sin crear posterior conflicto, si el producto del conflicto está siempre dentro del dominio del deseo, el cual es transitorio? Podréis vencer la codicia por el esfuerzo de voluntad que se traduce en abnegación: pero eso no conduce a la comprensión, al amor, porque tal voluntad es producto del conflicto y no puede, por ende, libertarse de la codicia. Reconocemos que somos codiciosos. Hay satisfacción en poseer. Esto llena nuestro ser, lo expande. ¿Por qué, pues, necesitáis luchar contra eso? Si de veras estáis satisfechos con esta expansión, entonces no tenéis problema consciente. ¿Pero acaso puede ser la satisfacción completa? ¿No está en estado de flujo constante, anhelando una gratificación tras otra?
Así el pensamiento queda atrapado en su propia malla de ignorancia y dolor. Comprendemos que estamos aprisionados por la codicia, y también percibimos, cuando menos intelectualmente, el efecto de la codicia. ¿Cómo, pues, va el pensamiento a desembarazarse de sus propios y autocreados anhelos? Sólo estando constantemente alerta, sólo por medio de la comprensión del proceso de la codicia misma. La comprensión no se obtiene por el mero ejercicio de un propósito unilateral, sino por medio de ese acercamiento experimental que tiene la cualidad peculiar de inclusión total, de lo entero. Este acercamiento experimental yace en los actos de nuestra vida diaria; en llegando a darse cuenta de una manera profunda del proceso de la codicia y de la satisfacción, se produce el acercamiento integral a la vida, la concentración que no es resultado de elegir, sino que es lo completo. Si estáis alerta, observaréis claramente el proceso del anhelo; veréis que en este observar existe el deseo de selección, el deseo de razonar: pero este deseo es aún parte del anhelo. Tenéis que ser agudamente conscientes de la sutileza del anhelo y, así, a través del experimento surge la plenitud de la comprensión, que es lo único que de un modo radial liberta al pensamiento del anhelo. Si de este modo sois conscientes, habrá una forma diferente de voluntad o de comprensión, que no es voluntad nacida del conflicto o de la renunciación, sino de lo total, de lo completo; lo cual es santo. Esta comprensión es un acercarse a la realidad que no es producto del propósito o esfuerzo de logro; de la voluntad nacida del anhelo y del conflicto. La paz es de esta totalidad, de esta comprensión.
Krishnamurti, Ojai, 1940.
PROBLEMAS DE CONVIVENCIA HUMANA
En las últimas tres pláticas he tratado de explicar el acercamiento experimental al problema de la codicia: acercamiento que no es renunciación, ni control, sino la comprensión del proceso de la codicia, lo único que puede traer liberación perdurable de ella. Mientras uno dependa de las cosas para su propia satisfacción y enriquecimiento psicológicos, persistirá la codicia, creando conflicto social e individual y desorden. Sólo la comprensión nos libertara de la codicia y el anhelo, que tanto estrago han creado en el mundo.
Consideremos ahora el problema de la relación de convivencia entre los individuos. Si comprendemos la causa de fricción entre los individuos y, como consecuencia, con la sociedad, esa comprensión ayudará a producir libertad del afán posesivo. La relación de convivencia se basa actualmente en la dependencia, es decir, que uno depende de otro para su satisfacción psicológica, su felicidad y bienestar. Generalmente no nos damos cuenta de esto, pero en el caso de darnos, aparentamos que dependemos de otro, o tratamos de desenlazarnos artificialmente de la dependencia. Abordemos aquí, de nuevo, este problema experimentalmente.
Ahora bien, para la mayoría de nosotros, la relación con otro se basa en la dependencia, económica o psicológica. Esta dependencia crea temor, engendra en nosotros el afán posesivo, se traduce en fricción, suspicacia, frustración. El depender de otro económicamente puede, tal vez, ser eliminado por medio de la legislación y de una organización adecuada; pero me refiero en especial a la dependencia de otro, psicológicamente, que es resultado del anhelo de satisfacción personal, felicidad, etc. En esa relación posesiva, uno se siente enriquecido, creador y activo; siente que la pequeña llama de su propio ser es acrecentada por otro y así, no queriendo perder esa fuente de plenitud, se teme la pérdida del otro, y de esa manera nacen los temores posesivos, con todos los problemas que de ellos resultan. Así que, en la relación de dependencia psicológica, tiene que haber siempre temor, suspicacia, conscientes o inconscientes, que a menudo se ocultan bajo palabras agradables. La reacción de este temor lleva a uno en todo tiempo a la búsqueda de seguridad y enriquecimiento a través de diversos conductos, o a aislarse en ideas e ideales, o a buscar substitutos a la satisfacción.
Aun cuando uno dependa de otro, todavía existe el deseo de ser íntegro, de ser completo. El problema completo en la convivencia es el de cómo amar sin dependencia, sin fricción y conflicto: el de cómo vencer el deseo de aislarse, de apartarse de la causa del conflicto. Si para nuestra felicidad dependemos de otro, de la sociedad o del medio ambiente, éstos llegan a hacerse esenciales para nosotros nos abrazamos a ellos, y con violencia nos oponemos a su alteración en cualquiera forma, porque de ellos dependemos para nuestra seguridad y conforte psicológicos. Aunque percibamos, intelectualmente, que la vida es un continuo proceso de flujo, de mutación, que necesita cambio constante, sin embargo, emocional o sentimentalmente nos aferramos a los valores establecidos y confortantes; de allí que haya una lucha constante entre el cambio y el deseo de permanencia. ¿Es posible poner fin a este conflicto?
La vida no puede existir sin la convivencia; pero la hemos hecho en extremo angustiosa y repugnante por basarla en el amor personal y posesivo. ¿Puede uno amar y sin embargo no poseer? Encontraréis la verdadera respuesta no en el escape, no en los ideales, no en las creencias, sino por, la comprensión de las causas de la dependencia y el afán posesivo. Si puede comprenderse profundamente este problema de la relación entre uno y el otro, entonces tal vez comprendamos y resolvamos los problemas de nuestra relación con la sociedad, puesto que la sociedad no es sino la extensión de nosotros mismos. El ambiente, al que damos el nombre de sociedad, ha sido creado por pasadas generaciones; lo aceptamos porque nos ayuda a conservar nuestra codicia, afán posesivo, ilusiones. En esta ilusión no puede haber unidad ni paz. La unidad meramente económica producida por medio de la coacción y la legislación, no puede poner fin a la guerra. Mientras no comprendamos la interrelación individual, no podemos tener una sociedad pacifica. Puesto que nuestra convivencia se halla basada en el amor posesivo, tenemos que llegar a ser plenamente conscientes, en nosotros mismos, de su nacimiento, sus causas, su acción. En el hecho de darse plena cuenta del proceso de la posesividad, con su violencia, sus temores, sus reacciones, surge una comprensión que es total, completa. Sólo esa comprensión libera al pensamiento de la dependencia y el afán posesivo. Es dentro de uno mismo donde puede encontrarse la armonía en la convivencia, no en otro, ni en el medio ambiente.
En la convivencia la causa primordial de fricción es uno mismo, el yo, que es centro del anhelo unificado. Si tan sólo podemos darnos cuenta que no es la actuación del otro lo de primordial importancia, sino cómo cada uno de nosotros actúa y reacciona; y si esa reacción y acción pueden ser fundamental, profundamente comprendidas, entonces la convivencia sufrirá un cambio radical y profundo. En esta relación de convivencia con otro existe no sólo el problema físico, sino también el de pensamiento y sentimiento en todos los niveles; y sólo es posible estar en armonía con otro cuando uno mismo es integralmente armónico. Lo que importa en la convivencia es tener presente no al otro, sino a uno mismo, lo cual no significa que deba uno aislarse, sino que comprenda hondamente en uno mismo la causa del conflicto y el dolor. En tanto que dependamos de otro, intelectual o emocionalmente, para nuestro bienestar psicológico, esa dependencia inevitablemente tiene que crear temor, del cual emana el sufrimiento.
Para comprender la complejidad de la interrelación, debe haber paciencia reflexiva y sincero propósito. La convivencia es un proceso de autorevelación en el que uno descubre las causas ocultas del sufrimiento. Esta autorevelación es sólo posible en la convivencia.
Pongo énfasis en la relación de convivencia, porque en el acto de entender profundamente su complejidad estamos creando comprensión, comprensión que trasciende la razón y la emoción. Si basamos nuestra comprensión meramente en la razón, entonces hay en ella aislamiento, orgullo y falta de amor; y si la basamos únicamente en la emoción, no existe profundidad, hay sólo sentimentalismo que pronto se esfuma, y no amor. Solamente como resultado de esta comprensión puede existir la plenitud de acción. Tal comprensión es impersonal y no puede ser destruida; ya no está supeditada al tiempo. Si no podemos derivar comprensión de los diarios problemas de la codicia y de nuestras relaciones de convivencia, entonces el buscar tal comprensión y amor en otras esferas de conciencia es vivir en la ignorancia y la ilusión.
Cultivar simplemente la bondad, la generosidad, sin la comprensión plena del proceso de la codicia, es perpetuar la ignorancia y la crueldad; sin comprender integralmente la convivencia, tan sólo cultivar la compasión, el perdón, es producir el aislamiento de uno mismo y condescender con ciertas formas sutiles de orgullo. En la comprensión plena del anhelo hay compasión, perdón. Las virtudes que se cultivan no son virtudes. Esta comprensión requiere lucidez constante y alerta, persistencia ardua y a la vez flexible; el simple control con su entrenamiento peculiar tiene sus peligros, puesto que es unilateral incompleto y por tanto, vacío.
El interés verdadero produce su propia concentración natural, espontánea, en la que hay el florecimiento de la comprensión. Tal interés se despierta por medio de la observación, el cuestionar las acciones y reacciones de la existencia diaria.
Para captar el complejo problema de la vida, con sus conflictos y dolores, tiene uno que producir comprensión integral. Esto puede efectuarse sólo cuando comprendemos profundamente el proceso del anhelo, que es ahora la fuerza central de nuestra vida.
Krishnamurti, Ojai, 1940.
PROBLEMAS PSICOLÓGICOS
Pregunta: ¿Qué hay que hacer para estar libre de algún problema que nos perturba?
Krishnamurti: Para entender cualquier problema es preciso consagrarle de lleno nuestra atención. Tanto la mente consciente, como la inconsciente o profunda, tiene que intervenir en la solución de los problemas; pero casi todos nosotros, infortunadamente, tratamos de resolverlos de un modo superficial, es decir, con esa pequeña parte de la mente que entra en el campo de la “conciencia”, con el intelecto tan sólo. Ahora bien, nuestra conciencia ‑nuestro pensar-sentir- es como un “iceberg” (témpano de hielo marítimo) cuyo mayor volumen se halla bajo la superficie del agua y del que sólo emerge una fracción. Tenemos conocimiento de esa parte superficial, pero es un conocimiento confuso; de la mayor fracción, la profunda e inconsciente, apenas nos damos cuenta. Si alguna noción llegamos a tener de ella, es cuando se torna consciente en sueños o mediante ocasionales insinuaciones; pero unos y otras las traducimos e interpretamos de acuerdo con nuestros prejuicios y con nuestra capacidad intelectual, siempre limitada. De ahí que esas insinuaciones de lo subconsciente pierdan su puro y profundo significado.
Si realmente deseamos entender nuestro problema, debemos empezar por disipar toda confusión en nuestra mente consciente, superficial, pensando en dicho problema y sintiéndolo tan amplia e inteligentemente como nos sea posible, comprensiva y desapasionadamente. Entonces, en este espacio libre de la conciencia abierta y alerta, la mente profunda podrá proyectarse. Cuando el contenido de las múltiples capas de conciencia haya sido de ese modo recogido y asimilado, solo entonces, el problema dejará de ser tal.
Tomemos un ejemplo. La mayoría de nosotros ha sido educada en un espíritu nacionalista. Se nos ha enseñado a amar a nuestra patria en oposición a las demás; a considerar a nuestro pueblo como superior a tal o cual otro, y así sucesivamente. Este orgullo o noción de superioridad se nos inculca en la mente desde la infancia; nosotros lo aceptamos, lo hacemos parte de nuestra vida y lo justificamos. Con esa tenue capa mental que llamamos “mente consciente”, tratamos de entender este problema y su profundo significado. Aceptamos el nacionalismo ante todo por obra de las influencias del ambiente y somos condicionados por ello. Este espíritu nacionalista, asimismo, nutre nuestra vanidad. La afirmación de que pertenecemos a esta o aquella raza o nación alimenta nuestros “egos” pequeños y mezquinos, inflamándolos como el viento infla las velas de los barcos; y así quedamos en disposición de defender nuestro país, matar y hacernos matar por él, por nuestra raza y por nuestra ideología. Identificándonos con lo que consideramos superior a nosotros, esperamos llegar a ser superiores; pero seguimos siendo íntimamente pobres; lo único que brilla como grande y poderoso es la etiqueta. Este espíritu nacionalista sirve fines económicos; y también se le usa, mediante el odio y el miedo, para unir a unos pueblos en contra de otros. Observando, pues, este problema y todo lo que implica percibir sus efectos: guerra, miseria, hambre y confusión. El adorar la parte, que es idólatra, nos hace negar el todo. Y esta negación de la unidad humana engendra tiranías, interminables guerras y brutalidades, divisiones sociales y económicas.
Todo esto lo entendemos intelectualmente, con esa tenue capa mental que denominamos “mente consciente”: pero seguimos prisioneros de la tradición, de la opinión pública, de la conveniencia, del temor y otras cosas más. Hasta que las capas profundas de nuestra mente salgan a luz y sean comprendidas, no nos veremos libres de la enfermedad del nacionalismo.
Al examinar, pues, este problema, hemos despejado la capa superficial de lo consciente para que hacia ella puedan fluir las capas más profundas. Este flujo puede intensificarse mediante un estado de conciencia constantemente alerta: observando cada reacción, cada estímulo que reciba el nacionalismo o cualquier otro mal por el estilo. Cada reacción, por pequeña que sea, tiene que ser pensada y sentida en un modo amplio y profundo. Pronto percibiréis que el problema se disuelve y que el espíritu nacionalista se desvanece. Todos nuestros conflictos y miserias pueden ser entendidos y disueltos de esta forma: aclarar la tenue capa de lo consciente, pensando y sintiendo profundamente el problema tan comprensivamente como sea posible: en esta claridad, en esta quietud comparativa, los motivos profundos, intenciones, temores y demás podrán proyectarse. Examinadlos a medida que aparezcan: estudiadlos y así los entenderéis. De este modo el estorbo, el conflicto, el dolor, total y profundamente comprendidos, quedan disueltos.
Pregunta: ¿Lo que usted enseña es simplemente una forma más de psicología?
Krishnamurti: ¿Qué entiende usted por psicología? ¿Ella es, a su entender, el estudio de la mente humana, de uno mismo? Si no entendemos nuestra propia estructura intima, nuestra psiquis, nuestro sentir y pensar, ¿cómo habremos de entender otras cosas? ¿Cómo podréis saber que lo que pensáis es verdadero, si no tenéis conocimiento alguno de vosotros mismos? Si no os conocéis, no conoceréis la realidad. La psicología no es un fin en sí misma. Es apenas un comienzo. Con el estudio de uno mismo colócanse firmes cimientos para la estructura de la realidad. Es preciso que existan esos cimientos, pero ellos no son la estructura ni un fin en sí mismos. Si no colocáis los verdaderos cimientos, surgirán a la existencia la ignorancia, la ilusión y la superstición, tal como hoy existen en el mundo. Es preciso que coloquéis los verdaderos cimientos con medios correctos. No se puede llegar a lo justo por medios errados. El estudio de sí mismo es tarea sumamente difícil; y sin conocimiento propio y recto pensar, la realidad suprema no es comprensible. Si no sabéis que existen y, por lo mismo, no entendéis la autocontradicción, la confusión y las diferentes capas de la conciencia ¿sobre qué base habréis de edificar? Sin conocimiento propio, todo lo que edificáis, vuestras formulaciones, creencias y esperanzas tendrán escaso significado
Comprenderse a sí mismo requiere alta dosis de desprendimiento y sutileza, perseverancia y penetración; no hacen falta el dogmatismo ni las afirmaciones, la negación ni las comparaciones, todo lo cual conduce al dualismo y a la confusión. Cada cual tiene que ser su propio psicólogo, tener alerta y despierta conciencia de sí mismo, pues sólo en uno mismo está la suma total del conocimiento y la sabiduría. Nadie puede ser perito acerca de vos. Hay que descubrir por sí mismo y de esta manera liberarse. Nadie más que vosotros mismos puede contribuir a libertaros de la ignorancia y del dolor. Cada cual engendra su propio sufrimiento, y el único posible salvador es uno mismo.
Pregunta: ¿Cuál es la fuente del deseo?
Krishnamurti: La percepción, el contacto, la sensación, la necesidad y la identificación causan el deseo. La fuente del deseo es la sensación, tanto en sus más bajas como en sus más altas formas. Y cuanto mayor sea vuestra exigencia de satisfacción sensual mayor será la parte de mundanalidad que busque continuidad en el más allá. Dado que la existencia es sensación, debemos simplemente comprender ésta, no ser sus esclavos: así emanciparemos el pensamiento para que trascendiéndose, se conviertan en pura y alerta conciencia. El deseo de ser satisfechos tiene que producir medios de satisfacción, cueste lo que cueste. Tal exigencia, tal deseo, puede ser observado, estudiado, inteligentemente comprendido y trascendido. Estar esclavizado por el anhelo es ser ignorante y el resultado de ello es el dolor.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
Pregunta: Durante muchos, muchos años, he luchado con un problema personal. Estoy todavía luchando, ¿qué debo hacer?
Krishnamurti: -¿Cuál es el proceso para la comprensión de un problema? Para comprender, la mente-corazón debe descargarse de sus propias acumulaciones, de manera que sea capaz de una percepción recta. Si queréis comprender una pintura moderna, tenéis, si os es posible, que hacer a un lado vuestra preparación clásica, vuestros prejuicios: vuestras respuestas ya educadas. De manera similar, si deseamos comprender un complejo problema psicológico, debemos ser capaces de examinarlo sin ninguna propensión favorable o condenatoria; debemos estar en aptitud de abordarlo con desapasionamiento y frescura.
El que interroga dice que ha estado luchando durante muchos años con su problema. En su lucha el ha acumulado lo que llamaría experiencia, conocimiento, y con esta carga en aumento trata de resolver el problema; de ese modo nunca se ha puesto frente a frente con él, abiertamente, como de nuevo, sino que siempre lo ha abordado con la acumulación de varios años. Es esta memoria acumulada lo que confronta el problema y por tanto no existe su comprensión. El pasado muerto obscurece el siempre vivo presente.
La mayoría de nosotros nos encontramos arrastrados por alguna pasión y somos inconscientes de ello, pero si acaso somos conscientes, generalmente la justificamos o disculpamos. Mas si es una pasión que deseamos trascender, por lo general luchamos con ella, tratamos de conquistarla o suprimirla. Al tratar de vencerla no la hemos comprendido; al tratar de suprimirla no la hemos trascendido. La pasión permanece todavía o ha tomado otra forma que es aún causa de conflicto y dolor. Esta constante y continua lucha no trae comprensión, sino sólo fortalece el conflicto, recargando la mente-corazón con la memoria acumulada. Pero si podemos ahondar profundamente dentro del conflicto y morir a él, enfrentarnos a él como por vez primera, sin el lastre del ayer, entonces podemos comprenderlo. Por estar nuestra mente-corazón alerta y aguda, profundamente consciente y en quietud, el problema se trasciende.
Si podemos abordar nuestro problema sin formular juicios, sin identificación, entonces las causas que yacen detrás de él se revelan. Si hemos de comprender un problema, debemos apartar nuestros deseos, nuestras acumuladas experiencias, nuestros patrones de pensamiento. La dificultad no está en el problema en sí, sino en cómo lo abordamos. Las cicatrices de ayer impiden abordarlo en la forma debida. El condicionamiento traduce el problema de acuerdo con su propio molde, lo cual no libera en forma alguna el pensamiento-sentimiento de la lucha y dolor del problema. Traducir el problema no es comprenderlo; para comprenderlo y así trascenderlo, la interpretación debe cesar. Lo que se comprende plena, completamente, no deja huella como memoria.
Krishnamurti, Ojai, 1945‑46.
PROBLEMAS DEL ODIO Y LA VIOLENCIA
Pregunta: ¿Cuál debería ser mi actitud hacia la violencia?
Krishnamurti: ¿Cesa la violencia por medio de la violencia, el odio por medio del odio? Si me odiáis y en respuesta yo os odio, si actuáis contra mí de un modo violento y de la misma manera actúo yo contra vos, ¿cuál es el resultado?: más violencia, mayor odio, mayor amargura, ¿no es cierto? ¿Hay fuera de ésta alguna otra consecuencia? El odio engendra odio, la mala voluntad engendra mala voluntad. A menudo en nuestras relaciones individuales o sociales, ese espíritu de represalia crea solamente mayor violencia y antagonismo.
El espíritu de venganza anda desenfrenado en el mundo. ¿Sois capaces de tener alguna otra actitud hacia la violencia? Al ser violentos nos sentimos poderosos. Para emplear una frase comercial: produce dividendos mayores y más rápidos el odio. El individuo ha creado la estructura social existente por su odio recóndito, por si deseo de desquitarse y de obrar violentamente. El mundo que nos rodea está en condición febril de odio y de violencia. A causa de su astucia y su fuerza tendenciosa nos veremos fácilmente arrastrados en esa corriente brutal, a menos que nosotros mismos estemos libres del odio. Si estáis libre de él entonces no surge la cuestión de la actitud que deba asumirse hacia sus múltiples expresiones. Si fueseis profundamente conscientes del odio mismo y no meramente de sus expresiones arteras, veríais que el odio sólo engendra odio. Si lo tenéis en vuestro interior responderéis al odio de otro, y puesto que el mundo es vos mismos os veréis obligado a reaccionar a sus temores, ignorancia y codicia. Seguramente estáis prontos a odiar, a ejercer venganza, si vuestro pensamiento está confinado al yo. La codicia y el amor posesivo tienen que incubar mala voluntad, y si el pensamiento no se liberta de ellos, tiene que haber constante acción de odio y violencia. Como he indicado, nuestras creencias y esperanzas son el resultado del anhelo, y cuando sobre ellos lanzamos la duda, brotan el resentimiento y la cólera. Al comprender la causa del odio nacen el perdón y la bondad. La comprensión y el amor surgen a través del estado de percepción lúcida.
Krishnamurti, Ojai, 1940.
Pregunta: ¿Cómo podré emanciparme del odio?
Krishnamurti: Preguntas análogas me han sido hechas con respecto a la ignorancia, la ira, los celos. Al responder a esta pregunta, espero responder también a las otras.
Ningún problema puede ser resuelto en su propio plano, en su propio nivel, tiene que ser entendido, y por lo tanto disuelto, desde un plano diferente y más profundo de abstracción. Si aspiramos tan sólo a emanciparnos del odio suprimiéndolo o tratándolo como cosa molesta y embarazosa, no lo disolveremos; volverá a presentarse una y otra vez en formas diferentes, ya que en ese caso lo habríamos enfrentado desde su propio nivel, limitado y mezquino. Pero si empezamos a entender sus causas intimas y sus efectos externos, tomando con ello nuestro pensar-sentir más amplio y profundo, más sagaz y más claro, el odio desaparecerá de un modo natural, porque estaremos interesados en niveles más importantes y profundos de pensamiento‑sentimiento.
Si sentimos ira y somos capaces de vencerla, o nos dominamos a nosotros mismos en forma tal que ella no vuelva a surgir, nuestra mente sigue siendo tan pequeña e insensible como antes. ¿Qué habremos ganado con nuestro esfuerzo para no experimentar ira, si nuestro pensar‑sentir continúa todavía lleno de envidia y de miedo, de estrechez y limitaciones? Podemos librarnos del odio y de la ira, pero si nuestra mente-corazón sigue siendo necia y mezquina suscitará otros problemas y otros antagonismos, lo que hará que el conflicto no tenga fin. Si empezamos, en cambio, a mantener nuestra conciencia despierta y alerta, entendiendo por lo tanto las causas y efectos de la ira, ciertamente ampliaremos nuestro pensar-sentir y lo libraremos de la ignorancia y el conflicto. En ese estado de conciencia alerta empezaremos a descubrir las causas del odio y de la ira, que son el miedo y el afán de protección del “yo” en sus diferentes aspectos. A través de esa conciencia alerta, descubrimos nuestra ira, producida quizás, porque nuestras creencias particulares han sido atacadas; y llevando más a fondo el examen llegamos a preguntarnos si las creencias y los credos son realmente necesarios. Mediante este proceso nos damos más amplia cuenta de todo lo que ello significa; percibimos cómo los dogmas y las ideologías dividen al género humano y dan origen a los antagonismos, a las diversas formas de la crueldad y del absurdo. De modo, pues, que con esta conciencia alerta y expandida, con esta comprensión de lo que la ira significa en el fondo, ella no tarda en desvanecerse; mediante este proceso de autopercepción la mente se vuelve más profunda, más serena, más sabia, y así, las causas del odio y de la ira ya no encuentran cabida. Librando nuestro pensar‑sentir de la ira y del odio, de la codicia y de la mala voluntad, nace una ternura que es la única cura. A esta dulzura, a esta compasión, no se llega suprimiendo ni substituyendo nada, sino alcanzando el conocimiento propio y el recto pensar.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
PROBLEMAS DE LA GUERRA Y LA PAZ
Pregunta: Mi hijo fue muerto en la guerra. Tengo otro hijo de doce años y no quiero perderlo a él también en una nueva guerra. ¿Cómo se la podrá evitar?
Krishnamurti: Estoy seguro que esta misma pregunta ha de hacerla toda madre y todo padre a través del mundo. Es un problema universal. Y yo me pregunto, a mi vez, qué precio los padres estarán dispuestos a pagar para impedir otra guerra, para evitar que sus hijos sean asesinados, para impedir estas aterradoras matanzas de hombres; qué quieren exactamente decir cuando afirman que aman a sus hijos, que la guerra debe ser evitada, que tiene que haber fraternidad, que hay que encontrar algún medio de poner fin a todas las guerras.
Para crear nuevas formas de vida tendrá que operarse un cambio revolucionario en nuestro pensar-sentir. Habrá otra gran guerra, forzosamente la habrá, si continuamos pensando en términos de nacionalidades, de prejuicios raciales, de fronteras económicas y sociales. Si cada uno de nosotros considera realmente en el fondo de su corazón, lo que hay que hacer para impedir una nueva guerra. Verá que tiene que dejar de lado toda idea de nacionalidad, la religión particular a que pertenezca, su codicia y su ambición. Si esto no se lleva a efecto, habrá una nueva guerra, pues estos prejuicios y el pertenecer a tal o cual religión son tan sólo expresiones externas de la ignorancia, del egoísmo, de la mala voluntad y de la concupiscencia.
Me responderéis, sin duda, que tomará demasiado tiempo la transformación de cada uno de vosotros y el convencer a todos vuestros semejantes en el mismo sentido; que la sociedad no está preparada para recibir esta idea; que a los políticos no les interesa; que los dirigentes son incapaces de concebir un gobierno o Estado mundial sin soberanías separadas. Diréis probablemente que sólo un proceso evolutivo producirá gradualmente el cambio necesario. Si le respondieseis de ese modo a un padre cuyo hijo está destinado a morir en una nueva conflagración, y si él quiere realmente a su hijo, ¿creéis que hallaría alguna esperanza en este proceso evolutivo gradual? Lo que quiere es salvar a su hijo, y por eso pregunta cuál es el medio más seguro de terminar con todas las guerras. No podrá quedar satisfecho con vuestra teoría de la evolución gradual. ¿Esta teoría evolucionista de la paz progresiva es verdadera o la hemos inventado para racionalizar nuestra pereza, la tendencia egoísta de nuestro pensar-sentir? ¿No es acaso una teoría incompleta, y por lo tanto falsa? Se nos ocurre que tenemos que atravesar todas las etapas: la familia, el grupo, la nación, la sociedad internacional, para alcanzar tan sólo en última instancia la paz. En ello hay una tentativa de justificar nuestro egoísmo y estrechez de miras, nuestro fanatismo y nuestros prejuicios; en vez de eliminar resueltamente el peligro que nos acecha, inventamos una teoría del desarrollo progresivo y a ella le sacrificamos la felicidad de las demás y de nosotros mismos. Si aplicamos nuestra mente y corazón, empero, a curar la enfermedad mortal de la ignorancia y del egoísmo, crearemos un mundo sano y feliz.
No tenemos que pensar y sentir horizontalmente, por así decirlo, sino verticalmente. Veamos lo que ello significa. Hasta ahora y con la idea de que eventualmente se llegará a un paraíso sobre la tierra, nuestro pensamiento ha concebido un proceso gradual de evolución, de lento esclarecimiento a través del tiempo, siguiendo una corriente de conflictos y miserias sin fin, de asesinatos en masa y de treguas llamadas “paz”. ¿Por qué, en vez de pensar y sentir a lo largo de esos senderos horizontales, no habríamos de pensar verticalmente? ¿No podríamos zafarnos de la continuación horizontal del desorden y las luchas, y pensar-sentir de nuevo, alejándonos de todo eso, sin el sentido del tiempo, es decir, verticalmente? Dejando de pensar en términos de evolución, lo cual tiende a racionalizar nuestra pereza y continua postergación, ¿no podríamos pensar-sentir directamente, simplemente? El amor de una madre la lleva a sentir directa y simplemente, pero su egoísmo, su orgullo nacional y otros factores contribuyen a que piense y sienta horizontalmente, en términos de evolución gradual.
El presente es lo eterno; ni el pasado ni el futuro pueden revelarlo Sólo a través del presente se realiza Aquello que es, independientemente del tiempo. Si deseáis realmente salvar de otra guerra a vuestros hijos, y por consiguiente a la humanidad, habréis de pagar el precio que corresponde: dejar de ser codiciosos y mundanos y no tener mala voluntad hacia ningún ser. La concupiscencia, la mala voluntad y la ignorancia, en efecto, engendran conflictos, desorden y antagonismos; nutren el nacionalismo, el orgullo y la tiranía de la máquina. Sólo si estáis dispuestos a libraros de la sensualidad, de la mala voluntad y de la ignorancia, salvaréis a vuestros hijos de una guerra. Para lograr la felicidad del mundo, para poner término a estos asesinatos en masa, tiene que producirse una completa revolución en los espíritus. Ella nos traerá una nueva moral que no se basará en valores sensuales sino en la liberación de toda sensualidad, mundanalidad y ansia de inmortalidad personal.
Pregunta: Yo tenía un hijo que murió en la guerra actual. El no quería morir. Quería vivir para impedir que este horror llegase a repetirse. ¿Tengo yo la culpa de que haya muerto?
Krishnamurti: Todos nosotros tenemos la culpa de que continúen los horrores actuales. Son el resultado externo de nuestra diaria vida interna, de nuestra diaria vida de codicia, mala, voluntad, sensualidad, competencia, afanes adquisitivos y religión especializada. La culpa es de todos los que, entregándose a estas fuerzas, han engendrado esta espantosa calamidad. Es porque somos individualistas, nacionalistas, apasionados, por lo que cada uno ha contribuido a este asesinato en masa. Se os ha enseñado a matar y a morir, pero no a vivir. Si de todo corazón aborrecieseis las matanzas y la violencia en cualquiera de sus formas, encontraríais el medio de vivir pacífica y creadoramente. Si éste fuese vuestro fundamental interés, os pondríais a averiguar dónde están las causas, los instintos, que engendran la violencia, el odio y los asesinatos en masa. ¿Os anima ese interés total y apasionado en suprimir la guerra? Si la respuesta es afirmativa, tendréis que arrancar de vosotros mismos los motivos que inducen a emplear la violencia y a matar no importa la razón que se de para ello. Si deseáis acabar con las guerras, tendrá que producirse una revolución íntima y profunda de tolerancia y compasión; entonces vuestro pensar-sentir tendrá que librarse del patriotismo, de la codicia, de toda identificación con determinados grupos y de todas las causas que engendran enemistad.
Una madre me dijo una vez que el abandono de todas esas cosas no sólo sería extremadamente difícil, sino que provocaría una gran soledad y terrible aislamiento, insoportables para ella. ¿No era ella, entonces, también responsable de estas indescriptibles desgracias? Algunos de vosotros tal vez concuerden con ella; y de ser así, con vuestra pereza e irreflexión estaríais echando leña a la hoguera siempre creciente de la guerra. Si, por el contrario, intentáis seriamente desarraigar de vosotros las causas íntimas de enemistad y violencia, habrá paz y regocijo en vuestro corazón, lo que surtirá inmediato efecto en torno vuestro.
Tenemos que reeducarnos para no asesinar, no liquidarnos los unos a los otros por causa alguna, por más justa que ella parezca para la felicidad futura de la humanidad, ni por ideología alguna por más prometedora que ella sea; nuestra educación no tiene que ser meramente técnica, pues ello inevitablemente engendra crueldad, sino que debe enseñarnos a contentarnos con poco, a ser compasivos y a buscar lo Supremo.
La prevención de estos horrores y destrucciones siempre en aumento depende de cada uno de nosotros; no de tal o cual organización o plan de reforma, ni de ninguna ideología, ni de la invención de mayores instrumentos de destrucción, ni de ningún jefe o dirigente, sino de cada uno de nosotros. No creáis que las guerras no pueden evitarse partiendo de una base tan humilde e insignificante; una piedra puede alterar el curso de un río. Para llegar lejos tenemos que empezar cerca. Para comprender el caos y la miseria mundiales, tendréis que entender vuestra propia confusión y dolor, pues de éstos provienen los más vastos problemas del mundo. Y para entenderos a vosotros mismos tendréis que manteneros constantemente en estado de conciencia alerta y meditativa, lo cual hará surgir a la superficie las causas de violencia y de odio de codicia y ambición; estudiando dichas causas sin identificación, el pensamiento las trascenderá. Nadie, salvo vosotros mismos, puede conduciros a la paz. No hay más jefe ni sistema que pueda poner término a la guerra, a la explotación y a la opresión, que vosotros mismos. Sólo con vuestra reflexión con vuestra compasión y con el despertar de vuestro entendimiento, podrá establecerse la paz y la buena voluntad.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
Pregunta: Estas guerras monstruosas claman por una paz duradera. Todos hablan ya de una tercera guerra mundial. ¿Ve usted la posibilidad de evitar esta nueva catástrofe?
Krishnamurti: -¿Cómo podemos esperar evitarla cuando los elementos y valores que causan la guerra continúan? ¿Ha producido algún profundo cambio fundamental en el hombre la guerra que apenas acaba de pasar? El imperialismo y la opresión mantienen aún su señorío, tal vez hábilmente disimulado; continúan los estados soberanos separados; las naciones maniobran encaminadas a nuevas posiciones de poder; el fuerte todavía oprime al débil; la elite dirigente explota todavía a los dirigidos; los conflictos sociales y de clases no han cesado; los prejuicios y odios arden por todas partes. Mientras el sacerdocio profesional con sus prejuicios organizados justifique la intolerancia y la liquidación de otro ser por el bien de vuestro país y la protección de vuestros intereses e ideologías, habrá guerra. En tanto que los valores sensorios predominen sobre el valor eterno, habrá guerra.
Lo que vos sois eso es el mundo. Si sois nacionalista, patriota, agresivo, ambicioso, codicioso, sois entonces la causa de conflicto y guerra. Si pertenecéis a alguna particular ideología, a un prejuicio especializado, aun si se le llama religión, seréis entonces la causa de contienda y miseria. Si estáis enredado en valores sensorios habrá entonces ignorancia y confusión. Porque lo que sois es el mundo; vuestro problema es el problema del mundo.
¿Habéis cambiado fundamentalmente a causa de esta catástrofe presente? ¿No seguís llamándoos americano, inglés, indo, alemán y así sucesivamente? ¿No codiciáis todavía posición y poder, posesiones y riquezas? El culto se convierte en hipocresía cuando estáis cultivando las causas de la guerra; vuestras oraciones os conducen a la ilusión si os entregáis en brazos del odio y la mundanalidad. Si no borráis en vos mismo las causas de enemistad, de ambición, de codicia, entonces vuestros dioses son dioses falsos que os llevarán a la miseria. Sólo la buena voluntad y la compasión pueden traer orden y paz al mundo y no los pactos políticos y las conferencias. Debéis pagar el precio de la paz. Debéis pagarlo voluntaria y dichosamente y ese precio es estar libre de concupiscencia y mala voluntad, mundanalidad e ignorancia, prejuicio y odio. Si hubiese tal cambio fundamental en vos, podríais contribuir a la existencia de un mundo pacífico y sano. Para tener paz debéis ser compasivo y reflexivo. Podréis no ser capaces de evitar la Tercera Guerra Mundial, pero podéis libertar vuestro corazón y mente de la violencia y de las causas que producen la enemistad e impiden el amor. Entonces en este mundo de obscuridad habrá algunos que sean puros de corazón y mente y de ellos tal vez venga a nacer la semilla de una cultura verdadera. Purificad vuestro corazón y mente, porque sólo por vuestra vida y acción puede haber paz y orden. No os perdáis y quedéis confusos dentro de las organizaciones, sino manteneos por completo sólo y sencillo. No busquéis meramente evitar la catástrofe, sino más bien que cada uno desarraigue profundamente las causas que alimentan el antagonismo y la contienda.
Krishnamurti, Ojai, 1945‑46.
PROBLEMAS ECONÓMICO SOCIALES
Pregunta: Yo quiero servir y ayudar a mis semejantes. ¿Cuál es la mejor forma?
Krishnamurti: La mejor forma consiste en empezar a entenderos y modificaros vosotros mismos. En el deseo de ayudar y servir al prójimo se halla oculta la vanidad, el engreimiento. Cuando uno ama, ayuda. Este afán de ayudar nace de una vanidad.
Si queréis ayudar a otro ser tendréis que conoceros a vosotros mismos, pues vosotros sois el otro ser. En lo externo podemos ser diferentes; amarillos, negros, morenos o blancos. Pero a todos nos mueve el deseo, el miedo, la codicia o la ambición; por dentro nos parecemos mucho. Sin entenderse a sí mismo, nadie puede entender ni servir realmente al prójimo. Sin conocimiento propio, ¿cómo podréis tener conocimiento de las necesidades ajenas? Sin el conocimiento de sí mismo, el hombre actúa en la ignorancia y engendra sufrimiento
Analicemos lo que antecede. La industrialización se difunde rápidamente a través del mundo, impulsada por la codicia y por la guerra. La industrialización puede dar trabajo y alimentar a la gente, ¿pero cuál será su resultado final? ¿Qué le ocurre a un pueblo altamente desarrollado en el aspecto técnico? Será más rico, tendrá más automóviles, más aviones, más lugares de diversión, más cinematógrafos, casas mejores y en mayor número, ¿pero qué le acontece como conglomerado de seres humanos? Que ellos se vuelven cada vez más duros, más mecánicos, menos creadores.
La violencia sienta entre ellos sus reales: y el gobierno, en tales circunstancias, es la organización de la violencia. La industrialización podrá traer mejores condiciones económicas, ¡pero con qué espantosos resultados! Conventillos y barrios miserables, antagonismo entre trabajadores y no trabajadores, caudillos y esclavos, capitalismo y comunismo, es decir, todo ese caos que se extiende rápidamente a diversas partes del mundo. Suele decirse que por suerte habrá elevación del nivel de vida, que la miseria será liquidada, que habrá trabajo, libertad, dignidad y otras cosas más. Lo que hay y que continúa, mientras tanto, es la división de los hombres en ricos y pobres, en poderosos y ambiciosos de poder. ¿Y el final de todo ello, cuál es? ¿Qué ha sucedido en Occidente? Guerras, revoluciones, amenaza constante de destrucción, infinita desesperación. ¿Quién brinda ayuda a quién, y quién sirve a quién? Cuando todo cae destruido en torno nuestro, los hombres de pensamiento tienen que investigar a qué causas profundas ello obedece. ¡Son tan pocos, empero, los que parecen formularse ese interrogante! El hombre al que una bomba le hace volar la casa envidia sin duda al hombre primitivo. La civilización ha sido llevada a los pueblos “atrasados”... ¡pero a qué precio! No basta servir a nuestros semejantes; hay que considerar cuáles serán las consecuencias de dicho “servicio”. Pocos son los que perciben las causas más profundas de tanto desastre. No es posible destruir la industria ni prescindir de la aviación; lo que si resulta posible es extirpar de raíz las causas que conducen a su mal empleo. Las causas de todo ese espanto residen en vosotros mismos. Podréis desarraigarlas, lo que representa sin duda una tarea difícil. Pero como el hombre no hace frente a esa tarea, trata de legalizar o prohibir la guerra; surgen los pactos, las ligas, la seguridad internacional y otras cosas por el estilo. Pero la codicia, la ambición, se sobreponen a ellas, lo que trae como consecuencia la guerra y las catástrofes.
Para ayudar a los demás, habréis de conoceros a vosotros mismos. Los demás, al igual que vosotros, son el resaltado del pasado. Estamos todos en relación los unos con los otros. Si padecéis en lo intimo de vuestro ser la enfermedad de la ignorancia, la mala voluntad y la ira, inevitablemente difundiréis en torno vuestro enfermedad y sombras. Si sois íntimamente sanos e íntegros, difundiréis luz y paz; no siéndolo, contribuiréis a producir peor caos y mayor miseria. Entenderse a uno mismo requiere paciencia, tolerante y despierta conciencia. El “yo” es una obra en varios tomos que no puede leerse en un día; pero una vez comenzada esa lectura, hay que leer cada palabra, cada frase, cada párrafo, ya que en ellos están las insinuaciones del todo. El comienzo de esa obra es el final de la misma. Si sabéis leerla, encontraréis la suprema sabiduría.
Pregunta: Como muchos otros hombres de Oriente, parece Ud. estar contra la industrialización. ¿Por qué lo está?
Krishnamurti: Yo no se si muchos hombres de Oriente están contra la industrialización, y si lo están, ignoro qué razones invocan para ello; pero creo haberos explicado por qué considero que la simple industrialización no da solución alguna a nuestros problemas humanos, con todos sus conflictos y sufrimientos. La mera industrialización fomenta valores mundanos: mejores y más amplios cuartos de baño, mejores y mayores coches, distracciones, diversiones y todo lo demás. Los valores externos y temporales adquieren precedencia sobre los valores eternos. Se busca la felicidad y la paz en las posesiones, ya sean materiales o intelectuales; en el apego a las cosas o al mero conocimiento. Recorred cualquiera de las calles principales y veréis tiendas y más tiendas que venden la misma cosa aunque de diferentes formas y colores; innumerables revistas y miles de libros. Nuestro deseo es que se nos distraiga, se nos divierta, se nos libre de nosotros mismos, dado que íntimamente somos tan pobres, desdichados, vacías, y que siempre, por una causa u otra, nos agobia alguna pena. Y de ese modo, habiendo demanda, hay producción y se establece la tiranía de la máquina. Y se nos ocurre que la simple industrialización resolverá nuestro problema económico y social. ¿Lo resuelve realmente? Tal vez durante un tiempo; pero con ella llegan las guerras, las revoluciones, la opresión y la explotación, y les llevamos la “civilización” a los pueblos no civilizados.
Bueno, la industrialización y la máquina ya las tenemos, y no podemos deshacernos de ellas. Pero ellas sólo ocupan su verdadero lugar cuando el hombre no depende de las cosas para su felicidad, cuando cultiva la riqueza intima, los imperecederos tesoros de la realidad suprema. Sin ello, la mera industrialización acarrea inenarrables horrores; acompañada de los tesoros del alma tiene un sentido. Este no es un problema de tal o cual raza o país, es un problema humano. Sin el poder compensador de la compasión y de la espiritualidad, lo único que obtendréis con el mero acrecentamiento de la producción de cosas, de hechos y de técnica, serán mejores y mayores guerras, opresión en lo económico, mayor rivalidad de las potencias, medios más sutiles de engaño, división y tiranía.
Así como una piedra puede torcer el curso de un río, unos pocos hombres que entiendan de verdad podrán quizá desviar este terrible curso de la especie humana. Pero nos resulta difícil resistir la constante presión de la civilización moderna si no mantenemos nuestra conciencia constantemente despierta y alerta, descubriendo así los tesoros que son imperecederos.
Pregunta: ¿Por qué no hace Ud. frente a los males económicos y sociales, en vez de refugiarse en una actitud mística y obscura?
Krishnamurti: He hecho lo posible por señalar que sólo dando importancia a las cosas primordiales, los problemas secundarios podrán ser entendidos y resueltos. Los males sociales y económicos no podrán remediarse sin comprender que es lo que los causa. Para entenderlos y de tal modo efectuar un cambio fundamental, tenemos que empezar por comprendernos a nosotros mismos, causantes de esos males. Nosotros, individual y colectivamente, hemos engendrado el desorden, las luchas económicas y sociales. Solo nosotros somos responsables de todo eso; y es por ello que nosotros mismos, individual y quizá colectivamente, podremos establecer el orden y la claridad. Para actuar colectivamente, tenemos que empezar por la acción individual. Para obrar como agrupación, cada cual tiene que entender y alterar radicalmente dentro de sí mismo aquellas causas que engendran conflictos y constante dolor. Con ayuda de leyes podréis obtener determinados resultados benéficos; pero si no se altera lo que hay en el fondo de todos los males, es decir, las causas fundamentales de todo conflicto y antagonismo, la obra legislativa terminará por ser subvertida y cederá su lugar a un nuevo desorden. Las reformas meramente externas exigirán nuevas reformas, y por ese camino se llega a la opresión y a la violencia. El orden y la paz creadores y duraderos vendrán tan sólo si cada cual establece la paz y el orden dentro de sí mismo.
Cada uno de nosotros, sea cual sea su posición, busca el propio engrandecimiento: es codicioso, sensual y violento. Si no pone término a eso dentro de sí mismo y por sí mismo, las reformas externas podrán, por cierto, dar buenos resultados superficiales; pero éstos, en un momento dado, serán anulados por hombres que andan constantemente en busca de fama, de posición, de poder. Para producir los cambios indispensables y fundamentales en el mundo externo, con sus guerras, rivalidades y tiranías es evidente que deberéis empezar por vosotros mismos, transformándoos profundamente. Me diréis que en esa forma llevará un tiempo enorme modificar el mundo. ¿Y qué hay con eso? ¿Acaso una revolución superficial, por rápida e implacable que sea, alterará el hecho íntimo? ¿Sacrificando el presente podrá crearse un mundo futuro de felicidad? ¿Empleando malos medios podrán lograrse buenos fines? Esto no se nos ha probado, a pesar de lo cual continuamos haciendo siempre lo mismo, ciegamente, irreflexivamente, con el resultado de que el mundo ha llegado a la más extrema destrucción y miseria. No es posible alcanzar la paz y el orden si no es por medios ordenados y pacíficos. ¿El propósito de las revoluciones meramente externas económicas y sociales, es acaso libertar al hombre ayudándole a pensar y sentir plenamente, a vivir de un modo completo? Los que quieren cambios rápidos, inmediatos, en el orden económico y social, también crean normas rígidas de conducta y de pensamiento. No aspiran a que se sepa “cómo pensar”; dictan “lo que hay que pensar”. ¿No es así? El cambio brusco defrauda, pues, su propio objetivo, y el hombre vuelve a ser juguete del medio ambiente.
He tratado de explicar en estas conferencias que la ignorancia, la mala voluntad y la concupiscencia, engendran dolor, y que si el hombre no se purifica, no elimina de su ser esos estorbos, inevitablemente produce conflictos, desorden y miseria. La ignorancia, es decir, la falta de conocimiento propio, es el mayor de los males. La ignorancia impide el recto pensar y pone el principal acento en cosas que son secundarias, con lo cual la vida se torna vacía, monótona, mera rutina mecánica de la que buscamos salida en diversas formas: arrojándonos al dogma, a la especulación y a una serie de engañosos espejismos. Nada de eso es misticismo. Pero si procuramos entender al mundo externo, alcanzaremos el mundo interior; y éste, cuando se lo busca acertadamente y se lo entiende de verdad, conduce a lo Supremo. Esta realización no es fruto de ninguna escapatoria, y sólo esta realización traerá orden y paz al mundo.
El mundo se ha sumido en el caos porque nosotros hemos perseguido valores falsos. Hemos dado importancia a lo terrenal, a la sensualidad, a la gloria y a la inmortalidad personales, cosas todas que engendran conflictos y dolor. El verdadero valor se halla en el recto pensar; y no hay recto pensar sin conocimiento propio. El conocimiento propio nos llega cuando adquirimos clara y alerta conciencia de nosotros mismos.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
PROBLEMAS ESPIRITUALES
Pregunta: ¿La creencia en Dios no es necesaria en este mundo terrible y despiadado?
Krishnamurti: La creencia en Dios ha existido desde que el mundo es mundo, lo que no nos ha impedido llenarlo de horrores. Tanto el salvaje como el sacerdote altamente civilizado creen en Dios. El hombre primitivo mata con arcos y flechas, y se dedica a danzas frenéticas; el sacerdote civilizado bendice los acorazados y los bombarderos, dando para ello una serie de razones. Esto no lo digo cínicamente ni con ánimo despreciativo, de modo que no tenéis por qué sonreír. Es un asunto muy serio. Ambos son creyentes; pero están también los otros, los que no creen en nada, y que también optan por liquidar a los que se les cruzan en el camino. El hecho de adherirse a una creencia o a una ideología no acaba con las matanzas, la opresión y la explotación. Por el contrario, ha habido y continúan produciéndose espantosas guerras, destrucción y persecuciones en las que se invoca la causa de la paz y el nombre de Dios. Si logramos hacer de lado esas creencias e ideologías antagónicas, e introducimos en nuestra vida diaria un cambio profundo, habrá alguna probabilidad de que surja un mundo mejor. Es la propia vida cotidiana de cada ser humano que ha provocado la actual y anteriores catástrofes. Nuestro atolondramiento, nuestros exclusivismos nacionales, nuestras barreras y privilegios económicos, nuestra falta de compasión y de buena voluntad, han traído estas guerras y otros desastres. La mundanalidad, de naturaleza eruptiva, vomitará siempre caos y dolor.
Somos un resultado del pasado, y al edificar sobre él sin entenderlo, provocamos desastres. La mente, que es un resultado, un compuesto, no llega a entender Aquello que no está constituido por fragmentos, que carece de causa y es independiente del tiempo. Para comprender lo increado, la mente debe cesar de crear. Toda creencia pertenece forzosamente al pasado, a lo creado; y ella constituye un impedimento para la experimentación de lo real. Cuando el pensar‑sentir está anclado, en estado de dependencia, el entendimiento de lo real resulta imposible. Tiene que haber una franca y serena liberación del pasado, una espontánea inundación de silencio; sólo en tales condiciones puede florecer Aquello que es real. Cuando contempláis una puesta de sol, en ese instante de belleza un júbilo espontáneo y creador os invade. Luego, cuando deseáis que la misma experiencia se repita, la puesta de sol ya no os emociona; tratáis de sentir la misma dicha creadora, pero no la halláis. Vuestra mente fue capaz de recibir cuando nada pedía ni esperaba; pero habiendo recibido una vez quiere más y esa codicia la enceguece. La codicia es acumulativa y representa una pesada carga para la mente-corazón; no cesa de juntar, de almacenar. Nuestro pensar y sentir se ven corrompidos por la codicia, por las olas corrosivas del recuerdo. Sólo un estado de conciencia alerta y profunda pone fin a este proceso absorbente del pasado. La codicia, al igual que el placer, siempre limita y singulariza. ¿Y cómo un pensamiento nacido de la codicia habría de entender Aquello que es inconmensurable?
En lugar de reforzar vuestras creencias e ideologías, daos plena cuenta de vuestro pensar y sentir, pues en él está el origen de los problemas que la vida os presenta. Lo que vosotros sois, la es el mundo: si sois crueles, sensuales, ignorantes, codiciosos; así será el mundo. Vuestra creencia en Dios, o vuestra incredulidad a su respecto, muy poco significan. Sólo con vuestros pensamientos, sentimientos y acciones, en efecto, haréis del mundo una cosa terrible, cruel, bárbara, o un lugar de paz, de compasión y de sabiduría.
Pregunta: Díganos usted, por favor, ¿cuál es su concepto de Dios?
Krishnamurti: Y bien, ¿por qué queremos saber si hay Dios? Si de un modo profundo podemos entender la intención de esta pregunta, comprenderemos muchísimo La creencia y la no creencia, son obstáculos positivos para la comprensión de la realidad; la creencia, los ideales, son el resultado del temor, el temor limita al pensamiento y para escapar del conflicto nos acogemos a distintas formas de esperanzas, estímulos e ilusiones. La realidad es experiencia auténtica, directa. Si dependemos de la descripción de otro, la realidad se desvanece porque lo que se describe no es real. Si nunca hemos probado la sal, de nada sirve la descripción de su sabor. Tenemos que probarla para conocerla. Ahora bien, la mayoría de nosotros queremos saber lo que es Dios, porque somos indolentes, porque es más fácil depender de la experiencia de otro que de nuestra propia comprensión; esto también cultiva una actitud irresponsable en nosotros, y entonces todo lo que tenemos que hacer es imitar a otro, modelar nuestra vida de acuerdo con un patrón o según la experiencia de otro, y siguiendo su ejemplo pensamos que hemos llegado, que hemos alcanzado, que hemos realizado. Para comprender lo supremo debe haber liberación del tiempo, el continuo pasado, presente y futuro: de los temores a lo desconocido, de los fracasos y del éxito. Hacéis esta pregunta porque, o bien queréis comparar vuestra imagen de Dios con la mía y de este modo afirmaros en ella, o reprobarla; mas esto sólo lleva a la pugna y al enfangamiento de las opiniones. Este camino no conduce a la comprensión.
Dios, la Verdad, o como queráis llamar a la realidad, no puede describirse. Lo que se puede describir no es lo real. Es vano inquirir si hay Dios, porque la realidad nace cuando el pensamiento se liberta de sus limitaciones, de sus anhelos. Si estamos educados en la creencia en Dios o en la oposición a ella, el pensamiento está sugestionado y se está formando un hábito, de generación en generación. Tanto la creencia, como la no creencia en Dios, impiden la comprensión de Dios. Estando anclados en la fe, cualquiera experiencia que podáis tener de acuerdo con vuestra creencia, sólo puede fortalecer más vuestro condicionamiento previo. La mera continuidad del pensamiento limitado no es la comprensión de la realidad. Cuando afirmamos a través de nuestra propia experiencia que existe o no existe Dios, estamos continuando y multiplicando experiencias influidas por el pasado. Sin que comprendamos las causas de nuestra esclavitud las experiencias no nos dan sabiduría. Si continuamos repitiendo determinada influencia a la que llamamos experiencia, tal cosa sólo fortalece nuestras limitaciones; pero no produce la liberación de ellas. La mente, como apunté en mi plática, es resultado del anhelo y, por tanto, transitoria; así, cuando la mente concibe una teoría de Dios o de la verdad, la probable es que sea un producto de su propia fantasía, y por ende, no es real. Tiene uno que llegar a darse cuenta plenamente de las distintas formas de anhelo, de temor, etc., y a través de la indagación y discernimiento constantes, nace una nueva comprensión que no es resultado del intelecto o de la emoción. Para comprender la realidad, tiene que haber lucidez, constante y darse cuenta.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
El amor es la única respuesta duradera a nuestros problemas humanos. No lo dividáis artificialmente en amor a Dios y amor al hombre. Solamente hay amor, pero el amor está cercado por diversas barreras. La compasión, el perdón, la generosidad y la bondad no pueden existir si no hay amor. Sin amor, todas las virtudes llegan a ser crueles y destructivas. El odio, la envidia, la mala voluntad, impiden la plenitud del pensamiento-emoción y es solamente en lo completo, en la plenitud, en donde puede haber compasión, perdón.
Krishnamurti, Ojai, 1940.
El dolor y la confusión existen siempre en el mundo; hay siempre en él este problema de lucha y sufrimiento. Llegamos a ser conscientes de este conflicto, de este dolor, cuando nos afecta personalmente o cuando está inmediatamente a nuestro alrededor, como lo está ahora. Los problemas de la guerra han existido antes; pero a la mayor parte de nosotros no nos han interesado porque estaban muy lejanos y no nos afectaban personal y profundamente; pero ahora la guerra está a nuestras puertas y esto parece dominar la mente de la mayor parte de la gente.
Ahora no voy a contestar las preguntas que inevitablemente surgen cuando interesan de modo inmediato los problemas de la guerra, la actitud y la acción que uno debiera asumir en relación a esta, etc. Pero vamos a considerar un problema mucho más profundo; porque la guerra es solamente una manifestación externa de la confusión y de la lucha interna de odio y antagonismo. El problema que debiéramos discutir, que es siempre actual, es el del individuo y de su relación con otro, que es la sociedad. Si podemos comprender este problema complejo, entonces tal vez estaremos en aptitud de evitar las múltiples causas que en último término conducen a la guerra. La guerra es un síntoma, por más que brutal y morboso, y ocuparse con la manifestación externa sin tener en cuenta las causas profundas de ella, es fútil y carece de propósito: cambiando fundamentalmente las causas, quizás podamos producir una paz que no sea destruida por las circunstancias externas.
La mayor parte de nosotros estamos inclinados a pensar que por medio de la legislación, por la simple organización, por el liderismo, pueden ser resueltos los problemas de la guerra y de la paz y otros problemas humanos. Como no queremos ser responsables individualmente de este torbellino interno y externo de nuestras vidas, acudimos a grupos, autoridades y acción de masa. Por medio de estos métodos externos se puede tener paz temporal: pero solamente cuando el individuo se entiende a sí mismo y entiende sus relaciones con otro, lo cual constituye la sociedad, puede existir la paz permanente, duradera. La paz es interna y no externa; sólo puede haber paz y felicidad en el mundo cuando el individuo ‑que es el mundo- se consagra definitivamente a alterar las causas que dentro de él mismo producen confusión sufrimiento, odio, etc. Quiero ocuparme con estas causas y cómo cambiarlas profundamente y en forma duradera.
El mundo que nos rodea está en flujo constante, en constante cambio: existe incesante sufrimiento y dolor. ¿Pueden existir paz y felicidad duraderas en medio de esta mutación y conflicto, independientemente de todas las circunstancias? Esta paz y esta felicidad pueden descubrirse, desentrañarse de cualesquiera circunstancias en que se encuentre el individuo.
Durante estas pláticas trataré de explicaros cómo experimentar con nosotros mismos, y así libertar el pensamiento de sus limitaciones autoimpuestas. Pero cada uno debe experimentar y vivir seriamente y no vivir simplemente de acción y frases superficiales.
Este experimento serio, esforzado, debe comenzar con nosotros mismos, con cada uno de nosotros, y es en vano el alterar simplemente las condiciones externas sin un profundo cambio interno. Porque lo que es el individuo es la sociedad, lo que es su relación con otro, es la estructura de la sociedad. No podemos crear una sociedad pacífica, inteligente, si el individuo es intolerante, brutal y competidor. Si el individuo carece de bondad, de afecto, de sensatez en sus relaciones con otro, tiene inevitablemente que producir conflicto, antagonismo y confusión. La sociedad es la extensión del individuo; la sociedad es la proyección de nosotros mismos. Hasta que comprendamos esto y nos entendamos a nosotros mismos profundamente y nos modifiquemos radicalmente, el mero cambio de lo externo no creará paz en el mundo, ni le traerá esa tranquilidad que es necesaria para las relaciones sociales felices.
Así, pues, no pensemos sólo en alterar el medio ambiente: esto necesariamente debe tener lugar si nuestra atención completa se dirige a la transformación del individuo, la de nosotros mismos y de nuestra relación con otro. ¿Cómo podemos tener fraternidad en el mundo si somos intolerantes, si odiamos, si somos codiciosos, voraces? Esto es notorio, ¿verdad? Si cada uno de nosotros es llevado por una ambición que consume, si lucha por tener éxito, si busca la felicidad en las cosas, es seguro que tendrá que crear una sociedad que es caótica, cruel, insensible y destructora. Si todos comprendemos y estamos profundamente de acuerdo en este punto: que el mundo es nosotros mismos, y que lo que somos es el mundo, entonces ya podremos pensar en cómo producir el cambio necesario en nosotros.
En tanto que no estemos de acuerdo en este punto fundamental, sino que simplemente consideremos para nuestra paz y felicidad el ambiente, éste asume una importancia inmensa que no tiene, porque nosotros lo hemos creado, y sin un cambio radical en nosotros mismos llega a ser una prisión intolerable.
Nos apagamos al ambiente esperando encontrar en él seguridad y la continuidad de nuestra autoidentificación y, en consecuencia, nos resistimos a todo cambio de pensamiento y de valores. Pero la vida está en continuo flujo y por ende, existe conflicto constante entre el deseo que siempre tiene que llegar a ser estático y la realidad que no tiene morada.
El hombre es la medida de todas las cosas y si su visión está pervertida, entonces lo que piensa y crea debe inevitablemente conducir al desastre y al sufrimiento. El individuo construye la sociedad con lo que él piensa y siente. Personalmente, yo siento que el mundo es yo mismo, que lo que yo hago crea paz o sufrimiento en el mundo, que es yo mismo, y mientras yo no me comprenda no puedo traerle paz al mundo: así pues, lo que me concierne de un modo inmediato es yo mismo, no egoístamente con objeto de obtener mayor felicidad, mayores sensaciones, mayor éxito, porque mientras yo no me entienda a mí mismo, tengo que vivir en la pena y el sufrimiento y no puedo descubrir la paz y felicidad duraderas.
Para comprendernos, tenemos, en primer lugar, que estar interesados en el descubrimiento de nosotros mismos, debemos llegar a estar alerta respecto de nuestro propio proceso de pensamiento y sentimiento. ¿En qué están principalmente interesados nuestros pensamientos y sentimientos, qué es lo que les concierne? Les conciernen las cosas, las gentes y las ideas. En esto es en lo que estamos fundamentalmente interesados: las cosas, las gentes, las ideas.
Ahora bien, ¿por qué es que las cosas han asumido tan inmensa importancia en nuestras vidas? ¿Por qué es que las cosas, la propiedad, las casas, los vestidos, etc., toman un lugar tan dominante en nuestras vidas? ¿Es porque simplemente las necesitamos?, o ¿es que dependemos de ellas para nuestra felicidad psicológica? Todos necesitamos vestido, alimento y morada. Esto es notorio, pero ¿por qué es que esto ha asumido importancia y significación tremendas? Las cosas asumen tal valor y significación desproporcionados porque psicológicamente dependemos de ellas para nuestro bienestar. Alimentan nuestra vanidad, nos dan prestigio social, nos brindan los medios de lograr el poder. Las usamos con objeto de realizar propósitos diversos de los que tienen en sí mismas. Necesitamos alimento, vestidos, albergue, lo cual es natural y no pervierte; pero cuando dependemos de las cosas para nuestra gratificación, para nuestra satisfacción, cuando las cosas llegan a ser necesidades psicológicas, asumen un valor e importancia completamente desproporcionados y de aquí se origina la lucha y el conflicto por poseerlas y los diversos medios de conservar las cosas de las cuales dependemos.
Formúlese cada uno esta pregunta: ¿Dependo de las cosas para mi felicidad psicológica, para mi satisfacción? Si tratáis seriamente de contestar esta pregunta, sencilla en apariencia, descubriréis el proceso complejo de vuestro pensamiento y sentimiento. Si las cosas son una necesidad física, entonces les ponéis limitación inteligente, entonces no asumen esa importancia abrumadora que tienen cuando llegan a ser una necesidad psicológica. Por este camino comenzáis a comprender la naturaleza de la sensación y de la satisfacción: porque la mente que quiere llegar a comprender la verdad debe estar libre de semejantes ataduras.
Para libertar la mente de la sensación y de la satisfacción, tenéis que comenzar con las sensaciones que os son familiares y establecer allí el adecuado cimiento para la comprensión. La sensación tiene lugar, y comprendiéndola no asume la estúpida deformación que tiene ahora.
Muchos piensan que si las cosas del mundo estuvieran bien organizadas, de tal modo que todos tuviesen lo suficiente, entonces existiría un mundo feliz y pacífico; pero yo temo que esto no será así si individualmente no hemos comprendido el verdadero significado de las cosas. Dependemos de ellas porque internamente somos pobres y encubrimos esa pobreza del ser con cosas, y estas acumulaciones externas, estas posesiones superficiales, llegan a ser tan vitalmente importantes que por ellas estamos dispuestos a mentir, a defraudar, a luchar y a destruirnos unos a otros. Porque las cosas son el medio para lograr el poder, para tener gloria. Sin comprender la naturaleza de esta pobreza interna del ser, el mero cambio de organización para la equitativa distribución de las cosas, por mas que tal cambio es necesario, creará otros medios y caminos de obtener poder y gloria.
A la mayor parte de nosotros nos interesan las cosas y para comprender nuestra justa relación respecto a ellas, se requiere inteligencia, que no es ascetismo, ni afán adquisitivo; no es renunciación, ni acumulación, sino que es el libre e inteligente darse cuenta de las necesidades sin depender afanosamente de las cosas. Cuando comprendéis esto, no existe el sufrimiento del desprenderse, ni el dolor de la lucha de la competencia. ¿Es uno capaz de examinar y comprender críticamente la diferencia entre las propias necesidades y la dependencia psicológica de las cosas? No podéis responder esta pregunta ahora mismo. Sólo la responderéis si sois persistentemente serios, si vuestro propósito es firme y claro.
Es indudable que podamos comenzar a descubrir cuál es nuestra relación con las cosas. ¿Verdad que se basa en la codicia? ¿Y cuándo se transforma en codicia la necesidad? ¿No es acaso codicia que el pensamiento, percibiendo su propia vaciedad, su propia falta de mérito, proceda a investir las cosas de una importancia mayor que su propio valor intrínseco y en consecuencia crea una dependencia de ellas? Esta dependencia puede producir una especie de cohesión social: pero en ella siempre hay conflicto, dolor, desintegración. Tenemos que hacer claro nuestro proceso de pensamiento y podemos hacer esto si en nuestra vida diaria llegamos a darnos cuenta conscientemente de esta codicia y de sus aterradores resultados. Este darse cuenta conscientemente de la necesidad y de la codicia, ayuda a establecer el cimiento recto para nuestro pensar. La codicia, en una forma u otra, es siempre la causa del antagonismo, del odio nacional despiadado, y de las brutalidades sutiles. Si no comprendemos la codicia y la combatimos, ¿cómo podemos comprender la realidad que trasciende todas estas formas de lucha y sufrimiento? Debemos comenzar con nosotros mismos, con nuestra relación respecto a las cosas y a la gente. Tomé en primer lugar las cosas porque a la mayor parte de nosotros nos interesan son para nosotros de tremenda importancia. Las guerras son por las cosas y en ellas están basados nuestros valores sociales y morales Sin entender el proceso complejo de la codicia no comprenderemos la realidad.
* *
Para quienes por primera vez vienen aquí, haré una breve explicación acerca de lo que hablamos el domingo pasado. Los que estéis siguiendo estas pláticas de modo serio, no debéis sentir impaciencia, porque estamos tratando de pintar con palabras un cuadro de la vida tan completo como sea posible. Debemos entender el cuadro integro, la actitud completa hacia la vida y no meramente una parte.
Decía la semana pasada que no puede haber paz o felicidad en el mundo a menos de que nosotros, como individuos, cultivemos la sabiduría que da por resultado la serenidad. Muchos piensan que sin considerar su propia naturaleza interna, su propia claridad de propósito, su propia comprensión creadora, alterando en cierta medida las condiciones externas, pueden producir paz en el mundo. Esto es, esperan tener fraternidad en el mundo aun cuando en su interior estén atormentados por el odio, por la envidia, por la ambición, etc. Que esta paz no puede existir a menos que el individuo, que es el mundo, efectúe un cambio radical dentro de sí mismo, es obvio para quienes piensen profundamente.
Después de siglos de predicar la bondad, la fraternidad, el amor, vemos en rededor nuestro el caos y una brutalidad extraordinaria; somos fácilmente cogidos en este remolino de odio y antagonismo, y pensamos que alterando los síntomas externos, tendríamos la unidad humana. La paz no es una cosa que pueda traerse del exterior, puede solamente venir de adentro; esto requiere gran empeño y concentración, no en algún propósito único, sino en la comprensión del problema complejo del vivir.
Tomé como una de las causas principales de conflicto en nosotros mismos y por consiguiente en el mundo, la codicia, con su temor, con su anhelo de poder y dominio, a la vez que social, intelectual y emocional. Traté de marcar la diferencia entre la necesidad y la codicia. Necesitamos alimentos, ropa y albergue, pero esa necesidad se convierte en codicia, fuerza psicológica que impulsa nuestra vida, cuando por el anhelo de poder, de prestigio social, etc., damos valor desproporcionado a las cosas. Hasta que disolvamos esta causa fundamental de conflicto o choque en nuestra conciencia, la sola búsqueda de paz es vana. Aun cuando por medio de los códigos podamos tener orden superficial, el anhelo de poder, de éxito y demás, perturbará constantemente el vínculo que mantiene unida la sociedad y destruirá este orden social. Para producir paz dentro de nosotros y, por consiguiente dentro de la sociedad, debe comprenderse este choque central en la conciencia, causado por el anhelo. Para comprender, debe haber acción.
Hay quienes juzgan que el conflicto en el mundo es causado por la codicia, por la aserción individual para obtener poder y dominio por medio de la propiedad, y proponen que los individuos no retengan medios de adquirir poder, creen conseguir esto por medio de la revolución, del control de la propiedad por el Estado, siendo el Estado los pocos individuos que tienen en sus manos las riendas del poder. No podéis destruir la codicia por medio de códigos. Podréis destruir una forma de ella por la coacción, pero de un modo inevitable tornará en otra forma que creará de nuevo caos social.
También hay quienes piensan que la codicia o el anhelo pueden ser destruidos por medio de ideales intelectuales o emocionales, por medio de dogmas y credos religiosos; esto tampoco puede ser, porque la codicia no se domina por la imitación, el servicio o el amor. Anonadarse no es: el remedio duradero para el conflicto de la codicias Las religiones han ofrecido compensación por librarse de la codicia; pero la realidad no es compensación. Perseguir compensación es llevar a otro nivel, a otro plano, la causa del conflicto que es la codicia, el anhelo; pero el choque y el dolor siguen allí.
Los individuos están atrapados por el deseo de crear orden social o relación humana amistosa por medio de la legislación y de encontrar la realidad que prometen las religiones como compensación por renunciar a la codicia. Pero como lo he apuntado, la codicia no puede destruirse por la legislación o por la compensación. Para abordar de un modo nuevo el problema de la codicia, debemos ser plenamente conscientes de la falacia de una mera legislación social en su contra y de la actitud religiosa compensadora que hemos desarrollado. Si ya no estáis buscando compensación religiosa para la codicia, o si no estáis ya agarrados en la falsa esperanza de la legislación en contra de ella, entonces empezaréis a comprender un proceso diferente para disolver este anhelo de modo completo; pero esto requiere empeño persistente, sin sentimentalismo, sin los engaños del astuto intelecto.
Todo ser humano necesita alimento, ropa y albergue; pero ¿por qué ha llegado a ser esta necesidad un problema tan complejo y doloroso? ¿No es acaso porque usamos las cosas con propósito psicológico, más bien que como mera necesidad? La codicia es la demanda de satisfacción, de placer, y usamos las necesidades como medios de conseguirlo y les damos mucha mayor importancia y valor del que tienen. Mientras uno usa las cosas porque las necesita, sin estar psicológicamente involucrado en ellas, puede haber una limitación inteligente en las necesidades, que no esté basada en una mera gratificación.
El depender psicológicamente de las cosas se manifiesta como miseria y conflicto social. Siendo uno pobre interna, psicológica, espiritualmente, se piensa en enriquecerse por medio de posesiones con demandas y problemas complejos siempre en aumento. Sin resolver fundamentalmente la pobreza psicológica del existir, la sola legislación social o el ascetismo no pueden resolver el problema de la codicia, del anhelo. ¿Cómo puede, pues, resolverse fundamentalmente y no sólo en su manifestación externa, en su periferia? ¿Cómo va a liberarse el pensamiento del anhelo? Percibimos la causa de la codicia: el deseo de satisfacción, de deleite, pero ¿cómo ha de ser disuelta? ¿Ejercitando la voluntad? Si es así, ¿qué forma de voluntad? ¿La voluntad de vencer? ¿La voluntad de refrenar? ¿La voluntad de renunciar? He aquí el problema: siendo codicioso, avariento, mundanal, ¿cómo desembarazar el pensamiento de la codicia?
Como el pensamiento es ahora producto de la codicia, es transitorio y así no puede comprender lo eterno. Lo que ha de poder comprender lo inmortal, debe ser también inmortal. Lo permanente puede ser entendido solamente al través de lo transitorio. Esto es, el pensamiento nacido de la codicia es transitorio y todo lo que crea debe ser seguramente transitorio también, y mientras la mente esté aprisionada dentro te lo transitorio, dentro del círculo de la codicia, no puede ni trascenderla, ni vencerse a sí mismo. En su esfuerzo por dominar, crea mayores resistencias y más y más se enreda en ellas.
¿Cómo va a disolverse la codicia sin crear posterior conflicto, si el producto del conflicto está siempre dentro del dominio del deseo, el cual es transitorio? Podréis vencer la codicia por el esfuerzo de voluntad que se traduce en abnegación: pero eso no conduce a la comprensión, al amor, porque tal voluntad es producto del conflicto y no puede, por ende, libertarse de la codicia. Reconocemos que somos codiciosos. Hay satisfacción en poseer. Esto llena nuestro ser, lo expande. ¿Por qué, pues, necesitáis luchar contra eso? Si de veras estáis satisfechos con esta expansión, entonces no tenéis problema consciente. ¿Pero acaso puede ser la satisfacción completa? ¿No está en estado de flujo constante, anhelando una gratificación tras otra?
Así el pensamiento queda atrapado en su propia malla de ignorancia y dolor. Comprendemos que estamos aprisionados por la codicia, y también percibimos, cuando menos intelectualmente, el efecto de la codicia. ¿Cómo, pues, va el pensamiento a desembarazarse de sus propios y autocreados anhelos? Sólo estando constantemente alerta, sólo por medio de la comprensión del proceso de la codicia misma. La comprensión no se obtiene por el mero ejercicio de un propósito unilateral, sino por medio de ese acercamiento experimental que tiene la cualidad peculiar de inclusión total, de lo entero. Este acercamiento experimental yace en los actos de nuestra vida diaria; en llegando a darse cuenta de una manera profunda del proceso de la codicia y de la satisfacción, se produce el acercamiento integral a la vida, la concentración que no es resultado de elegir, sino que es lo completo. Si estáis alerta, observaréis claramente el proceso del anhelo; veréis que en este observar existe el deseo de selección, el deseo de razonar: pero este deseo es aún parte del anhelo. Tenéis que ser agudamente conscientes de la sutileza del anhelo y, así, a través del experimento surge la plenitud de la comprensión, que es lo único que de un modo radial liberta al pensamiento del anhelo. Si de este modo sois conscientes, habrá una forma diferente de voluntad o de comprensión, que no es voluntad nacida del conflicto o de la renunciación, sino de lo total, de lo completo; lo cual es santo. Esta comprensión es un acercarse a la realidad que no es producto del propósito o esfuerzo de logro; de la voluntad nacida del anhelo y del conflicto. La paz es de esta totalidad, de esta comprensión.
Krishnamurti, Ojai, 1940.
PROBLEMAS DE CONVIVENCIA HUMANA
En las últimas tres pláticas he tratado de explicar el acercamiento experimental al problema de la codicia: acercamiento que no es renunciación, ni control, sino la comprensión del proceso de la codicia, lo único que puede traer liberación perdurable de ella. Mientras uno dependa de las cosas para su propia satisfacción y enriquecimiento psicológicos, persistirá la codicia, creando conflicto social e individual y desorden. Sólo la comprensión nos libertara de la codicia y el anhelo, que tanto estrago han creado en el mundo.
Consideremos ahora el problema de la relación de convivencia entre los individuos. Si comprendemos la causa de fricción entre los individuos y, como consecuencia, con la sociedad, esa comprensión ayudará a producir libertad del afán posesivo. La relación de convivencia se basa actualmente en la dependencia, es decir, que uno depende de otro para su satisfacción psicológica, su felicidad y bienestar. Generalmente no nos damos cuenta de esto, pero en el caso de darnos, aparentamos que dependemos de otro, o tratamos de desenlazarnos artificialmente de la dependencia. Abordemos aquí, de nuevo, este problema experimentalmente.
Ahora bien, para la mayoría de nosotros, la relación con otro se basa en la dependencia, económica o psicológica. Esta dependencia crea temor, engendra en nosotros el afán posesivo, se traduce en fricción, suspicacia, frustración. El depender de otro económicamente puede, tal vez, ser eliminado por medio de la legislación y de una organización adecuada; pero me refiero en especial a la dependencia de otro, psicológicamente, que es resultado del anhelo de satisfacción personal, felicidad, etc. En esa relación posesiva, uno se siente enriquecido, creador y activo; siente que la pequeña llama de su propio ser es acrecentada por otro y así, no queriendo perder esa fuente de plenitud, se teme la pérdida del otro, y de esa manera nacen los temores posesivos, con todos los problemas que de ellos resultan. Así que, en la relación de dependencia psicológica, tiene que haber siempre temor, suspicacia, conscientes o inconscientes, que a menudo se ocultan bajo palabras agradables. La reacción de este temor lleva a uno en todo tiempo a la búsqueda de seguridad y enriquecimiento a través de diversos conductos, o a aislarse en ideas e ideales, o a buscar substitutos a la satisfacción.
Aun cuando uno dependa de otro, todavía existe el deseo de ser íntegro, de ser completo. El problema completo en la convivencia es el de cómo amar sin dependencia, sin fricción y conflicto: el de cómo vencer el deseo de aislarse, de apartarse de la causa del conflicto. Si para nuestra felicidad dependemos de otro, de la sociedad o del medio ambiente, éstos llegan a hacerse esenciales para nosotros nos abrazamos a ellos, y con violencia nos oponemos a su alteración en cualquiera forma, porque de ellos dependemos para nuestra seguridad y conforte psicológicos. Aunque percibamos, intelectualmente, que la vida es un continuo proceso de flujo, de mutación, que necesita cambio constante, sin embargo, emocional o sentimentalmente nos aferramos a los valores establecidos y confortantes; de allí que haya una lucha constante entre el cambio y el deseo de permanencia. ¿Es posible poner fin a este conflicto?
La vida no puede existir sin la convivencia; pero la hemos hecho en extremo angustiosa y repugnante por basarla en el amor personal y posesivo. ¿Puede uno amar y sin embargo no poseer? Encontraréis la verdadera respuesta no en el escape, no en los ideales, no en las creencias, sino por, la comprensión de las causas de la dependencia y el afán posesivo. Si puede comprenderse profundamente este problema de la relación entre uno y el otro, entonces tal vez comprendamos y resolvamos los problemas de nuestra relación con la sociedad, puesto que la sociedad no es sino la extensión de nosotros mismos. El ambiente, al que damos el nombre de sociedad, ha sido creado por pasadas generaciones; lo aceptamos porque nos ayuda a conservar nuestra codicia, afán posesivo, ilusiones. En esta ilusión no puede haber unidad ni paz. La unidad meramente económica producida por medio de la coacción y la legislación, no puede poner fin a la guerra. Mientras no comprendamos la interrelación individual, no podemos tener una sociedad pacifica. Puesto que nuestra convivencia se halla basada en el amor posesivo, tenemos que llegar a ser plenamente conscientes, en nosotros mismos, de su nacimiento, sus causas, su acción. En el hecho de darse plena cuenta del proceso de la posesividad, con su violencia, sus temores, sus reacciones, surge una comprensión que es total, completa. Sólo esa comprensión libera al pensamiento de la dependencia y el afán posesivo. Es dentro de uno mismo donde puede encontrarse la armonía en la convivencia, no en otro, ni en el medio ambiente.
En la convivencia la causa primordial de fricción es uno mismo, el yo, que es centro del anhelo unificado. Si tan sólo podemos darnos cuenta que no es la actuación del otro lo de primordial importancia, sino cómo cada uno de nosotros actúa y reacciona; y si esa reacción y acción pueden ser fundamental, profundamente comprendidas, entonces la convivencia sufrirá un cambio radical y profundo. En esta relación de convivencia con otro existe no sólo el problema físico, sino también el de pensamiento y sentimiento en todos los niveles; y sólo es posible estar en armonía con otro cuando uno mismo es integralmente armónico. Lo que importa en la convivencia es tener presente no al otro, sino a uno mismo, lo cual no significa que deba uno aislarse, sino que comprenda hondamente en uno mismo la causa del conflicto y el dolor. En tanto que dependamos de otro, intelectual o emocionalmente, para nuestro bienestar psicológico, esa dependencia inevitablemente tiene que crear temor, del cual emana el sufrimiento.
Para comprender la complejidad de la interrelación, debe haber paciencia reflexiva y sincero propósito. La convivencia es un proceso de autorevelación en el que uno descubre las causas ocultas del sufrimiento. Esta autorevelación es sólo posible en la convivencia.
Pongo énfasis en la relación de convivencia, porque en el acto de entender profundamente su complejidad estamos creando comprensión, comprensión que trasciende la razón y la emoción. Si basamos nuestra comprensión meramente en la razón, entonces hay en ella aislamiento, orgullo y falta de amor; y si la basamos únicamente en la emoción, no existe profundidad, hay sólo sentimentalismo que pronto se esfuma, y no amor. Solamente como resultado de esta comprensión puede existir la plenitud de acción. Tal comprensión es impersonal y no puede ser destruida; ya no está supeditada al tiempo. Si no podemos derivar comprensión de los diarios problemas de la codicia y de nuestras relaciones de convivencia, entonces el buscar tal comprensión y amor en otras esferas de conciencia es vivir en la ignorancia y la ilusión.
Cultivar simplemente la bondad, la generosidad, sin la comprensión plena del proceso de la codicia, es perpetuar la ignorancia y la crueldad; sin comprender integralmente la convivencia, tan sólo cultivar la compasión, el perdón, es producir el aislamiento de uno mismo y condescender con ciertas formas sutiles de orgullo. En la comprensión plena del anhelo hay compasión, perdón. Las virtudes que se cultivan no son virtudes. Esta comprensión requiere lucidez constante y alerta, persistencia ardua y a la vez flexible; el simple control con su entrenamiento peculiar tiene sus peligros, puesto que es unilateral incompleto y por tanto, vacío.
El interés verdadero produce su propia concentración natural, espontánea, en la que hay el florecimiento de la comprensión. Tal interés se despierta por medio de la observación, el cuestionar las acciones y reacciones de la existencia diaria.
Para captar el complejo problema de la vida, con sus conflictos y dolores, tiene uno que producir comprensión integral. Esto puede efectuarse sólo cuando comprendemos profundamente el proceso del anhelo, que es ahora la fuerza central de nuestra vida.
Krishnamurti, Ojai, 1940.
PROBLEMAS PSICOLÓGICOS
Pregunta: ¿Qué hay que hacer para estar libre de algún problema que nos perturba?
Krishnamurti: Para entender cualquier problema es preciso consagrarle de lleno nuestra atención. Tanto la mente consciente, como la inconsciente o profunda, tiene que intervenir en la solución de los problemas; pero casi todos nosotros, infortunadamente, tratamos de resolverlos de un modo superficial, es decir, con esa pequeña parte de la mente que entra en el campo de la “conciencia”, con el intelecto tan sólo. Ahora bien, nuestra conciencia ‑nuestro pensar-sentir- es como un “iceberg” (témpano de hielo marítimo) cuyo mayor volumen se halla bajo la superficie del agua y del que sólo emerge una fracción. Tenemos conocimiento de esa parte superficial, pero es un conocimiento confuso; de la mayor fracción, la profunda e inconsciente, apenas nos damos cuenta. Si alguna noción llegamos a tener de ella, es cuando se torna consciente en sueños o mediante ocasionales insinuaciones; pero unos y otras las traducimos e interpretamos de acuerdo con nuestros prejuicios y con nuestra capacidad intelectual, siempre limitada. De ahí que esas insinuaciones de lo subconsciente pierdan su puro y profundo significado.
Si realmente deseamos entender nuestro problema, debemos empezar por disipar toda confusión en nuestra mente consciente, superficial, pensando en dicho problema y sintiéndolo tan amplia e inteligentemente como nos sea posible, comprensiva y desapasionadamente. Entonces, en este espacio libre de la conciencia abierta y alerta, la mente profunda podrá proyectarse. Cuando el contenido de las múltiples capas de conciencia haya sido de ese modo recogido y asimilado, solo entonces, el problema dejará de ser tal.
Tomemos un ejemplo. La mayoría de nosotros ha sido educada en un espíritu nacionalista. Se nos ha enseñado a amar a nuestra patria en oposición a las demás; a considerar a nuestro pueblo como superior a tal o cual otro, y así sucesivamente. Este orgullo o noción de superioridad se nos inculca en la mente desde la infancia; nosotros lo aceptamos, lo hacemos parte de nuestra vida y lo justificamos. Con esa tenue capa mental que llamamos “mente consciente”, tratamos de entender este problema y su profundo significado. Aceptamos el nacionalismo ante todo por obra de las influencias del ambiente y somos condicionados por ello. Este espíritu nacionalista, asimismo, nutre nuestra vanidad. La afirmación de que pertenecemos a esta o aquella raza o nación alimenta nuestros “egos” pequeños y mezquinos, inflamándolos como el viento infla las velas de los barcos; y así quedamos en disposición de defender nuestro país, matar y hacernos matar por él, por nuestra raza y por nuestra ideología. Identificándonos con lo que consideramos superior a nosotros, esperamos llegar a ser superiores; pero seguimos siendo íntimamente pobres; lo único que brilla como grande y poderoso es la etiqueta. Este espíritu nacionalista sirve fines económicos; y también se le usa, mediante el odio y el miedo, para unir a unos pueblos en contra de otros. Observando, pues, este problema y todo lo que implica percibir sus efectos: guerra, miseria, hambre y confusión. El adorar la parte, que es idólatra, nos hace negar el todo. Y esta negación de la unidad humana engendra tiranías, interminables guerras y brutalidades, divisiones sociales y económicas.
Todo esto lo entendemos intelectualmente, con esa tenue capa mental que denominamos “mente consciente”: pero seguimos prisioneros de la tradición, de la opinión pública, de la conveniencia, del temor y otras cosas más. Hasta que las capas profundas de nuestra mente salgan a luz y sean comprendidas, no nos veremos libres de la enfermedad del nacionalismo.
Al examinar, pues, este problema, hemos despejado la capa superficial de lo consciente para que hacia ella puedan fluir las capas más profundas. Este flujo puede intensificarse mediante un estado de conciencia constantemente alerta: observando cada reacción, cada estímulo que reciba el nacionalismo o cualquier otro mal por el estilo. Cada reacción, por pequeña que sea, tiene que ser pensada y sentida en un modo amplio y profundo. Pronto percibiréis que el problema se disuelve y que el espíritu nacionalista se desvanece. Todos nuestros conflictos y miserias pueden ser entendidos y disueltos de esta forma: aclarar la tenue capa de lo consciente, pensando y sintiendo profundamente el problema tan comprensivamente como sea posible: en esta claridad, en esta quietud comparativa, los motivos profundos, intenciones, temores y demás podrán proyectarse. Examinadlos a medida que aparezcan: estudiadlos y así los entenderéis. De este modo el estorbo, el conflicto, el dolor, total y profundamente comprendidos, quedan disueltos.
Pregunta: ¿Lo que usted enseña es simplemente una forma más de psicología?
Krishnamurti: ¿Qué entiende usted por psicología? ¿Ella es, a su entender, el estudio de la mente humana, de uno mismo? Si no entendemos nuestra propia estructura intima, nuestra psiquis, nuestro sentir y pensar, ¿cómo habremos de entender otras cosas? ¿Cómo podréis saber que lo que pensáis es verdadero, si no tenéis conocimiento alguno de vosotros mismos? Si no os conocéis, no conoceréis la realidad. La psicología no es un fin en sí misma. Es apenas un comienzo. Con el estudio de uno mismo colócanse firmes cimientos para la estructura de la realidad. Es preciso que existan esos cimientos, pero ellos no son la estructura ni un fin en sí mismos. Si no colocáis los verdaderos cimientos, surgirán a la existencia la ignorancia, la ilusión y la superstición, tal como hoy existen en el mundo. Es preciso que coloquéis los verdaderos cimientos con medios correctos. No se puede llegar a lo justo por medios errados. El estudio de sí mismo es tarea sumamente difícil; y sin conocimiento propio y recto pensar, la realidad suprema no es comprensible. Si no sabéis que existen y, por lo mismo, no entendéis la autocontradicción, la confusión y las diferentes capas de la conciencia ¿sobre qué base habréis de edificar? Sin conocimiento propio, todo lo que edificáis, vuestras formulaciones, creencias y esperanzas tendrán escaso significado
Comprenderse a sí mismo requiere alta dosis de desprendimiento y sutileza, perseverancia y penetración; no hacen falta el dogmatismo ni las afirmaciones, la negación ni las comparaciones, todo lo cual conduce al dualismo y a la confusión. Cada cual tiene que ser su propio psicólogo, tener alerta y despierta conciencia de sí mismo, pues sólo en uno mismo está la suma total del conocimiento y la sabiduría. Nadie puede ser perito acerca de vos. Hay que descubrir por sí mismo y de esta manera liberarse. Nadie más que vosotros mismos puede contribuir a libertaros de la ignorancia y del dolor. Cada cual engendra su propio sufrimiento, y el único posible salvador es uno mismo.
Pregunta: ¿Cuál es la fuente del deseo?
Krishnamurti: La percepción, el contacto, la sensación, la necesidad y la identificación causan el deseo. La fuente del deseo es la sensación, tanto en sus más bajas como en sus más altas formas. Y cuanto mayor sea vuestra exigencia de satisfacción sensual mayor será la parte de mundanalidad que busque continuidad en el más allá. Dado que la existencia es sensación, debemos simplemente comprender ésta, no ser sus esclavos: así emanciparemos el pensamiento para que trascendiéndose, se conviertan en pura y alerta conciencia. El deseo de ser satisfechos tiene que producir medios de satisfacción, cueste lo que cueste. Tal exigencia, tal deseo, puede ser observado, estudiado, inteligentemente comprendido y trascendido. Estar esclavizado por el anhelo es ser ignorante y el resultado de ello es el dolor.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
Pregunta: Durante muchos, muchos años, he luchado con un problema personal. Estoy todavía luchando, ¿qué debo hacer?
Krishnamurti: -¿Cuál es el proceso para la comprensión de un problema? Para comprender, la mente-corazón debe descargarse de sus propias acumulaciones, de manera que sea capaz de una percepción recta. Si queréis comprender una pintura moderna, tenéis, si os es posible, que hacer a un lado vuestra preparación clásica, vuestros prejuicios: vuestras respuestas ya educadas. De manera similar, si deseamos comprender un complejo problema psicológico, debemos ser capaces de examinarlo sin ninguna propensión favorable o condenatoria; debemos estar en aptitud de abordarlo con desapasionamiento y frescura.
El que interroga dice que ha estado luchando durante muchos años con su problema. En su lucha el ha acumulado lo que llamaría experiencia, conocimiento, y con esta carga en aumento trata de resolver el problema; de ese modo nunca se ha puesto frente a frente con él, abiertamente, como de nuevo, sino que siempre lo ha abordado con la acumulación de varios años. Es esta memoria acumulada lo que confronta el problema y por tanto no existe su comprensión. El pasado muerto obscurece el siempre vivo presente.
La mayoría de nosotros nos encontramos arrastrados por alguna pasión y somos inconscientes de ello, pero si acaso somos conscientes, generalmente la justificamos o disculpamos. Mas si es una pasión que deseamos trascender, por lo general luchamos con ella, tratamos de conquistarla o suprimirla. Al tratar de vencerla no la hemos comprendido; al tratar de suprimirla no la hemos trascendido. La pasión permanece todavía o ha tomado otra forma que es aún causa de conflicto y dolor. Esta constante y continua lucha no trae comprensión, sino sólo fortalece el conflicto, recargando la mente-corazón con la memoria acumulada. Pero si podemos ahondar profundamente dentro del conflicto y morir a él, enfrentarnos a él como por vez primera, sin el lastre del ayer, entonces podemos comprenderlo. Por estar nuestra mente-corazón alerta y aguda, profundamente consciente y en quietud, el problema se trasciende.
Si podemos abordar nuestro problema sin formular juicios, sin identificación, entonces las causas que yacen detrás de él se revelan. Si hemos de comprender un problema, debemos apartar nuestros deseos, nuestras acumuladas experiencias, nuestros patrones de pensamiento. La dificultad no está en el problema en sí, sino en cómo lo abordamos. Las cicatrices de ayer impiden abordarlo en la forma debida. El condicionamiento traduce el problema de acuerdo con su propio molde, lo cual no libera en forma alguna el pensamiento-sentimiento de la lucha y dolor del problema. Traducir el problema no es comprenderlo; para comprenderlo y así trascenderlo, la interpretación debe cesar. Lo que se comprende plena, completamente, no deja huella como memoria.
Krishnamurti, Ojai, 1945‑46.
PROBLEMAS DEL ODIO Y LA VIOLENCIA
Pregunta: ¿Cuál debería ser mi actitud hacia la violencia?
Krishnamurti: ¿Cesa la violencia por medio de la violencia, el odio por medio del odio? Si me odiáis y en respuesta yo os odio, si actuáis contra mí de un modo violento y de la misma manera actúo yo contra vos, ¿cuál es el resultado?: más violencia, mayor odio, mayor amargura, ¿no es cierto? ¿Hay fuera de ésta alguna otra consecuencia? El odio engendra odio, la mala voluntad engendra mala voluntad. A menudo en nuestras relaciones individuales o sociales, ese espíritu de represalia crea solamente mayor violencia y antagonismo.
El espíritu de venganza anda desenfrenado en el mundo. ¿Sois capaces de tener alguna otra actitud hacia la violencia? Al ser violentos nos sentimos poderosos. Para emplear una frase comercial: produce dividendos mayores y más rápidos el odio. El individuo ha creado la estructura social existente por su odio recóndito, por si deseo de desquitarse y de obrar violentamente. El mundo que nos rodea está en condición febril de odio y de violencia. A causa de su astucia y su fuerza tendenciosa nos veremos fácilmente arrastrados en esa corriente brutal, a menos que nosotros mismos estemos libres del odio. Si estáis libre de él entonces no surge la cuestión de la actitud que deba asumirse hacia sus múltiples expresiones. Si fueseis profundamente conscientes del odio mismo y no meramente de sus expresiones arteras, veríais que el odio sólo engendra odio. Si lo tenéis en vuestro interior responderéis al odio de otro, y puesto que el mundo es vos mismos os veréis obligado a reaccionar a sus temores, ignorancia y codicia. Seguramente estáis prontos a odiar, a ejercer venganza, si vuestro pensamiento está confinado al yo. La codicia y el amor posesivo tienen que incubar mala voluntad, y si el pensamiento no se liberta de ellos, tiene que haber constante acción de odio y violencia. Como he indicado, nuestras creencias y esperanzas son el resultado del anhelo, y cuando sobre ellos lanzamos la duda, brotan el resentimiento y la cólera. Al comprender la causa del odio nacen el perdón y la bondad. La comprensión y el amor surgen a través del estado de percepción lúcida.
Krishnamurti, Ojai, 1940.
Pregunta: ¿Cómo podré emanciparme del odio?
Krishnamurti: Preguntas análogas me han sido hechas con respecto a la ignorancia, la ira, los celos. Al responder a esta pregunta, espero responder también a las otras.
Ningún problema puede ser resuelto en su propio plano, en su propio nivel, tiene que ser entendido, y por lo tanto disuelto, desde un plano diferente y más profundo de abstracción. Si aspiramos tan sólo a emanciparnos del odio suprimiéndolo o tratándolo como cosa molesta y embarazosa, no lo disolveremos; volverá a presentarse una y otra vez en formas diferentes, ya que en ese caso lo habríamos enfrentado desde su propio nivel, limitado y mezquino. Pero si empezamos a entender sus causas intimas y sus efectos externos, tomando con ello nuestro pensar-sentir más amplio y profundo, más sagaz y más claro, el odio desaparecerá de un modo natural, porque estaremos interesados en niveles más importantes y profundos de pensamiento‑sentimiento.
Si sentimos ira y somos capaces de vencerla, o nos dominamos a nosotros mismos en forma tal que ella no vuelva a surgir, nuestra mente sigue siendo tan pequeña e insensible como antes. ¿Qué habremos ganado con nuestro esfuerzo para no experimentar ira, si nuestro pensar‑sentir continúa todavía lleno de envidia y de miedo, de estrechez y limitaciones? Podemos librarnos del odio y de la ira, pero si nuestra mente-corazón sigue siendo necia y mezquina suscitará otros problemas y otros antagonismos, lo que hará que el conflicto no tenga fin. Si empezamos, en cambio, a mantener nuestra conciencia despierta y alerta, entendiendo por lo tanto las causas y efectos de la ira, ciertamente ampliaremos nuestro pensar-sentir y lo libraremos de la ignorancia y el conflicto. En ese estado de conciencia alerta empezaremos a descubrir las causas del odio y de la ira, que son el miedo y el afán de protección del “yo” en sus diferentes aspectos. A través de esa conciencia alerta, descubrimos nuestra ira, producida quizás, porque nuestras creencias particulares han sido atacadas; y llevando más a fondo el examen llegamos a preguntarnos si las creencias y los credos son realmente necesarios. Mediante este proceso nos damos más amplia cuenta de todo lo que ello significa; percibimos cómo los dogmas y las ideologías dividen al género humano y dan origen a los antagonismos, a las diversas formas de la crueldad y del absurdo. De modo, pues, que con esta conciencia alerta y expandida, con esta comprensión de lo que la ira significa en el fondo, ella no tarda en desvanecerse; mediante este proceso de autopercepción la mente se vuelve más profunda, más serena, más sabia, y así, las causas del odio y de la ira ya no encuentran cabida. Librando nuestro pensar‑sentir de la ira y del odio, de la codicia y de la mala voluntad, nace una ternura que es la única cura. A esta dulzura, a esta compasión, no se llega suprimiendo ni substituyendo nada, sino alcanzando el conocimiento propio y el recto pensar.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
PROBLEMAS DE LA GUERRA Y LA PAZ
Pregunta: Mi hijo fue muerto en la guerra. Tengo otro hijo de doce años y no quiero perderlo a él también en una nueva guerra. ¿Cómo se la podrá evitar?
Krishnamurti: Estoy seguro que esta misma pregunta ha de hacerla toda madre y todo padre a través del mundo. Es un problema universal. Y yo me pregunto, a mi vez, qué precio los padres estarán dispuestos a pagar para impedir otra guerra, para evitar que sus hijos sean asesinados, para impedir estas aterradoras matanzas de hombres; qué quieren exactamente decir cuando afirman que aman a sus hijos, que la guerra debe ser evitada, que tiene que haber fraternidad, que hay que encontrar algún medio de poner fin a todas las guerras.
Para crear nuevas formas de vida tendrá que operarse un cambio revolucionario en nuestro pensar-sentir. Habrá otra gran guerra, forzosamente la habrá, si continuamos pensando en términos de nacionalidades, de prejuicios raciales, de fronteras económicas y sociales. Si cada uno de nosotros considera realmente en el fondo de su corazón, lo que hay que hacer para impedir una nueva guerra. Verá que tiene que dejar de lado toda idea de nacionalidad, la religión particular a que pertenezca, su codicia y su ambición. Si esto no se lleva a efecto, habrá una nueva guerra, pues estos prejuicios y el pertenecer a tal o cual religión son tan sólo expresiones externas de la ignorancia, del egoísmo, de la mala voluntad y de la concupiscencia.
Me responderéis, sin duda, que tomará demasiado tiempo la transformación de cada uno de vosotros y el convencer a todos vuestros semejantes en el mismo sentido; que la sociedad no está preparada para recibir esta idea; que a los políticos no les interesa; que los dirigentes son incapaces de concebir un gobierno o Estado mundial sin soberanías separadas. Diréis probablemente que sólo un proceso evolutivo producirá gradualmente el cambio necesario. Si le respondieseis de ese modo a un padre cuyo hijo está destinado a morir en una nueva conflagración, y si él quiere realmente a su hijo, ¿creéis que hallaría alguna esperanza en este proceso evolutivo gradual? Lo que quiere es salvar a su hijo, y por eso pregunta cuál es el medio más seguro de terminar con todas las guerras. No podrá quedar satisfecho con vuestra teoría de la evolución gradual. ¿Esta teoría evolucionista de la paz progresiva es verdadera o la hemos inventado para racionalizar nuestra pereza, la tendencia egoísta de nuestro pensar-sentir? ¿No es acaso una teoría incompleta, y por lo tanto falsa? Se nos ocurre que tenemos que atravesar todas las etapas: la familia, el grupo, la nación, la sociedad internacional, para alcanzar tan sólo en última instancia la paz. En ello hay una tentativa de justificar nuestro egoísmo y estrechez de miras, nuestro fanatismo y nuestros prejuicios; en vez de eliminar resueltamente el peligro que nos acecha, inventamos una teoría del desarrollo progresivo y a ella le sacrificamos la felicidad de las demás y de nosotros mismos. Si aplicamos nuestra mente y corazón, empero, a curar la enfermedad mortal de la ignorancia y del egoísmo, crearemos un mundo sano y feliz.
No tenemos que pensar y sentir horizontalmente, por así decirlo, sino verticalmente. Veamos lo que ello significa. Hasta ahora y con la idea de que eventualmente se llegará a un paraíso sobre la tierra, nuestro pensamiento ha concebido un proceso gradual de evolución, de lento esclarecimiento a través del tiempo, siguiendo una corriente de conflictos y miserias sin fin, de asesinatos en masa y de treguas llamadas “paz”. ¿Por qué, en vez de pensar y sentir a lo largo de esos senderos horizontales, no habríamos de pensar verticalmente? ¿No podríamos zafarnos de la continuación horizontal del desorden y las luchas, y pensar-sentir de nuevo, alejándonos de todo eso, sin el sentido del tiempo, es decir, verticalmente? Dejando de pensar en términos de evolución, lo cual tiende a racionalizar nuestra pereza y continua postergación, ¿no podríamos pensar-sentir directamente, simplemente? El amor de una madre la lleva a sentir directa y simplemente, pero su egoísmo, su orgullo nacional y otros factores contribuyen a que piense y sienta horizontalmente, en términos de evolución gradual.
El presente es lo eterno; ni el pasado ni el futuro pueden revelarlo Sólo a través del presente se realiza Aquello que es, independientemente del tiempo. Si deseáis realmente salvar de otra guerra a vuestros hijos, y por consiguiente a la humanidad, habréis de pagar el precio que corresponde: dejar de ser codiciosos y mundanos y no tener mala voluntad hacia ningún ser. La concupiscencia, la mala voluntad y la ignorancia, en efecto, engendran conflictos, desorden y antagonismos; nutren el nacionalismo, el orgullo y la tiranía de la máquina. Sólo si estáis dispuestos a libraros de la sensualidad, de la mala voluntad y de la ignorancia, salvaréis a vuestros hijos de una guerra. Para lograr la felicidad del mundo, para poner término a estos asesinatos en masa, tiene que producirse una completa revolución en los espíritus. Ella nos traerá una nueva moral que no se basará en valores sensuales sino en la liberación de toda sensualidad, mundanalidad y ansia de inmortalidad personal.
Pregunta: Yo tenía un hijo que murió en la guerra actual. El no quería morir. Quería vivir para impedir que este horror llegase a repetirse. ¿Tengo yo la culpa de que haya muerto?
Krishnamurti: Todos nosotros tenemos la culpa de que continúen los horrores actuales. Son el resultado externo de nuestra diaria vida interna, de nuestra diaria vida de codicia, mala, voluntad, sensualidad, competencia, afanes adquisitivos y religión especializada. La culpa es de todos los que, entregándose a estas fuerzas, han engendrado esta espantosa calamidad. Es porque somos individualistas, nacionalistas, apasionados, por lo que cada uno ha contribuido a este asesinato en masa. Se os ha enseñado a matar y a morir, pero no a vivir. Si de todo corazón aborrecieseis las matanzas y la violencia en cualquiera de sus formas, encontraríais el medio de vivir pacífica y creadoramente. Si éste fuese vuestro fundamental interés, os pondríais a averiguar dónde están las causas, los instintos, que engendran la violencia, el odio y los asesinatos en masa. ¿Os anima ese interés total y apasionado en suprimir la guerra? Si la respuesta es afirmativa, tendréis que arrancar de vosotros mismos los motivos que inducen a emplear la violencia y a matar no importa la razón que se de para ello. Si deseáis acabar con las guerras, tendrá que producirse una revolución íntima y profunda de tolerancia y compasión; entonces vuestro pensar-sentir tendrá que librarse del patriotismo, de la codicia, de toda identificación con determinados grupos y de todas las causas que engendran enemistad.
Una madre me dijo una vez que el abandono de todas esas cosas no sólo sería extremadamente difícil, sino que provocaría una gran soledad y terrible aislamiento, insoportables para ella. ¿No era ella, entonces, también responsable de estas indescriptibles desgracias? Algunos de vosotros tal vez concuerden con ella; y de ser así, con vuestra pereza e irreflexión estaríais echando leña a la hoguera siempre creciente de la guerra. Si, por el contrario, intentáis seriamente desarraigar de vosotros las causas íntimas de enemistad y violencia, habrá paz y regocijo en vuestro corazón, lo que surtirá inmediato efecto en torno vuestro.
Tenemos que reeducarnos para no asesinar, no liquidarnos los unos a los otros por causa alguna, por más justa que ella parezca para la felicidad futura de la humanidad, ni por ideología alguna por más prometedora que ella sea; nuestra educación no tiene que ser meramente técnica, pues ello inevitablemente engendra crueldad, sino que debe enseñarnos a contentarnos con poco, a ser compasivos y a buscar lo Supremo.
La prevención de estos horrores y destrucciones siempre en aumento depende de cada uno de nosotros; no de tal o cual organización o plan de reforma, ni de ninguna ideología, ni de la invención de mayores instrumentos de destrucción, ni de ningún jefe o dirigente, sino de cada uno de nosotros. No creáis que las guerras no pueden evitarse partiendo de una base tan humilde e insignificante; una piedra puede alterar el curso de un río. Para llegar lejos tenemos que empezar cerca. Para comprender el caos y la miseria mundiales, tendréis que entender vuestra propia confusión y dolor, pues de éstos provienen los más vastos problemas del mundo. Y para entenderos a vosotros mismos tendréis que manteneros constantemente en estado de conciencia alerta y meditativa, lo cual hará surgir a la superficie las causas de violencia y de odio de codicia y ambición; estudiando dichas causas sin identificación, el pensamiento las trascenderá. Nadie, salvo vosotros mismos, puede conduciros a la paz. No hay más jefe ni sistema que pueda poner término a la guerra, a la explotación y a la opresión, que vosotros mismos. Sólo con vuestra reflexión con vuestra compasión y con el despertar de vuestro entendimiento, podrá establecerse la paz y la buena voluntad.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
Pregunta: Estas guerras monstruosas claman por una paz duradera. Todos hablan ya de una tercera guerra mundial. ¿Ve usted la posibilidad de evitar esta nueva catástrofe?
Krishnamurti: -¿Cómo podemos esperar evitarla cuando los elementos y valores que causan la guerra continúan? ¿Ha producido algún profundo cambio fundamental en el hombre la guerra que apenas acaba de pasar? El imperialismo y la opresión mantienen aún su señorío, tal vez hábilmente disimulado; continúan los estados soberanos separados; las naciones maniobran encaminadas a nuevas posiciones de poder; el fuerte todavía oprime al débil; la elite dirigente explota todavía a los dirigidos; los conflictos sociales y de clases no han cesado; los prejuicios y odios arden por todas partes. Mientras el sacerdocio profesional con sus prejuicios organizados justifique la intolerancia y la liquidación de otro ser por el bien de vuestro país y la protección de vuestros intereses e ideologías, habrá guerra. En tanto que los valores sensorios predominen sobre el valor eterno, habrá guerra.
Lo que vos sois eso es el mundo. Si sois nacionalista, patriota, agresivo, ambicioso, codicioso, sois entonces la causa de conflicto y guerra. Si pertenecéis a alguna particular ideología, a un prejuicio especializado, aun si se le llama religión, seréis entonces la causa de contienda y miseria. Si estáis enredado en valores sensorios habrá entonces ignorancia y confusión. Porque lo que sois es el mundo; vuestro problema es el problema del mundo.
¿Habéis cambiado fundamentalmente a causa de esta catástrofe presente? ¿No seguís llamándoos americano, inglés, indo, alemán y así sucesivamente? ¿No codiciáis todavía posición y poder, posesiones y riquezas? El culto se convierte en hipocresía cuando estáis cultivando las causas de la guerra; vuestras oraciones os conducen a la ilusión si os entregáis en brazos del odio y la mundanalidad. Si no borráis en vos mismo las causas de enemistad, de ambición, de codicia, entonces vuestros dioses son dioses falsos que os llevarán a la miseria. Sólo la buena voluntad y la compasión pueden traer orden y paz al mundo y no los pactos políticos y las conferencias. Debéis pagar el precio de la paz. Debéis pagarlo voluntaria y dichosamente y ese precio es estar libre de concupiscencia y mala voluntad, mundanalidad e ignorancia, prejuicio y odio. Si hubiese tal cambio fundamental en vos, podríais contribuir a la existencia de un mundo pacífico y sano. Para tener paz debéis ser compasivo y reflexivo. Podréis no ser capaces de evitar la Tercera Guerra Mundial, pero podéis libertar vuestro corazón y mente de la violencia y de las causas que producen la enemistad e impiden el amor. Entonces en este mundo de obscuridad habrá algunos que sean puros de corazón y mente y de ellos tal vez venga a nacer la semilla de una cultura verdadera. Purificad vuestro corazón y mente, porque sólo por vuestra vida y acción puede haber paz y orden. No os perdáis y quedéis confusos dentro de las organizaciones, sino manteneos por completo sólo y sencillo. No busquéis meramente evitar la catástrofe, sino más bien que cada uno desarraigue profundamente las causas que alimentan el antagonismo y la contienda.
Krishnamurti, Ojai, 1945‑46.
PROBLEMAS ECONÓMICO SOCIALES
Pregunta: Yo quiero servir y ayudar a mis semejantes. ¿Cuál es la mejor forma?
Krishnamurti: La mejor forma consiste en empezar a entenderos y modificaros vosotros mismos. En el deseo de ayudar y servir al prójimo se halla oculta la vanidad, el engreimiento. Cuando uno ama, ayuda. Este afán de ayudar nace de una vanidad.
Si queréis ayudar a otro ser tendréis que conoceros a vosotros mismos, pues vosotros sois el otro ser. En lo externo podemos ser diferentes; amarillos, negros, morenos o blancos. Pero a todos nos mueve el deseo, el miedo, la codicia o la ambición; por dentro nos parecemos mucho. Sin entenderse a sí mismo, nadie puede entender ni servir realmente al prójimo. Sin conocimiento propio, ¿cómo podréis tener conocimiento de las necesidades ajenas? Sin el conocimiento de sí mismo, el hombre actúa en la ignorancia y engendra sufrimiento
Analicemos lo que antecede. La industrialización se difunde rápidamente a través del mundo, impulsada por la codicia y por la guerra. La industrialización puede dar trabajo y alimentar a la gente, ¿pero cuál será su resultado final? ¿Qué le ocurre a un pueblo altamente desarrollado en el aspecto técnico? Será más rico, tendrá más automóviles, más aviones, más lugares de diversión, más cinematógrafos, casas mejores y en mayor número, ¿pero qué le acontece como conglomerado de seres humanos? Que ellos se vuelven cada vez más duros, más mecánicos, menos creadores.
La violencia sienta entre ellos sus reales: y el gobierno, en tales circunstancias, es la organización de la violencia. La industrialización podrá traer mejores condiciones económicas, ¡pero con qué espantosos resultados! Conventillos y barrios miserables, antagonismo entre trabajadores y no trabajadores, caudillos y esclavos, capitalismo y comunismo, es decir, todo ese caos que se extiende rápidamente a diversas partes del mundo. Suele decirse que por suerte habrá elevación del nivel de vida, que la miseria será liquidada, que habrá trabajo, libertad, dignidad y otras cosas más. Lo que hay y que continúa, mientras tanto, es la división de los hombres en ricos y pobres, en poderosos y ambiciosos de poder. ¿Y el final de todo ello, cuál es? ¿Qué ha sucedido en Occidente? Guerras, revoluciones, amenaza constante de destrucción, infinita desesperación. ¿Quién brinda ayuda a quién, y quién sirve a quién? Cuando todo cae destruido en torno nuestro, los hombres de pensamiento tienen que investigar a qué causas profundas ello obedece. ¡Son tan pocos, empero, los que parecen formularse ese interrogante! El hombre al que una bomba le hace volar la casa envidia sin duda al hombre primitivo. La civilización ha sido llevada a los pueblos “atrasados”... ¡pero a qué precio! No basta servir a nuestros semejantes; hay que considerar cuáles serán las consecuencias de dicho “servicio”. Pocos son los que perciben las causas más profundas de tanto desastre. No es posible destruir la industria ni prescindir de la aviación; lo que si resulta posible es extirpar de raíz las causas que conducen a su mal empleo. Las causas de todo ese espanto residen en vosotros mismos. Podréis desarraigarlas, lo que representa sin duda una tarea difícil. Pero como el hombre no hace frente a esa tarea, trata de legalizar o prohibir la guerra; surgen los pactos, las ligas, la seguridad internacional y otras cosas por el estilo. Pero la codicia, la ambición, se sobreponen a ellas, lo que trae como consecuencia la guerra y las catástrofes.
Para ayudar a los demás, habréis de conoceros a vosotros mismos. Los demás, al igual que vosotros, son el resaltado del pasado. Estamos todos en relación los unos con los otros. Si padecéis en lo intimo de vuestro ser la enfermedad de la ignorancia, la mala voluntad y la ira, inevitablemente difundiréis en torno vuestro enfermedad y sombras. Si sois íntimamente sanos e íntegros, difundiréis luz y paz; no siéndolo, contribuiréis a producir peor caos y mayor miseria. Entenderse a uno mismo requiere paciencia, tolerante y despierta conciencia. El “yo” es una obra en varios tomos que no puede leerse en un día; pero una vez comenzada esa lectura, hay que leer cada palabra, cada frase, cada párrafo, ya que en ellos están las insinuaciones del todo. El comienzo de esa obra es el final de la misma. Si sabéis leerla, encontraréis la suprema sabiduría.
Pregunta: Como muchos otros hombres de Oriente, parece Ud. estar contra la industrialización. ¿Por qué lo está?
Krishnamurti: Yo no se si muchos hombres de Oriente están contra la industrialización, y si lo están, ignoro qué razones invocan para ello; pero creo haberos explicado por qué considero que la simple industrialización no da solución alguna a nuestros problemas humanos, con todos sus conflictos y sufrimientos. La mera industrialización fomenta valores mundanos: mejores y más amplios cuartos de baño, mejores y mayores coches, distracciones, diversiones y todo lo demás. Los valores externos y temporales adquieren precedencia sobre los valores eternos. Se busca la felicidad y la paz en las posesiones, ya sean materiales o intelectuales; en el apego a las cosas o al mero conocimiento. Recorred cualquiera de las calles principales y veréis tiendas y más tiendas que venden la misma cosa aunque de diferentes formas y colores; innumerables revistas y miles de libros. Nuestro deseo es que se nos distraiga, se nos divierta, se nos libre de nosotros mismos, dado que íntimamente somos tan pobres, desdichados, vacías, y que siempre, por una causa u otra, nos agobia alguna pena. Y de ese modo, habiendo demanda, hay producción y se establece la tiranía de la máquina. Y se nos ocurre que la simple industrialización resolverá nuestro problema económico y social. ¿Lo resuelve realmente? Tal vez durante un tiempo; pero con ella llegan las guerras, las revoluciones, la opresión y la explotación, y les llevamos la “civilización” a los pueblos no civilizados.
Bueno, la industrialización y la máquina ya las tenemos, y no podemos deshacernos de ellas. Pero ellas sólo ocupan su verdadero lugar cuando el hombre no depende de las cosas para su felicidad, cuando cultiva la riqueza intima, los imperecederos tesoros de la realidad suprema. Sin ello, la mera industrialización acarrea inenarrables horrores; acompañada de los tesoros del alma tiene un sentido. Este no es un problema de tal o cual raza o país, es un problema humano. Sin el poder compensador de la compasión y de la espiritualidad, lo único que obtendréis con el mero acrecentamiento de la producción de cosas, de hechos y de técnica, serán mejores y mayores guerras, opresión en lo económico, mayor rivalidad de las potencias, medios más sutiles de engaño, división y tiranía.
Así como una piedra puede torcer el curso de un río, unos pocos hombres que entiendan de verdad podrán quizá desviar este terrible curso de la especie humana. Pero nos resulta difícil resistir la constante presión de la civilización moderna si no mantenemos nuestra conciencia constantemente despierta y alerta, descubriendo así los tesoros que son imperecederos.
Pregunta: ¿Por qué no hace Ud. frente a los males económicos y sociales, en vez de refugiarse en una actitud mística y obscura?
Krishnamurti: He hecho lo posible por señalar que sólo dando importancia a las cosas primordiales, los problemas secundarios podrán ser entendidos y resueltos. Los males sociales y económicos no podrán remediarse sin comprender que es lo que los causa. Para entenderlos y de tal modo efectuar un cambio fundamental, tenemos que empezar por comprendernos a nosotros mismos, causantes de esos males. Nosotros, individual y colectivamente, hemos engendrado el desorden, las luchas económicas y sociales. Solo nosotros somos responsables de todo eso; y es por ello que nosotros mismos, individual y quizá colectivamente, podremos establecer el orden y la claridad. Para actuar colectivamente, tenemos que empezar por la acción individual. Para obrar como agrupación, cada cual tiene que entender y alterar radicalmente dentro de sí mismo aquellas causas que engendran conflictos y constante dolor. Con ayuda de leyes podréis obtener determinados resultados benéficos; pero si no se altera lo que hay en el fondo de todos los males, es decir, las causas fundamentales de todo conflicto y antagonismo, la obra legislativa terminará por ser subvertida y cederá su lugar a un nuevo desorden. Las reformas meramente externas exigirán nuevas reformas, y por ese camino se llega a la opresión y a la violencia. El orden y la paz creadores y duraderos vendrán tan sólo si cada cual establece la paz y el orden dentro de sí mismo.
Cada uno de nosotros, sea cual sea su posición, busca el propio engrandecimiento: es codicioso, sensual y violento. Si no pone término a eso dentro de sí mismo y por sí mismo, las reformas externas podrán, por cierto, dar buenos resultados superficiales; pero éstos, en un momento dado, serán anulados por hombres que andan constantemente en busca de fama, de posición, de poder. Para producir los cambios indispensables y fundamentales en el mundo externo, con sus guerras, rivalidades y tiranías es evidente que deberéis empezar por vosotros mismos, transformándoos profundamente. Me diréis que en esa forma llevará un tiempo enorme modificar el mundo. ¿Y qué hay con eso? ¿Acaso una revolución superficial, por rápida e implacable que sea, alterará el hecho íntimo? ¿Sacrificando el presente podrá crearse un mundo futuro de felicidad? ¿Empleando malos medios podrán lograrse buenos fines? Esto no se nos ha probado, a pesar de lo cual continuamos haciendo siempre lo mismo, ciegamente, irreflexivamente, con el resultado de que el mundo ha llegado a la más extrema destrucción y miseria. No es posible alcanzar la paz y el orden si no es por medios ordenados y pacíficos. ¿El propósito de las revoluciones meramente externas económicas y sociales, es acaso libertar al hombre ayudándole a pensar y sentir plenamente, a vivir de un modo completo? Los que quieren cambios rápidos, inmediatos, en el orden económico y social, también crean normas rígidas de conducta y de pensamiento. No aspiran a que se sepa “cómo pensar”; dictan “lo que hay que pensar”. ¿No es así? El cambio brusco defrauda, pues, su propio objetivo, y el hombre vuelve a ser juguete del medio ambiente.
He tratado de explicar en estas conferencias que la ignorancia, la mala voluntad y la concupiscencia, engendran dolor, y que si el hombre no se purifica, no elimina de su ser esos estorbos, inevitablemente produce conflictos, desorden y miseria. La ignorancia, es decir, la falta de conocimiento propio, es el mayor de los males. La ignorancia impide el recto pensar y pone el principal acento en cosas que son secundarias, con lo cual la vida se torna vacía, monótona, mera rutina mecánica de la que buscamos salida en diversas formas: arrojándonos al dogma, a la especulación y a una serie de engañosos espejismos. Nada de eso es misticismo. Pero si procuramos entender al mundo externo, alcanzaremos el mundo interior; y éste, cuando se lo busca acertadamente y se lo entiende de verdad, conduce a lo Supremo. Esta realización no es fruto de ninguna escapatoria, y sólo esta realización traerá orden y paz al mundo.
El mundo se ha sumido en el caos porque nosotros hemos perseguido valores falsos. Hemos dado importancia a lo terrenal, a la sensualidad, a la gloria y a la inmortalidad personales, cosas todas que engendran conflictos y dolor. El verdadero valor se halla en el recto pensar; y no hay recto pensar sin conocimiento propio. El conocimiento propio nos llega cuando adquirimos clara y alerta conciencia de nosotros mismos.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
PROBLEMAS ESPIRITUALES
Pregunta: ¿La creencia en Dios no es necesaria en este mundo terrible y despiadado?
Krishnamurti: La creencia en Dios ha existido desde que el mundo es mundo, lo que no nos ha impedido llenarlo de horrores. Tanto el salvaje como el sacerdote altamente civilizado creen en Dios. El hombre primitivo mata con arcos y flechas, y se dedica a danzas frenéticas; el sacerdote civilizado bendice los acorazados y los bombarderos, dando para ello una serie de razones. Esto no lo digo cínicamente ni con ánimo despreciativo, de modo que no tenéis por qué sonreír. Es un asunto muy serio. Ambos son creyentes; pero están también los otros, los que no creen en nada, y que también optan por liquidar a los que se les cruzan en el camino. El hecho de adherirse a una creencia o a una ideología no acaba con las matanzas, la opresión y la explotación. Por el contrario, ha habido y continúan produciéndose espantosas guerras, destrucción y persecuciones en las que se invoca la causa de la paz y el nombre de Dios. Si logramos hacer de lado esas creencias e ideologías antagónicas, e introducimos en nuestra vida diaria un cambio profundo, habrá alguna probabilidad de que surja un mundo mejor. Es la propia vida cotidiana de cada ser humano que ha provocado la actual y anteriores catástrofes. Nuestro atolondramiento, nuestros exclusivismos nacionales, nuestras barreras y privilegios económicos, nuestra falta de compasión y de buena voluntad, han traído estas guerras y otros desastres. La mundanalidad, de naturaleza eruptiva, vomitará siempre caos y dolor.
Somos un resultado del pasado, y al edificar sobre él sin entenderlo, provocamos desastres. La mente, que es un resultado, un compuesto, no llega a entender Aquello que no está constituido por fragmentos, que carece de causa y es independiente del tiempo. Para comprender lo increado, la mente debe cesar de crear. Toda creencia pertenece forzosamente al pasado, a lo creado; y ella constituye un impedimento para la experimentación de lo real. Cuando el pensar‑sentir está anclado, en estado de dependencia, el entendimiento de lo real resulta imposible. Tiene que haber una franca y serena liberación del pasado, una espontánea inundación de silencio; sólo en tales condiciones puede florecer Aquello que es real. Cuando contempláis una puesta de sol, en ese instante de belleza un júbilo espontáneo y creador os invade. Luego, cuando deseáis que la misma experiencia se repita, la puesta de sol ya no os emociona; tratáis de sentir la misma dicha creadora, pero no la halláis. Vuestra mente fue capaz de recibir cuando nada pedía ni esperaba; pero habiendo recibido una vez quiere más y esa codicia la enceguece. La codicia es acumulativa y representa una pesada carga para la mente-corazón; no cesa de juntar, de almacenar. Nuestro pensar y sentir se ven corrompidos por la codicia, por las olas corrosivas del recuerdo. Sólo un estado de conciencia alerta y profunda pone fin a este proceso absorbente del pasado. La codicia, al igual que el placer, siempre limita y singulariza. ¿Y cómo un pensamiento nacido de la codicia habría de entender Aquello que es inconmensurable?
En lugar de reforzar vuestras creencias e ideologías, daos plena cuenta de vuestro pensar y sentir, pues en él está el origen de los problemas que la vida os presenta. Lo que vosotros sois, la es el mundo: si sois crueles, sensuales, ignorantes, codiciosos; así será el mundo. Vuestra creencia en Dios, o vuestra incredulidad a su respecto, muy poco significan. Sólo con vuestros pensamientos, sentimientos y acciones, en efecto, haréis del mundo una cosa terrible, cruel, bárbara, o un lugar de paz, de compasión y de sabiduría.
Pregunta: Díganos usted, por favor, ¿cuál es su concepto de Dios?
Krishnamurti: Y bien, ¿por qué queremos saber si hay Dios? Si de un modo profundo podemos entender la intención de esta pregunta, comprenderemos muchísimo La creencia y la no creencia, son obstáculos positivos para la comprensión de la realidad; la creencia, los ideales, son el resultado del temor, el temor limita al pensamiento y para escapar del conflicto nos acogemos a distintas formas de esperanzas, estímulos e ilusiones. La realidad es experiencia auténtica, directa. Si dependemos de la descripción de otro, la realidad se desvanece porque lo que se describe no es real. Si nunca hemos probado la sal, de nada sirve la descripción de su sabor. Tenemos que probarla para conocerla. Ahora bien, la mayoría de nosotros queremos saber lo que es Dios, porque somos indolentes, porque es más fácil depender de la experiencia de otro que de nuestra propia comprensión; esto también cultiva una actitud irresponsable en nosotros, y entonces todo lo que tenemos que hacer es imitar a otro, modelar nuestra vida de acuerdo con un patrón o según la experiencia de otro, y siguiendo su ejemplo pensamos que hemos llegado, que hemos alcanzado, que hemos realizado. Para comprender lo supremo debe haber liberación del tiempo, el continuo pasado, presente y futuro: de los temores a lo desconocido, de los fracasos y del éxito. Hacéis esta pregunta porque, o bien queréis comparar vuestra imagen de Dios con la mía y de este modo afirmaros en ella, o reprobarla; mas esto sólo lleva a la pugna y al enfangamiento de las opiniones. Este camino no conduce a la comprensión.
Dios, la Verdad, o como queráis llamar a la realidad, no puede describirse. Lo que se puede describir no es lo real. Es vano inquirir si hay Dios, porque la realidad nace cuando el pensamiento se liberta de sus limitaciones, de sus anhelos. Si estamos educados en la creencia en Dios o en la oposición a ella, el pensamiento está sugestionado y se está formando un hábito, de generación en generación. Tanto la creencia, como la no creencia en Dios, impiden la comprensión de Dios. Estando anclados en la fe, cualquiera experiencia que podáis tener de acuerdo con vuestra creencia, sólo puede fortalecer más vuestro condicionamiento previo. La mera continuidad del pensamiento limitado no es la comprensión de la realidad. Cuando afirmamos a través de nuestra propia experiencia que existe o no existe Dios, estamos continuando y multiplicando experiencias influidas por el pasado. Sin que comprendamos las causas de nuestra esclavitud las experiencias no nos dan sabiduría. Si continuamos repitiendo determinada influencia a la que llamamos experiencia, tal cosa sólo fortalece nuestras limitaciones; pero no produce la liberación de ellas. La mente, como apunté en mi plática, es resultado del anhelo y, por tanto, transitoria; así, cuando la mente concibe una teoría de Dios o de la verdad, la probable es que sea un producto de su propia fantasía, y por ende, no es real. Tiene uno que llegar a darse cuenta plenamente de las distintas formas de anhelo, de temor, etc., y a través de la indagación y discernimiento constantes, nace una nueva comprensión que no es resultado del intelecto o de la emoción. Para comprender la realidad, tiene que haber lucidez, constante y darse cuenta.
Krishnamurti, Ojai, 1944.
El amor es la única respuesta duradera a nuestros problemas humanos. No lo dividáis artificialmente en amor a Dios y amor al hombre. Solamente hay amor, pero el amor está cercado por diversas barreras. La compasión, el perdón, la generosidad y la bondad no pueden existir si no hay amor. Sin amor, todas las virtudes llegan a ser crueles y destructivas. El odio, la envidia, la mala voluntad, impiden la plenitud del pensamiento-emoción y es solamente en lo completo, en la plenitud, en donde puede haber compasión, perdón.
Krishnamurti, Ojai, 1940.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)